¿Quién es Jesús?

jerusalen nazaret

Este segundo domingo del tiempo ordinario, no es tan “ordinario” porque seguimos leyendo el Evangelio de Juan, y seguimos con el tema de la presentación de quién es Jesús por parte de Juan Bautista. ¿Quién es Jesús? Estamos ante los primeros balbuceos que intentan definir y dar respuesta a esa pregunta.

Isaías 49, 3-6 es el eco de lo proclamado en la fiesta de la Epifanía y del Bautismo del Señor. Vuelve a pronunciar las palabras de parte de Dios: “Tú eres mi siervo”. Recordarles que la palabra “siervo” en hebreo significa también “cordero”. El “siervo” de Dios es también el “cordero de Dios”. Se marca un ambiente de filiación y de alianza sellada en la sangre del cordero pascual. Hay que tener esto en cuenta a la hora de leer el Evangelio de hoy.

1ª Corintios 1, 1-3 es también el testimonio de un Testigo – Apóstol muy particular.  Pablo abre el espectro de la bendición de Dios a todos los hombres, sin límites de tiempo, espacio o raza. En Jesucristo  llega la consagración de todos los creyentes de forma que todos son santificados (somos santos) porque la Gracia y la Paz nos llegan de parte de Dios-Padre  y del Señor Jesucristo. Un tándem indestructible forjado en la unidad del Espíritu Santo.

El Evangelio de Juan 1, 29-34 nos narra el pase del “testigo” de Juan a Jesús. Hemos oído este testimonio en el tiempo de Adviento y también en el día de Navidad cuando se leyó el prólogo del Evangelio de Juan. Pero ahora tiene connotaciones distintas. Juan ve como Jesús viene hacia él. Juan al ver que viene, va a dar el testimonio definitivo por su parte. “Ese es más que yo”. Seguidle a él. Ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Sigue diciendo: “Yo no lo conocía”. ¿Pero no eran primos? Claro que se conocieron de niños y de mayores. Pero el término “conocer” recuerden que tiene mucho más fuerza en su idioma que en el nuestro. María dice “no conocer varón” y ciertamente que conocía a José. Conocer es alcanzar la interioridad de la persona y entrar en la intimidad con ella. Es percibir la intencionalidad del otro y también saber o descubrir las motivaciones y sobre todo la experiencia fundante desde dónde vive la fe la otra persona. Para Juan Bautista, el bautismo de Jesús supuso una manifestación, una revelación interior que le hizo ver claro que aquel hombre que entraba en el agua tenía el Don del Espíritu de Dios en plenitud. Por eso da el testimonio mayor que se puede hacer sobre una persona: ÉSTE ES EL HIJO DE DIOS.

La frase de Juan: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” ha pasado a la celebración eucarística para ser rezada antes de la comunión. Voy a intentar profundizar un poco en esta hermosa aclamación.

CORDERO DE DIOS

Hemos dicho antes que cordero y siervo son o tienen el mismo fonema. En esta palabra se asume el cumplimiento de todo lo dicho por Isaías en los 4 cánticos del “Siervo de Yhaweh”, comentado ampliamente en el tiempo de Adviento. Pero claro está, tiene mucho más fuerza la significación de “cordero”. Y Juan, tanto el Bautista como el Evangelista, se refieren al cordero pascual. Tiene una connotación de un “nuevo éxodo” que se inicia con Jesús. Vemos que es Jesús el que viene desde el Jordán y va camino de Galilea. Con Él arranca un nuevo éxodo de liberación, que será la liberación del pecado del mundo y de la muerte. El éxodo se comienza con el sacrificio del cordero, la cena y la aspersión de la sangre. Alianza sellada en la sangre del cordero. Jesús es el Cordero Pascual de la Nueva Alianza. Desde el principio hay una alusión a la Pascua, que es el paso de la muerte a la Vida de Jesús y a la alianza sellada en su sangre derramada que será después Memorial en la Eucaristía.

Este Cordero es de Dios. No lo preparamos ni elegimos nosotros. Nos es presentado y regalado por Dios. Es todo él propiedad de Dios y es puro Don de Dios. Este “cordero” viene hacia Juan, viene hacia nosotros. Nos toca, como Juan, descubrirlo y después seguirlo. Él va a ser nuestro alimento en el camino, además de ser el que va delante, el nuevo pre-cursor hasta dar la vida por sus hermanos.

QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO.

Quitar el pecado no tiene sentido expiatorio: (pagar por nuestros pecados).  Tiene el sentido de “quitar”, arrancar, desenraizar, apartar, sacar, salvar. El pecado está ahí. El pecado es ese “no recibir” al que viene hacia nosotros. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Pecado es anclarse en la tiniebla, en la no aceptación de Dios en la vida; es cerrarse a toda trascendencia y agarrarse a la opacidad de esta vida como lo definitivo. Es negarse a acatar el Mandamiento del amor fraterno y dar adhesión al sistema opresor del engaño y de la mentira que hace que el hombre viva esclavo de sí mismo y que se afane más por las “añadiduras” que por el Reino. Jesús va a abrir un camino nuevo que permita al hombre el paso (éxodo) de la muerte a la vida, de la tiniebla a la luz, sacándolo de la opresión e insertándolo por el nuevo nacimiento en el orden de la Gracia, el orden que viene de “arriba”, que viene de Dios. En el Bautismo, Jesús nos enraíza en la savia nueva del Espíritu que nos hace mirar hacia arriba, nos hace hijos de Dios al que podemos llamar Padre. Este Espíritu nos posibilita para que podamos cada uno vivir en plenitud la fraternidad y vivir libres como hijos en la casa del Padre.

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