¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

JERUSALEN-NAZARET

La primera lectura (Génesis 3, 9-15) nos presenta los efectos colaterales del pecado original. El hombre ha decidido caminar por libre y en vez de conseguir “ser como Dios”, se encuentra con el retroceso al caos primordial. Si la creación había supuesto crear orden, armonía y comunión, el hombre consigue desorden y rupturas. Se rompe la amistad con Dios del que ahora se esconde por miedo. Se rompe la comunión entre la pareja que a partir de ahora se echan las culpas el uno al otro. Se rompe la armonía con el mundo animal, que en la serpiente, pasa a ser enemigo y tentador. Se rompe la armonía con el mundo creado que a partir de ahora ofrecerá abrojos y espinas. Toda una emancipación a la inversa. Ese es el pecado, y ahí está reflejada la tarea del tentador que es capaz de incitarnos al mal bajo la apariencia de bien.

El Evangelio de hoy, presenta una situación bastante cruda al Jesús que acababa de hacer diversos milagros de curación y liberación o expulsión de demonios. Jesús se encuentra en Cafarnaúm, en la casa de Pedro. La casa que él había elegido como símbolo de su nueva familia, la del discipulado. Hay mucha gente dentro que quieren ver y escuchar a Jesús. Y fuera se encuentran la familia de sangre de Jesús, que vienen por él porque no les ha gustado lo que de él se cuenta en Nazaret y piensan que está loco; y también un grupo de escribas que le acusan de ser poco menos que Belzebú encarnado.

Jesús invita a acercarse a unos y otros.

A los escribas les reclama seriedad. No puede ser que él eche a los demonios en nombre del príncipe de los demonios. Es absurdo el “fuego amigo”. Es necesario abrir los ojos a la realidad y dejarse impactar por ella. Los milagros son señales de que algo nuevo acontece y de que Jesús está del lado de Dios, del lado de los profetas, del lado de la mejor tradición. Es necesario captar la novedad de vida que ofrece Jesús que trae la liberación del tentador y de los demonios y que ofrece de nuevo el camino de reconciliación y de fraternidad. Ofrece superar las heridas del pecado de Adán. Y señala un peligro grande. Dios es misericordioso y perdona siempre el pecado del hombre. Pero hay un pecado que no puede perdonar. El pecado de empecinamiento, o el pecado del que se resiste a dejar penetrar al Espíritu Santo dentro de su alma. Este pecado cierra toda posibilidad de perdón, porque lo rechaza de plano. No quiere la vida ni la salvación. No quiere volverse a Dios. Quiere seguir afirmándose a sí mismo sin ninguna dependencia del Dios de la vida. Es necesario decir que ahí Dios no puede hacer nada. Lo que puede hacer lo hace, que no es otra cosa que llamar y esperar que se le abra. La tranca de la puerta la debe quitar el de dentro. La omnipotencia de Dios llega hasta ahí. Una potencia autodelimitada a la hora de crear seres libres e inteligentes que pueden responder negativamente a su oferta de vida. No hay peor ciego que el que no quiere ver. El pecado contra el Espíritu Santo es justamente eso. Negarse a ver la luz a la vez que estamos inundados y deslumbrados por esa luz.

A su familia les invita a entrar en su nueva familia. Los lazos de sangre valen hasta donde valen. También aquí vale decir que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Jesús no rechaza a su familia pero la relativiza. Al anunciar el Reino de Dios ha descubierto una nueva realidad, una nueva familia que se vincula desde el encuentro y aceptación mutua, desde la esperanza de que el Reino de Dios está llegando ya; desde una misma fe y una nueva relación con Dios que es Padre – Madre misericordioso; desde la fraternidad que iguala a todos ante el Dios Padre de todos. Los lazos creados por el Espíritu son más fuertes que los lazos creados por la sangre. Jesús invita a los suyos a subirse al tren de la fraternidad, de la nueva comunidad donde todos son iguales y nadie es mayor que nadie. El mayor entre todos debe ser el servidor de todos. No dudamos en decir que María se animaría a dar ese paso y desde entonces se establecen unas nuevas relaciones entre el Hijo y la Madre.

En las últimas palabras de Jesús está la clave de la nueva realidad que él vive. “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Una frase muy atrevida por la que iguala a todos los discípulos a él. Se crea la nueva fraternidad y una nueva familia con un solo Padre, el que está en los cielos.

La 2ª carta a los Corintios (4, 13ss) tiene palabras muy consoladoras para todos, pero sobre todo para aquellos que ya vamos deshojando muchos calendarios. Nuestro tabernáculo terreno se va destruyendo con muchos achaques; pero tenemos un sólido edificio construido por Dios que tiene duración eterna. Los achaques de esta vida, según los tomemos, pueden colaborar a la construcción de esa casa eterna. De todas formas, afirmamos la garantía de vida que nos da Dios a todos sus hijos, como coherederos de su Hijo Jesucristo. Esa es nuestra esperanza fundada en el mismo Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y dejó vencida la muerte para siempre.

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