Recibid el Espíritu Santo

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Pentecostés 2016

Culminamos el Tiempo Pascual. Completamos los 50 días pascuales. El Don del Espíritu Santo es “el Fruto” de la Resurrección y Ascensión de Jesús al cielo; un Jesús sentado a la derecha del Padre y que desde allí nos regala el mejor Don del Padre y del Hijo que es su Espíritu.

El Evangelio de hoy, Juan 20, 19-23, es el mismo que se proclama en el día de Pascua. Nos narra el encuentro del Resucitado, al anochecer del primer día de la semana, con los suyos. Si el día de Pascua nos fijábamos sobre todo en el acontecimiento de la Resurrección, hoy nos fijaremos en las consecuencias de esa Resurrección de Jesús.

Nos fijamos, en primer lugar, en la constitución de la primera comunidad de creyentes. El grupo de discípulos, trancados en el lugar por miedo, son eso, un grupo de gente, pero no son comunidad de creyentes. Más bien les embarga el miedo, la desesperanza y la tentación de irse cada uno por su sitio. La comunidad se constituye cuando Jesús se pone y está en el centro; cuando asienten y creen que Jesús es el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que ha vencido a la muerte y que está vivo. Jesús en el centro les trae la Paz y va a romper todas las ataduras.

En este día nos fijamos sobre todo en el acontecimiento del envío o de la misión de esa comunidad. Hasta ahora, durante 50 días, hemos gozado de las fiestas pascuales. Hemos alimentado la Fe, la esperanza y el amor. Lo hemos celebrado hacia dentro de la comunidad. Hemos crecido y madurado en el horno u hogar de la comunidad, nos hemos fortalecido y animado. Todo eso no puede quedar encerrado en el cenáculo de la comunidad. Hay que llevar esa experiencia vivida de la Fe a toda la tierra. Por eso Jesús, de inmediato, envía a la Misión. Con una particularidad, que hace remontar esa misión o envío al Padre. Es el Padre, fuente y origen de todo, el que ha enviado a Jesús, y ahora Jesús en su nombre, nos envía a nosotros. Nos constituye en “otros cristos”. Con la misma misión que el Hijo. Nos da la misión de ser constructores de Paz. Nos envía a perdonar, a liberar, a quitar fronteras, a amnistiar, a sanar y hacer que crezca el Reino de Dios.

Nos puede parecer la tarea desorbitada para gente como tú y como yo que somos poca cosa. Pero está claro que Dios y Jesús no hacen acepción de personas. Que todas valen. Los primeros discípulos no eran un dechado de virtudes, tenían tanto miedo como podemos tener nosotros y hubieran preferido que la “misión” les tocara a otros. Ni Moisés ni los profetas se sintieron preparados para la misión que se les pedía. Es ahí donde en la misión también se nos da el Espíritu Santo. Recibid la fuerza del Espíritu. Y sopla sobre ellos. Y cambia su realidad existencial. El Espíritu los libera de los miedos y de los cerrojos, de las puertas y fronteras, y les da la fuerza (parresía) para llevar adelante la misión de evangelizar y que la causa de Jesús acontezca y se realice aquí y ahora.

También a nosotros se nos ha dado y se nos da el Espíritu Santo con sus dones: Fortaleza, Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Ciencia, Piedad, Temor de Dios. Espíritu Santo que es “Viento impetuoso” que mueve las puertas, que empuja y lleva hacia adelante, que barre y limpia y te hace caminar como sobre alas de águila. Espíritu Santo que es “Fuego” que ilumina, calienta, quema, sana y dinamiza. Espíritu Santo que es “Aceite”, ungüento que suaviza, impregna, rejuvenece, da vigor y es alimento. El Espíritu Santo pasa por nuestra mente y corazón; nos abre las entendederas para conocer mejor los planes del Padre, para entender la Palabra de Jesús; enardece nuestro corazón y lo inflama para dinamizarlo y llevarlo a la opción por El Padre y su Hijo Jesús. El Espíritu Santo es el AMOR que ensambla al Padre y al Hijo y nos ensambla a nosotros al Padre y al Hijo en la interioridad de la Trinidad.

Este Espíritu es el que nos catapulta hacia los márgenes de este mundo. No nos deja estar quietos y resignados sino que nos lleva a vivir nuestra vida mirando a Dios y mirando a los hermanos. Nos lleva a perder el miedo a entregar nuestra vida por la causa de los demás.

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO, SEÑOR Y DADOR DE VIDA, QUE CREA IGLESIA Y COMUNIÓN DE LOS SANTOS.

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