Reflexionanado con Gonzalo SCJ, la “experiencia fundante” de nuestra fe cristiana

Mis queridos amigos en el Señor: Paz y bien en el Señor.  Leyendo Zenit me he encontrado con este precioso testimonio de un cura cuarentón italiano que me ha parecido una experiencia concreta de una respuesta a la pregunta de Jesús: ¿Y vosotros quien decís que soy yo?. Os lo pongo reducido. Para quien quiera verla completa que pinche zenit.org. A los curas se la aconsejo vivamente.
Sobre las lecturas decirles que no tienen desperdicio. Isaías 50 tiene la experiencia fundante de que ¡Dios es mi ayuda! ¿Quién me vencerá?. No tiene miedo a nada ni a nadie seguro de que Dios es su fiador y guardián. La roca que lo salva. Y eso no le evita vivir la vida como perseguido a muerte. Resaltar esa frase que no se entiende mucho de que “endureció su rostro como el pedernal” que no es decir que es un caradura sino que ha tomado una decisión firme y decidida de seguir adelante con su vocación pese a quien pese y pase lo que pase. ¡Dios es su ayuda!
El evangelio de hoy es el “quicio” del evangelio de Marcos. Hasta ahora preparaba este momento. A partir de ahora desarrollará las implicaciones que conlleva el seguimiento de Jesús. El evangelio de hoy no necesita “glosa”. La pregunta es directa por parte de Jesús a sus discípulos; a ti y a mi. ¿Quién es Jesús para mí? Es una pregunta ineludible y exige una respuesta personal e intransferible. Pueden ser respuestas de otros, pero necesariamente deben ser hechas respuesta nuestra. La respuesta de Pedro puede indicar el camino apropiado para la respuesta de un creyente – discípulo de Jesús. No es suficiente decir que Jesús es un gran hombre, un líder, un humanista, un maestro o el mayor nacido entre los hombres. Ninguna de esas cosas es suficiente para que Jesús sea el fundamento de nuestra vida. Solo puede ser valedor de nuestra fe, esperanza y caridad si le reconocemos como Hijo de Dios y Señor nuestro. Creer en Él significará “dar la vida por Él y por su causa”. Significa que todas las cosas se iluminan a partir de esa experiencia de reconocerle a Él como camino, verdad y vida. Y seguirle a Él, no va a ser camino de rosas, sino que nos tocará hacer como Isaías o o como nos dice el mismo Marcos. Será coger la cruz y seguirle.
Ahí os va el testimonio del cura que os decía.
Un abrazo. Gonzalo

 

Un párroco cuenta las alegrías y dolores de ser sacerdote hoy
ROMA, viernes, 11 septiembre 2009 (ZENIT.org).- Según el Anuario Estadístico de la Iglesia (edición 2008) hay 407.262 sacerdotes en el mundo. De ellos, una gran parte desempeña la tarea de párroco y guía, aconseja, asiste, educa a comunidades locales de personas y familias.

Su papel tiene un aspecto religioso, social y civil insustituible. Y sin embargo una cierta cultura secularizada ataca, critica y trata de desacreditar a los párrocos y sacerdotes.

En este contexto y en pleno Año Sacerdotal, ZENIT ha entrevistado a Luigi Pellegrini, párroco desde el año 2000 de la parroquia de Santa Rita en Viareggio (12.000 habitantes), Italia.

Nacido en Camaiore (LU) el 17 de marzo de 1966, don Luigi se licenció en Teología Espiritual en el Instituto Pontificio "Teresianum" de Roma, en 1997, y está inscrito en el mismo Instituto en el doctorado en Teología Espiritual. Profesor en la Escuela Teológica para Laicos, imparte cursos sobre la Eucaristía para seminaristas en el Estudio Teológico Interdiocesano de Camaiore.

Su parroquia es una de las que más fieles atrae en Viareggio y es promotora de innumerables encuentros de alto nivel espiritual y cultural.

–En un mundo que parece cada vez más secularizado, ¿cómo explicaría las razones que mueven a muchas personas a seguir la vocación al sacerdocio?

–Don Luigi: En el momento en el que, en tu vida, la fe no se queda en algo externo sino que te interpela concretamente, crece en ti el entusiasmo de poder hacer de ella una respuesta de vida. Nuestra religión te pone frente a un encuentro personal, concreto y capaz de llenarte la existencia.

Es verdad, hoy el mundo está bien organizado para llevar a los corazones hacia otras perspectivas y a menudo logra confundir y debilitar, pero todo esto a algunos, en un cierto momento de la vida, ya no les basta. Encuentras a Jesús, lo conoces y en el momento en que respondes sí, la alegría que otros ámbitos te habían prometido, se hace real y por tanto verificable en tu vida diaria.

Quizá también nosotros, como Iglesia, hemos perdido muchas ocasiones de dirigir a los hombres hacia la dimensión espiritual de la vida. El Espíritu sin embargo a través de sendas sencillas, sabe de todos modos llevar los ánimos a volver a buscar a Dios y experimentar que el amor por El no es una utopía sino que se hace verdadero sentido de la vida.

–¿Cómo se produjo su llamada?

–Don Luigi: Tuve el gran don de una familia cristiana, pobre de cosas materiales pero rica de humanidad. Mis padres fueron capaces de acompañarme en el descubrimiento de las realidades de Dios no con muchas palabras, sino con los hechos y la profundidad de una fe sencilla, concreta y por ello todavía más incisiva. Nací el 17 de marzo de 1966, después de doce años de matrimonio de mis padres, en el año en el que, debiendo afrontar un primer tumor de mi padre, pensaban en otra cosa que en tener a toda costa un hijo.

Justo en el periodo menos esperado el Señor me llamó a la vida. Ellos sin posibilidades económicas, preocupados por tener que mantener también a un hijo, además de pagar el alquiler de la casa, no se rindieron y, tenazmente y con gran dignidad y fe, lograron afrontar también aquel momento.

A los diez años murió mi padre y a los 14 años entré en el seminario menor de Lucca. ¿Por qué a esa edad? Tenía que dejar mucho de lo que en aquel momento era importante para mí: mi madre, que se quedaba sola, mi parroquia en la que desempeñaba diversas actividades, amigos…

Recuerdo aún de modo claro que sentía tener que decir "sí" a una llamada que me había ayudado a discernir la oración de aquella edad, los grupos vocacionales de aquellos años, así como el entusiasmo de sentir que mi parroquia me pertenecía y yo formaba parte de ella.

No puedo decir que nadie me condicionara, al contrario, pensando de nuevo sobre ello me propuse prestar mucha atención para seguir las eventuales vocaciones que el Señor pusiera en mi camino.

Cada año que pasaba, sentía crecer la alegría del acercarme al sacerdocio; no fue todo fácil, crecía en edad y al mismo tiempo también mi espiritualidad se transformaba, adquiriendo mayor conciencia respecto a una entrega de la vida que debía ser cada vez más total y definitiva. Estaba muy impaciente.

Creo cada vez más que el Señor me llamó a esta vocación no porque sea mejor o caracterizado de especiales dones, sino más necesitado que otros de un camino y una respuesta fuerte que debe ser reconfirmada cada día, para poderme salvar verdaderamente. El don de la vocación se convierte en una protección y apoyo a la propia debilidad.

 

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