Reflexionando con el Adviento (I)

Yo no soy tonto… “sé de quien me he fiado” (2Tim 1, 12)

Hay una parte de una canción del Canto del Loco que me gusta especialmente. La canción es “Eres tonto” y la parte que me llama la atención es la de “Y parece que está de moda ir de tontito”. Parece que está de moda ir de tontito. Es muy fácil ir de tontito por la vida, como si no te importase el qué, el cuándo y el cómo de las cosas, y, lo que es peor, como si no importasen las personas. Pasar de la vida, como quien mira a otro lado, es ir de tontito. Pero sabemos, y sabéis que, en el fondo, no vamos de tontos, que las cosas nos importan, que aunque nos digan que no prestamos atención, que no nos detenemos en las cosas que merecen la pena, que no nos manchamos suficientemente las manos con los problemas de los otros, nada de eso es verdad. Sí nos importan los otros y nos importa nuestra vida, pero no siempre sabemos cómo expresarlo y cómo decírselo a los demás. No somos tontos y sabemos ir a lo esencial y reconocer aquello en lo que no siempre ponemos todo el empeño necesario.
No somos tontos. Sabemos en quien y en como confiamos. Lo vemos con nuestra familia o con nuestros amigos. Confiamos en ellos. Sabemos que no nos fallarán… y si nos fallan, sabemos que siempre podemos retomar la relación (porque para algo existe el perdón y la misericordia). Dios confía plenamente en nosotros, de quien se siente fascinado, y nos ofrece, día a día, una oportunidad para caminar con él, para dejarnos guiar por él (como buen GPS), para tener experiencia de su ternura y su comprensión. Eso es lo que celebramos en el Adviento: que Dios mismo se prepara para caminar con nosotros.
Dios se pone en camino, pero no tirando de nosotros. Él se adapta a nuestro paso, confiando en que, poco a poco, vayamos tomando un buen ritmo: el ritmo del corazón. Es ahí donde hacemos experiencia de la ternura de Dios y de su cercanía. Es ahí donde buscamos las experiencias verdaderas. Es ahí donde prescindimos de todo lo artificial (como de las luces de Navidad y los mensajes y anuncios que intentan vendernos felicidad barata y pasajera) y vamos a lo esencial de las cosas. Ese será el mejor regalo que tendremos al finalizar el adviento que comenzamos: Dios se acerca irremediablemente al hombre, fascinado por nosotros. Es Él el que nos repite al oído, susurrando: “Yo sé que TÚ NO ERES TONTO. Sabes bien de quien te has fiado”.

PRIMERA SEMANA: ¡CÓMO PARA NO ESTAR DESPIERTOS!

No es fácil ponerse en camino. A veces, estoy seguro de ello, hemos tenido la experiencia de retrasar la hora de un encuentro o de hacer algo, simplemente porque cuesta un poco. No es fácil. El Adviento tampoco. Ponerse en camino, o, mejor, dejar que Dios camine con nosotros complica la vida, la existencia y toca, con perdón, un poco las narices. ¡Y encima va y dice que no sabemos ni el día ni la hora! ¿Pero de qué va?
Tenemos todo medido y calculado. Nos hemos asentado en el tener todo controlado. Y que venga alguien a decirnos “estate en vela, porque no sabes cuando voy a llegar” incomoda, y mucho. Es como si en nuestro día a día nos despertáramos con un reloj que no tiene manecillas, que no marca la hora, del que sólo sabemos que sonará, pero no tenemos certeza del cuándo ni el cómo.
Así es Dios: también incomoda su presencia. Pero… ¿no será porque no estoy dispuesto a remover mi corazón?, ¿no será porque quiero tener todo controlado o pienso que ya lo sé todo en la vida? Dios incomoda, “toca las narices” un poco, pero, en el fondo, lo hace porque cree en nosotros y confía plenamente en que podemos, paso a paso, mover nuestro interior y plantearnos nuestra propia vida.
La vida, nuestra vida (mucha o poca) es una búsqueda, es un camino, es descubrir, ir descubriendo, lo que somos y seremos. Es tiempo de ponerte a caminar y dejarte de tonterías y excusas, porque, en definitiva, está en juego TU PROPIA VIDA y la de los demás. No eres tonto, confía, y da el segundo paso, que el primero ya lo ha dado Dios por ti.

 

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