Reflexionando con Gonzalo SCJ

Mis queridos amigos, paz y bien en el Señor.
Esta mañana, me he despertado con la noticia del número de parados en España. Ya la dieron ayer, pero machaconamente la información repite los datos. Y son datos perturbadores, o por lo menos a mí me han perturbado el espíritu ayer y hoy. Más de 4 millones de parados en España. El equivalente a una ciudad como Madrid (con niños incluidos) está en paro. Y se da la cifra, y aparentemente no pasa nada. Bueno, solo pasa a los que padecen la “tara” del paro; pero los demás parecemos seguir con nuestras rutinas tratando de que no nos pille el toro y seguimos planificando nuestras vidas como si “el paro” no se diese. Un millón de familias no tienen garantizada una subsistencia digna. Un millón de familias han visto desvanecerse sus planes de vivienda, promoción social, viajes, vacaciones, seguridad social…
Y lo que es peor, parece que esto no tiene remedio a corto plazo.
La pregunta, mi pregunta es ¿qué pasa?, ¿qué nos pasa?. ¿Hay algún camino de solución, que no sea solo la pura asistencia y el subsidio?
Durante estos días, las lecturas de los Hechos de los Apóstoles, suelen recordarnos algo que pudo acontecer en las primeras comunidades de los cristianos. Dicen que no había pobres entre ellos, porque lo tenían todo en común. Además de los bienes, tenían en común la fe, la oración, la eucaristía o fracción del pan y el estudio o enseñanza de la Palabra de Dios.
¿Esto sería “pura bulla” o propaganda, un deseo piadoso, o sería una consecuencia lógica de unos presupuestos de fe cristiana que quería encarnar el espíritu de las bienaventuranzas? Personalmente me decanto más por lo segundo que por lo primero, aunque no deje de tener un tono utópico el reportaje de los Hechos. A lo largo de la historia ha habido tentativas diversas para hacer realidad esa utopía pero ciertamente no ha pasado nunca a ser un proyecto mayoritario ni ha marcado la tendencia económica de las sociedades denominadas de cristiandad. Los “pobres” han sido una realidad permanente entre nosotros y las injusticias sociales han jalonado nuestra historia dos veces milenaria.

 

¿Habrá fracasado el Evangelio o habremos fracasado los cristianos? También aquí opto por lo segundo. Nuestra “Madre Iglesia” ha afinado mucho en la moral concerniente al sexto mandamiento llegando a ser puritana y ha dejado bastante manga ancha en la moral económico-social, si bien miraba con lupa el robo a la propiedad privada sin matizaciones. Y mira tú que entre los Padres de la Iglesia ha habido grandes pensadores que han desarrollado una doctrina social (ya por los siglos III y IV) que ponía al hombre como valor mayor (valor absoluto) que la economía y el bien común por encima del bien particular. Pero fueron mas bien cantos de cisne, porque no marcaron el funcionamiento económico de la sociedad de su tiempo.
¿En qué medida hemos fracasado los cristianos? Creo que no hemos entendido el alcance del mensaje de Jesús cuando dice que entre Dios y el dinero (Mammona) no hay reconciliación posible. O se sirve a Dios o se sirve a Mammona (es el dinero objetivado en fin último). No hay componendas. Y lo que hemos hecho y hacemos es tratar de arreglárselas con componendas y trapicheos para autoengañarnos y no hacer opción clara por Dios.
Corría el año 1976 cuando en la Vicaría IV de Vallecas, Iniesta Obispo, se nos preguntaba a los cristianos de Vallecas que diéramos nuestra opinión acerca del sistema capitalista como rector de nuestra economía nacional e internacional. Todos sabíamos que la Iglesia oficial había condenado el sistema comunista como sistema intrínsecamente malo o perverso. Sin matizaciones. Pero del sistema capitalista no había dicho nada parecido, y más bien nos parecía a nosotros que existía connivencia con él. Todos los de nuestra comunidad (y la mayoría de la Vicaría) dijimos que nos parecía también intrínsecamente malo o perverso el sistema capitalista. Y nos parecía eso porque en este sistema el hombre era considerado como una pieza más del sistema y no la más importante. Lo importante era “ganar”. Era “el lucro”.
Decíamos eso, y al decirlo éramos conscientes de que condenábamos a los capitalistas, que lógicamente no éramos nosotros, sino “los otros”; los que aplastaban al obrero y usufructuaban desmesuradamente los beneficios o las ganancias. Para algunos bastaba que desaparecieran los capitalistas y ya estaba todo solucionado. La “conversión” debían hacerla “los otros”. Nosotros estábamos salvados de polvo y paja.
Y yo creo que nunca nos hicimos autocrítica para ver o descubrir que ciertamente no éramos capitalistas, pero teníamos mentalidad capitalista. Nos gustaba el lucro, la buena vida y el capital. De hecho, pasado el tiempo, muchos de los de entonces, en cuanto han podido se “han montado en el dólar” y “ancha es Castilla”. Se ha seguido hacia adelante con una pátina de progres y revolucionarios pero asumiendo a tope los postulados del capitalismo. Con la boca condenamos, pero con el corazón asumimos y aplaudimos.
Yo, personalmente, también he andado entre Pinto y Valdemoro, ni fu ni fa, una vela a Dios y otra al diablo. De siempre he creído que debe haber una tercera vía (quizás más), la vía del “evangelio” pero no he sabido plasmarla y tantas veces he tenido que caer en las reglas del juego del capital para encauzar adelante ciertos proyectos que buscaban el servicio del pobre y la promoción social. Ciertamente sé que hay cosas que no se pueden cambiar de la noche a la mañana, y que tantas veces hay que comulgar con ruedas de molino; pero habría que ir más allá y buscar alternativas para llegar a corregir en profundidad este sistema nuestro que no da más de sí o que ha llegado a unos límites donde el desastre puede estar más cercano de lo que nos parece.
Para sorpresa mía, ayer ojeando y hojeando la revista “Vida Nueva” del 24 de abril me encontré con un dossier de José Ignacio Gonzalez Faus que se titula: Recuperar la economía. Me dije: “hombre, que bien”. Mi amigo Faus escribiendo sobre economía. Tiene que estar bueno y sugerente. Y lo empecé a leer ayer y hoy en la mañana lo he terminado. Gonzalez Faus es teólogo y no entiende ni gorda de economía. Sabe mucho de lógica y de razonamiento y por eso tan solo pretende aplicar la razón a la marabunta económica por la que andamos. Leerlo completo es una sabrosura por el estilo del escritor. Hay verdades de “a puño” y conclusiones interesantes, pero sobre todo un “apéndice” donde cita a M. Mounier que no tiene desperdicio. Voy a destacar unas poquitas cosas ante la imposibilidad de recensionar todo el estudio.
Puede sorprender que empieza su disertación lógica, por la lógica de Aristóteles. Hace 25 siglos el Filósofo, distinguía entre economía y crematística. La primera es el arte de satisfacer las necesidades de todos de cara a una “vida buena” (que es algo muy distinto a la “buena vida”” apunta Faus). La segunda (la crematística) es el arte de enriquecerse sin límites y esta segunda es “antinatural” y desnaturaliza todo. Y pone por ejemplo la medicina cuyo fin es la salud, pero con la crematística se desnaturaliza, haciendo del dinero su fin.
Nuestro sistema económico es crematístico y por tanto antinatural; lo que consigue es desnaturalizar todo lo que toca. No está al servicio del hombre sino que es inhumano. Desnaturaliza al hombre, lo cosifica, lo esclaviza. El Dinero (crema) se ha hecho “dios” absoluto y exige sacrificios “humanos”.
Y voy directamente a las citas de E. Munier que suenan claras y crudas.
Cualquiera que sea el lado al que nos volvamos en el universo del capitalismo moderno, solo vemos, fuera de soluciones técnicas dispersas, error y corrupción… no se consigue nada con una crítica del capitalismo que deje intactos esos principios.
(El capitalismo no tiene arreglo por que se fundamente en error y corrupción. Hay que crear alternativas).
¿Por qué es error y corrupción? Veamos en resumen el análisis de Mounier:
En primer lugar pongamos de relieve el principio metafísico del optimismo liberal subyacente a todo el sistema. Se piensa que las libertades humanas abandonadas a ellas mismas establecen espontáneamente la armonía. Pero la experiencia ha demostrado que la libertad sin disciplina deja el campo a los determinismos del mal, en los que los más fuertes desposeen y oprimen a los más débiles.
A continuación podemos enumerar tres principios de “moral social” para el capitalismo.
a. Primacía de la producción. En ella no es la economía la que está al servicio del hombre, sino el hombre al servicio de la economía. Porque no se regula la producción por el consumo y el consumo por una ética de las necesidades humanas, sino que el consumo es regulado por una producción desenfrenada (que crea necesidades “innecesarias”). La economía se convierte así en un sistema cerrado con su funcionamiento propio, y el hombre debe someter a ella su moral y sus principios de vida. Por tanto, ya no hay para el hombre cosas, sino sólo mercancías; ya no hay valores a los que estimar, sino sólo precios.
b. Primacía del dinero. Aquí no es el dinero el que está al servicio de la economía y del trabajo, sino que son la economía y el trabajo los que están al servicio del dinero. Esta soberanía tiene un primer aspecto que es la soberanía del capital sobre el trabajo en la retribución y reparto del poder económico. En un sistema así el dinero es la llave de los puestos de mando y la forma de asociarse es la “sociedad de capitales”. Y tiene un segundo aspecto, que es el reinado de la especulación o el juego con el dinero. Éste es un mal aún mayor que el productivismo. La especulación trastorna la economía en un inmenso juego de azar, ajeno a la preocupación por sus repercusiones económicas y humanas. (¿No es esto lo que estamos experimentando ahora? Pregunto yo).
c. Primacía del provecho. Consecuencia de lo anterior es que el provecho monetario es el móvil dominante de la vida económica. Este afán de provecho, en su límite puramente mecánico y deshumanizado, expulsa o desvía progresivamente todos los valores humanos: amor al trabajo y a su materia, sentido del servicio social y de la comunidad humana, sentido poético del mundo, vida privada, vida interior, religión. (En definitiva una inversión de los valores.
Por hoy no os canso más. Ya veis por dónde he discurrido en el día de hoy. No hago referencias a lecturas de la Palabra, pero creo que se toca algo fundamental de esta Palabra que es la primacía del hombre sobre cualquier otra realidad y que todas las cosas deben estar ordenadas al servicio del hombre. El camino al que invita permanentemente esta Palabra es a la conversión y a la fe en Dios. El es el primero “absoluto” que no necesita esclavos y que nos hace a todos señores o hijos y hermanos. Convertir nuestros criterios económicos es un buen punto de partida para cambiar esta realidad nuestra donde el paro es el corolario de un mundo globalizado capitalísticamente.
Os deseo “Buena Pascua”. Un abrazo. Gonzalo Arnaiz

 

 

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