Reflexionando con Gonzalo scj, Domingo XX

Mis queridos amigos, paz y bien en el Señor.
Estamos en las vísperas de la Asunción de María a los cielos y Madrid festeja a la Virgen de la Paloma. Junto con Madrid, media España se viste de fiesta en este mediados de Agosto donde el verano llega a su zenit. Tentado estaba de pararme a meditar sobre los textos litúrgicos de este día grande, pero he preferido continuar con las meditaciones dominicales, puesto que estamos también en los momentos cenitales del capítulo 6 de Juan. En concreto Juan 6, 51-58 da un giro de tuerca más en su catequesis sobre el “pan de vida” que se hace ahora netamente eucarística-sacramental. El texto de hoy bien podría ponerse en el capítulo 13 del mismo evangelio después del lavatorio de los pies. Pero Juan lo ha querido poner aquí quizás para hacernos ver la totalidad de valencias y valores que hay detrás del pan o de ver la transversalidad, a lo largo de todo el evangelio del valor de la “encarnación”. Y es que hoy nos empieza a hablar de “carne” y también de “sangre”. Adelantemos ya que la cultura hebrea al hablar de carne o de sangre dice mucho más de lo que nosotros nos imaginamos de inmediato. Para nosotros decir carne es igual a comestible. Con un poco más de imaginación llegamos a cuerpo para pasar después a carnalidad. El hebreo ve también esto, pero sobre todo ve la totalidad de la persona humana que se manifiesta en su exterioridad por medio del cuerpo o de la corporeidad. “El Verbo se hizo carne” es igual a decir: El Verbo se hizo hombre; tomó toda la condición de vida humana. “Ser los dos una sola carne” implica crear una comunión de vida tan intensa que nace un “nosotros” indivisible y que comparte y lleva adelante la misma tarea en la historia humana.

 

Decir “sangre” para nosotros es poco más que el líquido rojo que corre por las venas; para ellos la sangre es sobre todo el vehículo que lleva la vida y a la vez implica la interioridad del cuerpo o de la carne. Es todo el hombre en su dimensión más íntima; podríamos decir la “espiritualidad” del hombre. Por eso “derramar sangre” es derramar vida y está totalmente prohibido. De ahí vendrán todos los mandamientos de impureza legal con la que las mujeres deberán apechugar toda su vida por causa de las menstruaciones. Notad, aunque sea un paréntesis, que por esta razón los testigos de Jhwh no pueden permitir la transfusión de sangre; también nuestra práctica de la abstinencia de carne debe andar por aquí.
Dicho esto vayamos a los textos de hoy. El horizonte general viene abierto por Proverbios 9, 1-6. Podría animaros a leer los 9 capítulos de Proverbios que sirven de introducción al libro y que todos ellos hablan de la Sabiduría, que es divina pero que empieza a adquirir como una autonomía propia. Podríamos llamarla la Señora Sabiduría, a la que se opone otra señora llamada necedad. Lindísimos los diálogos entre ambas señoras y también las descripciones que se hacen de una y otra. El texto de hoy (muy breve) hace referencia a la Señora Sabiduría que se nos presenta muy hacendada y laboriosa. Ha creado su propia casa-palacio con rica hacienda. Abre sus puertas e invita a todos a un gran banquete. ¡No perder la dimensión festiva del banquete durante toda la catequesis de hoy! El pan y el vino del banquete no es otra cosa que seguir el camino de la prudencia para tener Vida. La Sabiduría marca fuertemente que ella (y el sabio) es desde Dios. El principio de la Sabiduría es Dios. Se es desde Dios. Sabio es el que se deja iluminar por Dios, por su Palabra y por sus Obras y elige el camino que lleva a la VIDA. Sabio es el que está siempre de la parte de Dios: ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor! (dice el salmo).
San Pablo (Efesios 5, 15-20) a esto lo llama “ser sensatos”, “dándonos cuenta de lo que el Señor quiere”. Ser Sabios es “dejarse llenar del Espíritu”. De nuevo aquí, en Pablo, podemos notar que la fuente de la Sabiduría es el Espíritu. Podemos seguir diciendo que sabio se es “desde Dios”.
El evangelio se abre con los versículos que cerraban el del domingo anterior. En ellos culmina la catequesis sobre el pan de vida considerado sapiencialmente o la alegoría del pan de vida equiparado a la persona de Jesús; y en ellos se abre la catequesis tremendamente realista sobre la “carne”. El pan que Jesús nos va a dar es su “propia carne”. Ya no se vuelve a hablar de pan sino de “carne” y de “sangre”; la “carne y sangre” de Jesús. Con esta palabra Juan vuelve su mirada al tema de la “encarnación” tratado en el prólogo de su evangelio (y se puede leer para gustar de nuevo la profundidad de este tema) y al tema del “éxodo”: Jesús es el nuevo Cordero Pascual inmolado por cuya sangre se sella la nueva alianza.
Comer la “carne” del Verbo encarnado es hacer comunión con toda la realidad vivida históricamente por Jesús. Comer sus Dichos y sus Hechos. Hacer nuestra su causa. Vivir según sus sentimientos y seguir sus huellas. Si el quicio de la vida de Jesús es el Padre, también ese debe ser nuestro quicio.
Comer la “carne” del Cordero pascual es comer la carne del Jesús resucitado que ha sido inmolado por nuestra salvación. Su vida ha sido una ofrenda al Padre para la vida del mundo. Con su muerte ha mostrado que nadie tiene mayor amor que aquel que entrega su vida por los hermanos. Comer de esta carne es decir que también nosotros estamos dispuestos a entregar la vida por la causa del Reino o por la causa del hombre, o por la causa del hermano. Dar mi vida será ganar la vida, y no por ganar, sino porque dar es ya ganar.
Quiero acentuar una frase del evangelio de hoy: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”.
El Padre es el que VIVE, el viviente. Jesús no se olvida de señalar la FUENTE de la vida. Igual que la Sabiduría es desde Dios, también el Hijo, el Verbo encarnado se “sabe desde Dios” (vive por el Padre). No es retórica ni simulacro. El Hijo viene del Padre (decimos engendrado del Padre). Pero entre ambos existe una tal comunión que todo lo del Padre lo tiene el Hijo. “Todo lo mío es tuyo”. Esa comunión de vida es tal que hacen “proceder” al Espíritu Santo. No existe mayor comunión e intimidad que la de la Trinidad.
Comer del cuerpo y beber de la sangre de Jesús es entrar en tal intimidad con Él que alcanzamos un grado de intimidad o comunión con Él que de forma real participamos de su misma vida trinitaria; tenemos su misma sangre, su misma vida, su mismo Espíritu. Es el cielo en la tierra o la tierra en el cielo. Tener la misma VIDA de Dios – Trinidad.
Comer del cuerpo y beber de la sangre es también ser “agradecidos” porque Dios ha estado grande con nosotros; es reconocer que El es la FUENTE de la VIDA y es decir que “nos sabemos desde Dios, que somos desde Dios”. Ser agradecidos es celebrar la eucaristía, por eso con San Pablo les digo: “Llenaos del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”.
AMEN
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

 

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