Reflexionando con Gonzalo SCJ, Domingo XXV Tiempo ordinario

Mis queridos amigos, paz y bien en el Señor.
Ayer, jueves 17 de Septiembre, terminaba el cursillo dirigido a los catequistas del arciprestazgo de Vallecas. Tema central era hablar de la experiencia fundante del creyente: la experiencia de Dios. Al preguntarnos por la experiencia que de Dios tiene el pueblo de Israel a lo largo del A.T. descubríamos que los grandes rasgos con los que pinta a Dios la Biblia, o quizás mejor dicho los atributos que refiere a Dios, son: Dios Salvador (GOEL), Dios Justo y Dios Santo. La santidad y la justicia en Dios se besan dirá el salmista. La Santidad de Dios santifica al hombre cuando Dios se abaja y toca al hombre. La Justicia de Dios justifica al hombre cuando Dios se abaja y penetra en el corazón del hombre. Hablar de santidad y de justicia es hablar de firmeza, de fidelidad, de seguridad por parte de Dios; es hablar de encuentro y de cercanía por parte de un Dios que ha decidido crear y salvar al hombre porque lo ama con amor entrañable.
Cuando el hombre se abre a Dios y se deja “tocar” por Él, se hace santo y justo; los caminos de Dios empiezan a ser sus caminos y la voluntad de Dios empieza a ser su “pan de cada día”. La vida del “justo” se parecerá a la de Jesús – el único Justo- cuyo alimento es hacer siempre la voluntad del Padre.
El libro de la Sabiduría (2, 12-20) –como horizonte que preanuncia lo afirmado en el Evangelio- nos presenta de forma negativa lo que es la vida del justo. Justo es el que incomoda, se opone a determinadas acciones, echa en cara determinadas actitudes, reprende y corrige o pone en cuestión ciertas costumbres. No es un “cantamañanas”. No se opone por oponerse a toda costa. Se pone de la parte de Dios y desenmascarará todas las fortalezas que se amparan en los “ídolos”. Indicará los caminos que llevan a la Vida porque siguen los mandatos de Dios y denunciará todo otro camino falso que lleva a la muerte porque no obedece los indicativos del creador.

 

Los impíos –aquellos que niegan a Dios o se apoyan en sus solas fuerzas- tienen la caradura de utilizar a Dios en su favor. Se crean una imagen de Dios “justiciero” y van a exigir a ese Dios pruebas tales como que echando al fuego al justo, si realmente lo es, Dios va a venir y cubrirle con su sombra. ¿No os suena eso de : “si es el Hijo de Dios que se baje de la cruz”? Es la misma teología que es nefasta y tanto se ha utilizado incluso por la Santa Iglesia. Los impíos utilizan a Dios en su servicio y con ello se van a cargar al Justo y se van a quedar muy “justificados” y contentos. ¡Necios! Han matado al mensajero pero no el mensaje.
Amigos, esta historia se repite cada día. De esto sabía mucho Jesús, el de Nazaret. Y de esto les habla a corazón abierto a sus amigos (Marcos 9, 30-37) una vez que ha tomado la decisión de ir a Jerusalén. Una decisión nada fácil porque era meterse en el ojo del huracán. Todos los profetas habían terminado en el exilio o en la condena a muerte. El, como enviado de Dios, no iba a tener mejor suerte. Y de esto les habla claramente a los suyos. Y los suyos son incapaces de entender esto porque sus entendederas eran las del “mundo” y no las de “Dios”. Ellos piensan en medrar social, económica y políticamente. Quieren ser jefes o ministros para administrar a su favor utilizando a los demás. (¿De dónde me suena a mí que algo de esto puede pasar hoy no solo en la política laica sino incluso en la misma nomenclatura eclesial?). La tentación del carrerismo (hacer carrera) es algo casi connatural en nosotros.
Y Jesús, en actitud de Maestro (se sienta y los llama) enuncia uno de sus principios fundamentales del Reino. Lo que dice viene de su experiencia fundante que emana de Dios desde su oración y vivencia personal. Dice: “Quien quiera ser primero, que sea el último, el servidor de todos”. Y después añade: “El que acoge a uno de estos “pequeños” (mínimos) me acoge a mí y al que me ha enviado”. El pequeño, el pobre, el mínimo, el desvalido se identifica con Jesús y con el Padre-Dios. Casi nada.
Jesús viene a afirmar que el que PIERDE la vida por otro la GANA. Son unas matemáticas raras, pero esas son las matemáticas de Dios. Seguir a Jesús va a suponer ciertos cambios de mentalidad. Va a suponer ir “contra-corriente” de los muchos “valores” que proclama nuestra “cultura” donde el ganar es ganar, donde el consumo es un valor y donde el ocio o el no hacer nada es mejor que preocuparse por los pequeños, mejor que acoger y compartir con el que no tiene.
La carta de Santiago (3,16 – 4,3) sigue hablando claro. Se le puede achacar que discurre a bandazos, pero dice verdades de a puño. Y resulta que está en coherencia con lo dicho en la primera lectura y el evangelio. ¡Faltaría más!. Impío es el que procede por envida y rivalidad; se deja llevar por las pasiones como la codicia, la envida, el hurto, la agresividad. En definitiva uno pretende imponerse a toda costa sobre los demás. Nos dirá que la Sabiduría que viene de arriba (El libro de la Sabiduría habla del Justo) es amante de la paz, comprensiva, dócil, misericordiosa, constante, sincera y fructifica en buenas obras. Esta es la obra del Justo. Esta es la obra de Jesús y a la que estamos invitados todos nosotros.
¿Bajamos a cosas concretas de nuestro hoy?. No sería difícil cotejar actitudes y situaciones de nuestro tiempo. Yo creo que nuestra criteriología normal es la del impío (y perdón por quien se sienta ofendido) aunque sabemos camuflarla muchas veces con aparentes obras de misericordia. Hacemos cosas que no están mal pero que no hacen tambalear los valores-criterios de nuestra bien-pensante sociedad. Preferimos nadar a dos aguas y no radicalizarnos para que no nos pase lo que al “justo” o lo que al Justo – Jesús de Nazaret.
Amigos, hermanos, hemos de ser valientes y profundizar en nuestra conversión para seguir al maestro hasta “Jerusalén”, cargando con la cruz y entregando la vida en servicio por los pequeños.
Un abrazo. Gonzalo Arnaiz, scj.

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