Reflexionando con Gonzalo SCJ, Solemnidad del Sagrado Corazón

Finalizado el tiempo pascual con la fiesta de Pentecostés, la Liturgia parece no resignarse a perder el tono festivo de este tiempo y lo alarga con algunas Solemnidades que mantienen los resplandores pascuales. Una de ellas, la última, es la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que se sitúa en el calendario el viernes siguiente a la “octava” del Corpus Christi. Así pues, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús está entroncada en la Pascua y de ella recibe todo su contenido. No se puede prescindir del Misterio Pascual si queremos entender algo de lo que celebramos en esta fiesta del S. Corazón de Jesús.
La iglesia celebra desde su inicio la fiesta de la Pascua que contempla evidentemente los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección-Ascensión del Señor con el Don del Espíritu Santo. La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús aparecerá muchos siglos más tarde. En concreto en el año 1765 viene autorizada su fiesta y en el año 1856 viene introducida en el calendario litúrgico de la Iglesia universal.
Ante este dato, nos podemos preguntar ¿es realmente importante la fiesta del Sagrado Corazón?
¿Qué ha sucedido para llegar hasta esta declaración de la fiesta? No es fácil responder porque sería seguir el avance de la espiritualidad cristiana durante muchos siglos y no es esa mi pretensión principal. Baste por el momento decir que casi todas las cosas que se presentan desde una dimensión globalizante, pasan por un proceso de desmembramiento o parcializaciones que, si están bien hechas, ayudan a comprender la totalidad. El Misterio de la Pascua engloba toda la realidad revelada cuyos agentes principales son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que despliegan su acción salvadora a lo largo de la historia de la humanidad desde sus inicios hasta su cumplimiento en la segunda venida de Jesús. Pues bien, esta verdad global, para comprenderla mejor, para contemplarla mejor, para profundizarla mejor, se ha ido como parcelando o seccionando sin querer en ningún momento perder de vista la realidad global. Es así como poco a poco se ha venido concretando lo que celebramos en el Sagrado Corazón de Jesús.
En primer lugar se afirma la centralidad del misterio de Cristo Salvador. Es por Él, el Verbo hecho carne, por quien nos llega la revelación del Padre, del Espíritu y de toda la acción salvadora de Dios. Por eso los Padres de la Iglesia empiezan a fijarse en el Hijo que tanto ha amado al Padre obedeciéndole hasta la muerte en cruz; y que tanto ha amado a los hombres que se entregó por nosotros dando su vida para que tengamos vida. Esta realidad de amor, la ven plasmada sobre todo en el Cristo clavado en la cruz y exaltado en ella.

 

Mirando al Cristo en la cruz, empiezan a contemplarlo en la realidad de su “Costado traspasado por la lanza” y ven en esa apertura la expansión del amor inmenso de Jesús del que nacen los sacramentos de la Iglesia y a la vez empiezan a pensar que por esa “puerta abierta” se puede penetrar hasta el fondo de Jesús, hasta el fondo de sus sentimientos. Por ahí se llega a penetrar hasta el “corazón” que es la sede de los sentimientos y también del conocimiento y de la voluntad de la persona. El corazón es el “motor” por el que uno se mueve, ama y se entrega. El corazón es el gran símbolo del Amor oblativo de una persona que se entrega por amor. Es por ahí, por donde se llega a crear la “devoción al Sagrado Corazón de Jesús”. Una devoción que tiene su centralidad en la persona de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre y Salvador, pero contemplado particularmente desde su realidad de amor hacia el Padre (“para que el mundo sepa que yo amo al Padre”. Juan 14,31) y hacia nosotros (Efesios 5, 2. 25).
Yo, hoy con ustedes, pretendo mirar al costado traspasado de Jesús en la cruz; entrar dentro de su corazón y tratar de ver cuáles son las pulsiones de ese corazón; tratar de ver cuáles son los sentimientos que hacen vibrar y vivir a Jesús como persona humana que le hacen optar por unas cosas y le llevan hasta límites insospechados de caridad o amor hacia sus coetáneos ( y por añadidura hacia todos nosotros).
Hay varios textos en la Biblia donde podemos encontrar estos sentimientos del Hijo. Yo voy a decantarme por el texto de Mateo (5, 1-10) que recoge las bienaventuranzas. Están puestas en boca de Jesús y podemos estar seguros que reflejan palabras pronunciadas por Jesús. Estas palabras pronunciadas con la boca sin duda hablan de la abundancia del corazón. Las bienaventuranzas son la fiel fotografía de la interioridad de Jesús, de su intimidad personal. Jesús es el primer “bienaventurado”. Por eso, mirando este discurso “del monte” podremos introducirnos en el centro del Corazón de Jesús.
• Bienaventurados los pobres de espíritu.
Ser pobre de espíritu no es igual a ser tonto o mojigato. Pobre de espíritu es aquel que poniéndose ante Dios y mirándose a sí mismo se descubre pequeño, mínimo, nada. Radicalmente se descubre necesitado absolutamente de Dios del que lo recibe todo. Dios es la fuente, el origen, el padre de todo mi ser.
Jesús, ante Dios se sabe “todo donado de Dios”. Todo lo ha recibido de su Padre. Y porque esto es así, Dios es el primero y primado absoluto de su vida. Lo ama con todo su corazón y le entrega todo su ser. Y porque lo ama lo obedece sin medida. Jesús es un apasionado de Dios.
• Bienaventurados los “mansos” (humildes).
Manso no es el timorato, o el acomplejado, o el tímido que no se atreve a levantar la voz. Manos es el que se reconoce pequeño ante el otro, sea quien sea, a quien considera hermano. El otro es valor “absoluto” para mí y merece todo mi amor, mi dedicación y mi entrega. Amo al otro porque y como Dios lo ama. Un amor de predilección ante el que y por el que puedo entregar mi vida.
Para Jesús todo hombre o mujer es objeto de su amor fraterno (agápico). Cada uno de nosotros merece su atención y por cada uno de nosotros entrega su vida hasta la última gota de su sangre. Para Él somos bien importantes y ha pagado por nosotros con su sangre, con su vida.
•Bienaventurados los que “lloran”
No estamos hablando de “llorar” por no sé qué tipo de dolor, angustia, pena o castigo. Se habla de otro “llorar”. Entre el Reino de Dios predicado y esperado y la realidad terrena de nuestra historia podríamos decir que cualquier parecido es pura coincidencia. Hay un gran trecho entre esta realidad y la esperada. Uno “llora” al constatar este desfase y experimentar hasta cierto punto la ausencia de Dios, que se nos ofrece, pero que retardamos con nuestras actitudes.
Jesús es el gran creyente en el Reino, que lo espera y desea con ansia, pero que constata su lejanía y opacidad. En algún momento llorará por la ausencia de Dios en Getsemaní.
•Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.
No se habla de ninguna justicia reivindicativa, justiciera o legalista. Para Mateo “obrar toda Justicia” no es otra cosa que Dios reine en plenitud y que por tanto se haga su Voluntad en todo tiempo y lugar. Desear ardientemente que el Reino de Dios llegue a su plenitud es igual a tener hambre y sed de que esto acontezca.
Jesús vive ardientemente este deseo, de tal forma que esta es su oración fundamental y diaria. Podemos recorrer las primeras peticiones del padrenuestro y vemos que reflejan este hambre y sed por parte de Jesús.
Estas cuatro bienaventuranzas apuntan a la interioridad del hombre Jesús y de todo hombre. Son el sustrato conciencial del que arrancarán los criterios de actuación que se enuncian en las otras 4 bienaventuranzas: Ser misericordiosos, pacíficos, limpios de corazón y estar dispuestos a padecer persecución.
•Bienaventurados los misericordiosos.
Son aquellos que ejercen la misericordia. Mateo 25 es el reflejo de esta acción. Misericordia es acercamiento y opción por los pobres, los marginados, los perseguidos, los encarcelados, los extranjeros. Esta opción por los pobres pasa por hacerse uno con ellos.
Jesús así lo hizo abajándose hasta hacerse esclavo con los esclavos, y mezclándose con los pecadores y prostitutas. Es más, Jesús se identifico con cada uno de ellos diciéndonos que “lo que hagáis a uno de ellos, a mí me lo hacéis”.
•Bienaventurados los pacíficos.
Es otra forma de hacer Reino de Dios: la de ser “pacificadores”, crear fraternidad. Es la primera tarea del creyente cristiano. Todo lo que es antifraterno no entra en el Reino, no lo construye.
Jesús es el pacificador por excelencia y el gran creador de fraternidad. “Amaos unos a otros como yo os he amado”.
•Bienaventurados los limpios de corazón.
Es la transparencia y rectitud de intenciones. No existe dicotomía entre lo que digo y lo que hago. Obro con simplicidad y creo y me fío. Ofrezco todo lo que soy y me pongo en las manos de Dios para trabajar por la causa de su Reino.
Jesús solo fue un SI a Dios. Obediente hasta el final supo fiarse de Dios contra toda esperanza.
•Bienaventurados los que padecen persecución por la Justicia.
Es que el obrar así trae necesariamente persecución porque es confrontarse con los poderes de este mundo. ¿Hace falta preguntarse si no es Jesús el gran perseguido por causa de la Justicia?
Mirando al corazón hemos descubierto a Jesús y contemplado su obra. El Corazón de Jesús nos remanda siempre a mirar al que “traspasaron” para que creamos en Él y tengamos Vida eterna.
Seguir a Jesús no es otra cosa que imitar sus actitudes y hacer lo que Él hizo. Las bienaventuranzas son una buena “falsilla” o “plano” para seguir los pasos de Jesús.
 

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