Reflexionando con Gonzalo SCJ, tercer domingo de Adviento

Hemos llegado a la mitad del recorrido del tiempo de Adviento. Parece que a la mitad de la carrera viene bien que se nos grite: ¡Ánimo! ¡No desfallezcáis! ¡La meta está ya más próxima! Eso es lo que hace la Palabra de Dios elegida para este día: ¡Gaudete! Que traducido es: Alegraros, gozaros en el Señor; os lo repito, gozaros y alegraros. (Pablo a los de Tesalónica).
Es una fuerte invitación a la alegría. Tan fuerte que casi marca una condición sine qua non para el cristiano. Por naturaleza el cristiano debería ser un hombre alegre, profundamente alegre. Siempre alegre. Básicamente alegre. ¿Por qué esta alegría? ¿Será una alegría de bullicio y risotadas, de jarana y borracheras o será una alegría que nace de lo alto o del interior del corazón?
San Pablo ya nos dice que nos debemos de gozar “en el Señor”. Está ahí indicándonos la fuente de nuestra alegría. Y bastaría con esa motivación para responder al por qué de nuestra alegría. Pero como estoy escribiendo esto todavía a los sones litúrgicos de la celebración de la Inmaculada, se me ha ocurrido unir esta invitación a la alegría, a la que recibió María con el saludo del Ángel: “Alégrate, María”. Veamos las razones que el Ángel de da a María para que se alegre e intentemos trasladarlas a cada uno de nosotros, porque tenemos las mismas razones que María para alegrarnos. Lo anunciado en ella es bendición para todos nosotros y cumplido “en el Señor”.

 

Primera razón: El Señor se ha fijado en ti. Te ha mirado y elegido para una misión.
Dios-Padre se ha fijado en mí. Me ha elegido y llamado a la existencia. Soy alguien porque Él ha querido que yo sea. Me ha amado con amor de Padre desde siempre y ha conducido esta historia para que yo nazca, tenga un nombre, haya sido objeto de amor de mis padres, (y de tantos otros), y me ha hecho testigo de su amor dándome la vocación y la fe cristiana. Me ha enviado a llevar la buena noticia de la Salvación. Este saberme amado de Dios por siempre es fuente de alegría y gozo profundo y estable para los días de los días.
Segunda razón: El Señor te ha colmado de Gracia. Llena de Gracia.
Dios no solo me ha creado, sino que me ha hecho hijo suyo. Hijo porque me ha llenado de su Gracia, de su Vida, de su Espíritu. Somos (soy) estirpe de Dios. El Espíritu me ha sellado, me ha formateado con la naturaleza divina (dirá San Pedro). Pertenezco a la familia de Dios. Soy ciudadano del mundo y ciudadano del cielo. Soy “de Dios”. Obra de sus manos. Hechura suya. Esto también es fuente de una profunda alegría y de un gozo permanente.
Tercera razón: Dios está contigo. No temas.
Tantas veces he dicho que Dios también se llama Pascual. Dios pasa permanentemente a nuestro lado. Pasa para abajarse, recogerme y llevarme o de la mano o al cuello, dependiendo de mi situación. ¿A quién puedo temer? Aunque vaya por cañadas oscuras nada temo porque el Señor va conmigo. Saber que Dios está siempre a mi lado, a nuestro lado, aunque me encuentre clavado en la cruz, es también una fuente de profunda alegría y gozo porque estoy seguro que nada ni nadie me puede separar de este Amor de Dios.
Cuarta razón: El Espíritu te cubrirá con su sombra.
El modo de realizar todas estas cosas es la actuación del Espíritu. El Espíritu es el que me penetra y me transforma; me recrea y sana; me anima y vivifica; me hace hijo y coheredero con Cristo. El Espíritu es el que me enardece y consuela. Es el que me conduce y lleva hasta la casa del Padre, hasta el encuentro con el Señor. El Espíritu me abre a la Esperanza, confirma mi Fe y me realiza en el Amor-Caridad. Este es el gran motivo de nuestra alegría y nuestro gozo. Gozarnos en el Señor.
La razón definitiva para María y para nosotros es que todo se ha cumplido en Jesucristo. Él es nuestra última y única razón. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. ALELUYA
También Sofonías (3, 14 – 18) se une al coro de los aleluyas y nos dice: Alégrate, Hija de Sión; alégrate y exulta Hija de Jerusalén, porque YHWH está en medio de ti. La Hija de Sión o de Jerusalén se refiere a una realidad corporativa: Todo el pueblo de Israél; todos nosotros. Se refiere a María de Nazaret, a ti y a mí. Oigamos esta invitación al júbilo y que no decaiga nuestro optimismo, porque tenemos razones más que suficientes para alimentarlo y hacerlo crecer.
El evangelio del día (Lc. 3, 10-18) nos enfrenta a la realidad histórica de Juan Bautista, precursor de Jesús, y a su predicación. Juan Bautista después de anunciar próximo el “día del Señor” invita a todos los que han ido a escucharle a la CONVERSION, a un giro de 180 grados en las actitudes y opciones que guían la vida ordinaria de sus oyentes. ¿Qué hemos de hacer? Pregunta que resuena tres veces distintas formuladas por gentes provenientes de diversos grupos.
Los primeros son la gente normal o perteneciente al “común de los santos”. Son de diversas clases sociales, fundamentalmente las medias y bajas que aceptan de buen grado la invitación del profeta. Juan Bautista responde a este grupo con un indicativo ético fundamental. COMPARTIR. El que tenga dos, que dé uno al que no tiene ninguno. Es un gran llamado a la solidaridad y un indicativo de que la conversión, además de pasar por el corazón pasa también por el bolsillo.
Los segundos en preguntar son los “proscritos” y gente de mala fama para el pueblo de Israel. Son los colaboracionistas con el poder romano y por lo tanto públicos pecadores. No les echa improperios o excomuniones. Les dice que sean JUSTOS en sus pesos y medidas. Que no roben ni sean usureros. Es un llamado a la justicia social y conmutativa y distributiva. Un llamado a construir la sociedad desde el valor de la Justicia.
Los últimos en preguntar son extranjeros, foráneos que ejercen en los ejércitos opresores de Roma. A estos les responde que no abusen de su poder, que no extorsionen a nadie, que se conformen con su sueldo. El poder debe ser SERVICIO y no otra cosa. Casi viene a decir que uno puede ser lo que sea pero que lo importante es que al prójimo se le debe mirar siempre como valor absoluto y por lo tanto debe ser respetado siempre y absolutamente.
Esta mañana leía en Isaías 1, 16 estas palabras: “Quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda”. Me parecía a mí que Juan Bautista estaba siendo eco del profeta.
El evangelio en la última parte nos presenta “de rebote” la gran figura del Bautista. Hablando de Jesús se nos muestra como un hombre de una humildad extrema. Humildad que es sinceridad y verdad. Juan Bautista se podía haber llevado de calle a la gente y haber pasado por el mesías, porque habían una gran expectación en el país y porque él daba muchos requisitos para cumplir con la figura anunciada del mesías. Y Juan bautista tiene la gallardía de decir que él no merece desatar la sandalia o ser esclavo del Mesías. Él solo bautiza con agua y el Mesías bautizará con Espíritu Santo y fuego. Juan se presenta como lo que es: solo el precursor. Será el señalador del Mesías verdadero y del camino que a Él conduce y prepara.
Juan Bautista es una de las grades figuras del Adviento. Pero no es figura decorativa. Merece la pena que le oigamos. ESCUCHEMOSLE y preparemos el camino al Señor.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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