Reflexionando con Gonzalo SCJ, V Domingo de Cuaresma

Es el “último” domingo de esta cuaresma encaminada toda ella a abrir un camino de conversión para llegar a la Pascua reconciliados. Por su carácter de “último” es también el último aldabonazo o la traca final para llamarnos a la conversión. Y, ¡oh sorpresa!, en los textos elegidos no encontramos ningún “Júpiter tonante”, ninguna amenaza de condenación sino que la Palabra proclama de nuevo las misericordias del Señor. Se nos invita a contemplar el Amor de Dios para movernos a conversión. Solo el amor puede mover montañas. Y solo merece la pena convertirse desde el amor y no desde el temor.
Escribiendo esto, me viene a la mente lo escrito por Santa Teresa en su poema “No me mueve, mi Dios, para quererte… Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera”. Lo dice tan bien la Santa que no cabe otro decir. Debajo os copio todo el poema.

Todas las lecturas del día de hoy recorren este camino del amor misericordioso de Dios.

Isaias 43, 16-21: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”.
Filip. 3, 8-14: Para mí todo es pérdida ante Cristo mi Señor. Corro hacia la meta…
Jn. 8, 1-11: La mujer adultera. Quien esté sin pecado, tire la primera piedra.
Salmo 125. El Señor ha hecho grandes cosas por nosotros y estamos alegres.

 

La primera lectura tiene aires de “adviento”. Es un canto a la esperanza, al futuro.
En medio del desierto del exilio, el profeta lanza una mirada al futuro que ya llega y ve
el resurgir de un nuevo éxodo, una nueva alianza, un nuevo edén o paraíso.
Recordando primero el éxodo que fue, nos invita a no mirar hacia atrás sino hacia delante. Impresiona esta invitación por la valentía del profeta de anuncair un nuevo éxodo para su pueblo cuando ese pueblo pasa por la realidad vital de ser “no pueblo”.
En medio de la nada se atreve a anunciar que llega un nuevo éxodo más grande y mejor que el pasado. Que ya está aquí. Que ya nacen nuevas todas las cosas. Y además, en este éxodo, el jefe será el mismo Dios y tocará a todos. Resurgirá una nueva tierra y un nuevo cielo. Todos reconocerán y alabarán a Dios, incluso los animales salvajes. ¡Que bueno es el Señor! Ha hecho obras grandes con nosotros y por eso estamos alegres.

Todos nosotros, hoy, estamos llamados a salir fuera de las tinieblas y entrar en este río de gracia y de bendición. Dios será definitivamente nuestra luz y nuestra vida.
La iniciativa sigue siendo de Dios que nos ama incondicionalmente y no debido a nuestro mérito. Nuestros pecados son cancelados. Dios se mueve solo por un amor incondicional que cancela los entuertos en vista de una alianza de paz, eterna y universal.

El evangelio narra una historia de Jesús sorprendente. Si el domingo pasado se nos hablaba desde una parábola del amor del Padre – Dios por sus hijos pródigos, hoy se nos habla de una historia real vivida por Jesús que encarna y actualiza lo anunciado por la parábola. Jesús personaliza de alguna manera las actitudes del “Padre” de la parábola enfrentándose a un caso real de “pródigos”: la mujer adultera y sus hermanos justicieros. Jesús es puesto ante el dilema de elegir entre cumplimiento de la ley y la misericordia.
Si desoye la ley, será acusado de trasgresor.
Si opta por la ley, desmentirá su mensaje de misericordia.
Jesús opta por escribir en tierra y esperar. Este gesto implica que en principio él no quiere entrar en juicio. No quiere juzgar a nadie. Solo la insistencia de los acusadores, le hace alzar la cabeza y lanzar la pregunta-respuesta:
“Quien de vosotros esté sin pecado, lance la primera piedra”.
Se fueron uno a uno empezando por los más viejos. Comprendieron que la ley ellos tampoco la cumplían. La ley también les acusaba a ellos.
La conciencia de todos se despierta y caen en la cuenta de que “todos somos pecadores”, y por ello privados del derecho de juzgar. “No juzguéis….” .
Este es el “primer milagro” de lo que hoy se nos cuenta. Los “hermanos mayores y bien pensantes” descubren que también ellos son pecadores. Jesús tampoco les condena a ellos y al ayudarles a desenmascarar su propia situación de pecado les facilita su posible conversión.

El cara a cara con la mujer nos enseña: La mujer no es condenada tampoco por el “justo”; pero esto no quiere decir que se consienta la culpa o el pecado. Se asiente a la persona con un pecado, que se encuentra visitada, acogida y amada en su debilidad y realísima culpa. La ley antigua viene perfeccionada o llega a cumplimiento en Jesús anunciada ya en una profecía: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. La ley indica la gravedad del pecado y la trágica situación del pecador, pero la misericordia perdona y devuelve la vida.

Impresiona oir la sentencia de Jesús: “Yo tampoco te condeno”. Jesús no ha venido a condenar sino a salvar. ¡Y es lo que hace! ¡Siempre!.
Sin embargo cuantas condenas a lo largo de la historia se han hecho en nombre de este “Señor de la Misericordia”. Cuantos instalaches creados para supuestamente buscar pecadores y condenarlos a piras, cárceles, destierros y más mandangas. No se entiende que hayamos desvirtuado tanto el evangelio.
Pero la Palabra también va dirigida a cada uno de nosotros para que penetremos en nuestro corazón y veamos los tribunales de justicia que administramos cada uno de nosotros y de los que salen también condenas a diestro y siniestro. Somos fáciles a la condena del otro. Vemos fácilmente la paja en el ojo ajeno.

Impresiona oir “Levantate y no peques más”. Álzate, camina, sigue adelante con la cabeza alta con toda dignidad. La mujer queda resituada, dignificada, valorada e igualada a todos los demás sujetos de la historia. El encuentro con Jesús es sanante, confortante, reconstituyente, recreante. Jesús salva.
Pero Jesús no olvida que el pecado puede volver para destruir de nuevo a la persona. El pecado es tan real como la vida misma y el pecado es veneno para la vida. ¡No peques más! Es lo peor que puedes hacer porque es desengancharte de la fuente de la Vida y solo acarrea muerte y destrucción. “Te puede ocurrir algo peor”.

Pienso que hemos de tomarnos en serio estas palabras de Jesús. Estamos ultimando nuestro camino de conversión hacia la Pascua. Estamos llamados a reconciliarnos entre nosotros y con el Señor. Estamos llamados a renunciar a nuestra vida de pecado, de ausencia de Dios, de caminar por derroteros que son despeñaderos. Y nos invita a cambiar aquel que nos acoge como somos y que nos ama infinitamente. Nos invita aquel que nos ha creado y que quiere para nosotros la vida, la felicidad y la libertad plena. DEJÉMONOS RECONCILIAR POR DIOS. Es con mucho lo mejor.

San Pablo, en la carta a los Filipenses, es un buen modelo para descubir lo que es un hombre reconciliado y recreado desde Cristo a quien llama “mi Señor”.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

 

 

Santa Teresa escribe:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

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