Reflexionando con Gonzalo

ENCUENTRO CON EL RESUCITADO

Así se “titulaban” los ejercicios espirituales que un grupo de SCJ iniciábamos en Puente la Reina el día 5 de abril de 2010. Los dirigía el p. Eduardo Fernández S.M.
Voy a intentar recapitular lo meditado en los 5 días del encuentro, siguiendo los esquemas que nos entregó Eduardo, pero no responsabilizándolo a él de lo que aquí se afirma. El receptor de una información siempre pone sus filtros que pueden provocar resonancias no pretendidas por el predicador y también uno hace selección de aquello que más le sorprende o que más le gusta.

El primer encuentro fue lógicamente de “Introducción”. Una cita de Juan 16, 22: “Volveréis a alegraros, y nadie os quitará vuestra alegría” era el gran pórtico de entrada en los ejercicios que marcaba el objetivo final pretendido para estos días. El encuentro con el Resucitado no puede provocar otra cosa que una inmensa alegría que nadie nos podrá quitar.

Hemos celebrado la pasión y muerte de Jesús. La pasión y la muerte, cualquier pasión y muerte, en sí mismas son absurdas. No encontramos para ellas una explicación lógica porque no la tienen. Pero la pasión y la muerte alcanzan a Jesús y nos alcanzan a nosotros. Siempre están ahí presentes y son compañeras de viaje. Pero podemos fijarnos en Jesús para ver cómo vive esta realidad de pasión, dolor y muerte. No las vive desesperadamente sino que las vivirá en un contesto de esperanza. Durante su vida Jesús ha comparado su muerte con un parto de la mujer-madre. La mujer vive los dolores de parto entre la angustia y la alegría. El dolor del parto es el dolor más esperanzado porque anuncia la llegada de una nueva vida que inundará de alegría a la madre, que dará por bien empleado el sufrimiento del parto. Merecía la pena pasar por ello, para llegar a la experiencia de la maternidad y de la fecundidad dando una vida nueva. Jesús vivirá su experiencia de dolor convirtiéndola en una especie de “dolor de parto”: un dolor esperanzado y confiado; un dolor finalizado en una esperanza de vida nueva. Lógicamente esta esperanza y esta matización del dolor nacen de su confianza inquebrantable en su Padre-Dios de la Vida.
Y en efecto, Dios saca de la muerte la Vida y rescata a su Hijo de la muerte resucitándolo. Esa resurrección es la fuente de una inmensa alegría para todos aquellos que se van a encontrar con el Resucitado.

Convertir nuestros dolores en “dolores de parto” es una buena opción para encontrar sentido a innumerables encrucijadas en la vida y saber vivirlas desde el encuentro con el Resucitado que ya ha vencido definitivamente el dolor y la muerte y que va por delante en nuestro caminar. Nuestros dolores, nuestra muerte están iluminados por el acontecimiento de la resurrección de Jesús y por lo tanto pueden ir envueltos en la alegría esperanzada de la resurrección. La alegría pascual nadie nos la puede quitar porque nosotros estamos ya viviendo en la etapa del resucitado; la etapa en la que la muerte ha sido ya vencida definitivamente.

 

En estos días vamos a vivir un ENCUENTRO CON EL RESUCITADO. Un encuentro personal y entre personas. Él está vivo y presente; está siempre con nosotros. Esta su presencia permanente del resucitado con nosotros debería hacer que nuestra vida fuera una permanente novedad de encuentros reiterados con el Resucitado para vivir la vida “honrando la vida” y no simplemente dejarnos vivir o dejarnos llevar por la vida. Somos siempre los protagonistas de nuestra vida y debemos hacerla o construirla o llevarla adelante como resucitados, sin miedos y regalando vida. “Honrar” la vida es vivirla a tope desde la experiencia del encuentro con el Resucitado.

En estos días vamos a intentar vivir Su Palabra y ponernos “a Su escucha”. El fundamento y el eje de toda nuestra reflexión será la Palabra de Dios. Fundamentalmente los textos del N.T. que hablen del Resucitado y los acontecimientos que se desarrollan a partir de este acontecimiento inaudito y sorprendente. En este encuentro con la Palabra meditada tendremos momentos de gran alegría interior que necesariamente deberá ser compartida. Es un encuentro del Resucitado con cada uno de nosotros, pero sabemos que estamos “juntos” y por eso mismo compartido.
Ese gozo y alegría interior no es otra cosa que un fruto del Espíritu del Resucitado que habita en nosotros. Serán pues momentos de “GOZO DEL ESPÍRITU”.

Para alimentar nuestra primera meditación Eduardo nos propone Juan 21, 1 – 14 que narra la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos en el lago de Tiberiades. La narración empieza diciendo: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, Natanael, Santiago, Juan… y otros dos”. JUNTOS. Remarca la importancia de la comunidad. Vivir juntos y unidos en torno a un proyecto. Los discípulos se mantienen unidos a pesar de la muerte del Maestro. Y son 5 conocidos + 2 desconocidos. En el evangelio de Juan los números son importantes. 5 es el número más anodino e incompleto. 7 (junto con el 3 o el 12) es el número que indica plenitud o totalidad. La comunidad de Jesús, reunida en su nombre, siempre será totalidad y solo ahí se dará experiencia del resucitado. En ese 2 de discípulos desconocidos podemos entrar tú y yo. Siempre juntos con corazones unidos. Cualquier comunidad que conserve el fuego del amor será siempre más que “5”.

Pedro les dice: “Me voy a pescar”. El Maestro ha muerto así es que no tenemos más que hacer que volver a lo nuestro: pescar. Volver a empezar de nuevo por los caminos que ya han recorrido y se saben. Es un volver a empezar después de un fracaso y por lo tanto un tanto desesperado o fatalista. Pedro es líder y arrastra a los demás a hacer lo mismo. No se separan y se embarcan juntos para empezar la faena de la pesca.
Era de noche y no cogieron nada. La noche habla de oscuridad, de ausencia. Sin Jesús están inmersos en una noche mayor: la noche del espíritu; la noche de la desesperanza, de no ver el norte de su vida. Sin Jesús se puede hacer poco, o mejor nada. Abocados al fracaso.

Amaneciendo Jesús se presenta en la orilla. Después de la noche, llega la aurora. Siempre hay un amanecer, pero ahora el amanecer acontece en su interior porque el que va a salir a su encuentro es el nuevo Sol de Justicia que es Jesucristo resucitado. Jesús está a la orilla con los pies en tierra firme. Jesús ha llegado ya a la “otra orilla”. Está ya resucitado, ha pasado de este mundo al Padre. Ha entrado en la esfera de Dios, en el mundo de Dios. Está ya afirmado y “afincado” para siempre en la tierra nueva y el cielo nuevo. Con su resurrección ha iniciado ya la nueva creación o, también se puede decir, la creación, re-creándose ha llegado a la plenitud. Jesús es ya SEGURO DE VIDA.
El predicador nos invita aquí a hacer memoria de experiencias de desembarcos, de llegadas a la orilla con las bascas que se deslizan por la arena hasta que se trancan aposentadas en el firme. La sensación de los “marineros” es la de llegar y sentirse seguros; empezar a saltar y a respirar hondo gozosos de que todo peligro ha pasado. Bueno, pues ahora, queremos tocar orilla con Jesús. Hacer esa experiencia de gozo y de seguridad plena que da el encuentro con el Resucitado.

Los discípulos “no sabían que era Jesús”. Estaban enceguecidos. Parece que suele pasar eso frecuentemente. Estar enceguecidos y no ver que en medio de nosotros está el Señor. No saber reconocerle vivo y vivificante en nuestras vidas. Tantas veces nos ocurre lo que a los discípulos: querer tirar la toalla y no seguir. Volver a los caminos trillados de siempre. No caemos en la cuenta de que ver solo se ve bien con el corazón.

Jesús les dice: ¿Tenéis pescado?
Eduardo lo traduce por un “¿de qué vais?”. Jesús nos enfrenta a nuestra realidad. ¿Tenéis algo que aportar? ¿De vuestra parte qué ponéis para cambiar la situación?
Los discípulos son sinceros y responden: No tenemos nada. Hemos trabajado y no hemos pescado nada. Y es que sin Jesús, ¡qué pocas cosas podemos hacer!

Jesús les dice: Echad las redes otra vez. Les invita a seguir adelante sin desesperar. Les invita a VOLVER A EMPEZAR, pero ahora apoyados en Jesús. Les está pidiendo que se fíen de Él, de su Palabra. Y LLEGA EL FRUTO. La red no se rompía con los 153 peces que cogieron. Con Jesús y trabajando en su dirección el éxito está garantizado.
Según Eduardo, el 153 indica el número de comunidades cristianas que había creado o conocía el autor del Evangelio.

Pedro y Juan reaccionan de diversa manera. Juan es el intuitivo del grupo. Pedro es el fogoso y de respuestas inmediatas. Los otros son los que bregan y hacen avanzar la barca hasta la orilla. En un grupo hay diversidad de carismas. Todos son necesarios. Todos deben valorarse. Todos deben ponerse a la disposición de los fines del grupo y trabajar juntos en la misma dirección. El éxito estará en que todos trabajan por llegar a la orilla con la pesca y llegar donde está Jesús esperándolos.
Y Jesús les espera con la cena preparada. Brasas y peces. Fuego y alimento. Jesús es Él mismo fuego y alimento. Ilumina, da calor y alimenta la fe y la esperanza de los suyos.
En esa reunión cada uno aporta algo desde su realidad.
Y tenemos que ya todos sabían que ERA EL SEÑOR. Y comen juntos. Están alegres y contentos. Les inunda una inmensa alegría. Puede que ya estén en silencio y ya no tengan nada que decir. Pero sí que tienen mucho para sentir y compartir en amistad. También el silencio se comparte y se vive y se hace oración. Estos días estamos invitados a compartir nuestro silencio para encontrarnos con el RESUCITADO.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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