Reflexionando con Miguel Ángel Millán scj

La edad de las tinieblas o el tiempo de la fragmentación
Me resisto a dejar a un lado, como quien no quiere la cosa, los ecos que suscitan la última proyección de Dennys Arcand, aunque bien es cierto que hay que remontarse al año 2007, fecha de legendarios y vetustos antepasados para una industria como la cinematográfica en constante y fagocitadora producción, nos refleja un auténtico mapa socio – cultural donde se desdibuja de forma grotesca la realidad de nuestro tiempo. El director canadiense es natural de la que fuera el área católica más fecunda de su país, el Quebec, los anales de la historia pontificia nos recuerdan que hubo un cuerpo de tropas de élite provenientes del área franco – canadiense que velaban por la seguridad Papal. Hoy enfangada en interminables procesos independentistas que les ha llevado a diversos referéndums en los años 1980 y 1995 cuyos resultados han desembocado en la aprobación de una nación propia dentro del estado Canadiense a efecto socio –cultural que no legal con la consecuente defensa del patrimonio lingüístico francófono, la que fuese conocida colonialmente como Nueva Francia.

En este ambiente de clara raigambre occidental surge el peculiar cine de Arcand que nos presenta unos personajes en constante estudio de sí mismos que entrechocan con su realidad y como consecuencia siempre buscan una salida novedosa. Tal es el caso del protagonista de una obra significativamente religiosa como es Jesús de Montreal (1986), donde un joven creador junto a su escuela de teatro se encuentra en la compleja situación de representar la pasión de Cristo, la vida de los componentes del grupo teatral se entremezcla de tal manera que escenifican en su propia vida la misma pasión de Jesucristo, el protagonista sufre su calvario particular en paralelo a la vida de Jesús de Nazaret. La belleza metafórica de la película nos presenta una visión renovada de la fe a través del kerigma pascual que desemboca en un espacio completamente innovador de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La crítica internacional alabó la película que estuvo nominada al Óscar a la mejor película extranjera.

 

En la misma línea se presenta, la que fuese mundialmente reconocida con diversos premios internacionales, entre ellos el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2003, los premios César a la mejor película, guión y dirección y fue igualmente premiada por sus interpretaciones en el prestigioso festival de Cannes, Las invasiones bárbaras (2003). El protagonista es un profesor divorciado con cáncer terminal y alejado de su hijo que se reencuentra con su familia que desea hacerle más llevadera la enfermedad. La película marcada por una fina ironía nos presenta unos diálogos intelectualizados donde se disecciona sobre el peculiar sentido del “cretinismo”, el horror de la humanidad en su afán destructor a lo largo de los siglos o la inteligencia colectiva. La película presenta una crítica feroz al sistema sanitario canadiense, justifica el uso de la heroína frente a la morfina con fines terapéuticos y nos confronta el ineludible conflicto de la vida y la muerte con la eutanasia como telón de fondo. Pero, sin lugar a dudas, la confrontación ideológica entre padre e hijo representa el salto de dos maneras de concebir la realidad humana de manera antagónica. Por una parte Sebastien – hijo- forma parte de una cultura donde todo se compra y se vende, constituye el vivo ejemplo de la generación del éxito que aprueba el soborno como medio de vida. La escala de valores difiere absolutamente con su padre y los modos de vida resultan incompatibles junto a un padre -Remy en la película- que parece presentar una búsqueda de un camino propio que vaya acorde con una sinceridad personal como quien anhela una autenticidad perdida frente al todo vale.

Finalmente, La edad de las tinieblas traducida al español como La edad de la ignorancia (2007) es una cáustica visión de nuestro tiempo. Por momentos ridícula, en otros instantes mordaz, y finalmente completamente real. El personaje Jean Marc Leblanc vive en un mundo fragmentario, en una permanente huida de una realidad que no le satisface; sus fantasías entremezclan lo más esencial del psicoanálisis; civilización, represión y neurosis. La civilización se presenta en su papel de funcionario estatal justificando lo inadmisible, un hombre arruinado como consecuencia de un divorcio que vive en el umbral de la pobreza y que percibe una insensibilidad absoluta a su situación. Un lisiado que ha sufrido un accidente en la vía pública que recibe como respuesta que no tiene derecho a una indemnización aunque su vida se haya visto reducida a una silla de ruedas. Una mujer pide explicaciones de por qué han detenido a su marido por el simple hecho de ser musulmán como consecuencia de las leyes de seguridad posteriores al 11 de septiembre del 2001. Todas las respuestas que reciben estos personajes están justificadas en una legislación escurridiza que elude la responsabilidad y dictamina falsas culpabilidades compartidas. Jean Marc, en su papel de funcionario, hace el papel de intermediario burócrata con respuesta para todo.

La represión se hace visible desde la visión onírica en la que permanentemente viaja nuestro protagonista, sus frustraciones permanentes se diluyen en banalidades sexuales que encumbren un matrimonio fracasado tras quince años de convivencia. Nada nuevo es nuestro mundo si no fuese por los tintes neuróticos reverdecen en la persecución permanente del mundo laboral o en la brigada antitabaco que acecha al infractor o en la explosión de ira en una calle perdida de Montreal donde el protagonista se rebela frente al mundo chocando contra el frenesí extasiado de un coche que exige más velocidad a golpe de claxon.

Un mundo donde las tecnologías absorben a los hijos hasta robarles una identidad, donde los jóvenes se refugian en el ruido del auricular para ahuyentar su ruido interior. Donde la vida está determinada por el prestigio social y el poder nominal frente a la necesidad de ser uno mismo. De esta manera emerge el episodio más circense de la película la telerealidad nos presenta un espacio para encontrar pareja, cada uno pone sus necesidades más urgentes, unos los hijos, otros el dinero, para otros la belleza y musculatura física o simplemente el modelo de coche que cada cual posee. El culto al individuo ha llegado a su culmen absoluto, el ego se convierte en el obstáculo insalvable de toda relación.

El hecho religioso o las creencias son presentados con la sorna propia de una iglesia vacía, y un sacerdote y sacerdotisa en una confusa presencia de celebrantes que desconocen el nombre del presunto difunto y que con un canto nostálgico y de tono hippie parecen dar la bienvenida al paraíso. Sin embargo, la película nos deja algunos destellos curiosos y significativos. Cuando la imaginativa condesa medieval habla del alma y el materialista compañero de Jean Marie contrapone el placer como recuerdo imperecedero emerge en el fondo de la ciudad de Montreal un resplandor azul que nos presenta una imagen tan cristiana como la cruz. Cuando visita el protagonista a la mujer con la que pretende rehacer su vida, al fondo una vidriera nos esboza el fino rostro de una imagen que se ajusta al canon de una Inmaculada con los mantos blanco y azul que la cubren, allí donde el ojo parece que no ve. O finalmente, el disparatado torneo medieval donde se disputan a la condesa, un policía disfrazado de dominico inquisidor que arenga falsamente a las enfervorecidas huestes de la primera cruzada, afirma que detrás del espectáculo hay una reclamación del populacho de un orden y una fe.

Es aquí donde la vida de nuestro protagonista salta hacia lo novedoso, sabedor de que su vida necesita un cambio inexcusable, decide romper con todo para refugiarse en una soledad más auténtica que la que ha llevado hasta ese momento. Si antes era un individuo entre la multitud, que ni tan siquiera es acompañado en el luctuoso fallecimiento de su madre desahuciada en un hospital perdido, ahora busca encontrarse a sí mismo en una soledad que expulsa sus viejas ensoñaciones y fantasmas haciéndose partícipe de un espacio cooperativo, junto a otros, en algún lejano lugar de costa donde las olas entrechocan con los arrecifes y permiten escuchar el eco sordo del mar. Quizás, mientras pela manzanas frente a la ventana encuentre respuestas verdaderas a sus necesidades humanas más esenciales.
 

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