Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1, Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

Reconciliar… ¿Qué hombre?

Visión del hombre desde una antropología Paulina y del Vaticano II

En la segunda carta a los Corintios (5, 14 – 6, 1) encontramos una fuerte exhortación por parte de Pablo a la reconciliación. Hemos de entender que Pablo supone que se ha dado una ruptura de relaciones entre personas que mantenían una referencia mutua de encuentro y amistad o entre la persona y Dios en igual estado de amistad. Esta ruptura para Pablo pone al hombre, causante de tal ruptura, en una situación dramática de la que debe salir lo más presto posible. Salir de esta situación dramática será lo que para él significa reconciliación y salvación.

En lo dicho hasta ahora hemos utilizado palabras como “hombre”, “Dios”, “reconciliación”, “salvación” que para nosotros vehiculan un determinado significado y que nos parece que en su obviedad también lo son para todos los tiempos y para todas las personas. Y la realidad es que no es así. Por eso es importante para entender lo que nos quiere decir el Apóstol, intentar entrar en el ambiente cultural de su tiempo, en la visión del mundo y del hombre que ellos tienen de tal forma que nos permita comprender las palabras que expresan la experiencia vital de San Pablo.

 

Raíces del pensamiento Paulino

Judaísmo: Pablo es judío. Educado por rabinos de la escuela farisaica y educado en Jerusalén. Desde ahí conoce perfectamente el contenido de la ley mosaica y lo que significa su cumplimiento. Es consciente de que Dios actúa en la historia e interviene en ella llamando a los hombres para que cooperen con Él.

Helenismo: Pablo nace en Tarso, y por eso también tiene una educación “griega”. Conoce la lengua griega. Al expresarse utiliza mucho el ambiente de la vida ciudadana, mucho más que el de la campesina (que era el utilizado por Jesús). Es de cultura ciudadana; no obstante en él prevalece siempre el trasfondo mental hebreo sobre el propiamente griego.

Cristianismo: El acontecimiento histórico de “Jesús” le cambia la vida. El acontecimiento de la encarnación contemplado desde la “Pascua” o la Resurrección de Jesús es el que prevalece en la experiencia fundante de Pablo a partir del cual reestructura su vida. La Resurrección inaugura la verdadera historia de Cristo desde su novedad de vida. Es el hombre nuevo que inaugura una nueva era (eón) distinta pero no distante de la era en la que discurre este tiempo nuestro ya caduco porque afectado de raíz por la savia de la vida nueva inaugurada en la Resurrección de Cristo por la intervención sorprendente de Dios a favor del crucificado. Pablo quedará fascinado por la novedad de esa realidad inaugurada en Cristo; por el coste de esa novedad: la entrega del Hijo, por parte de Dios; y la gratuidad que ha generado esa entrega: solo el Amor misericordioso del Padre sin ningún mérito por parte del hombre.

Experiencia de vida apostólica: Pablo se fue descubriendo como el “apóstol de los gentiles” porque su mensaje era mejor entendido y acogido por los extranjeros que por los propios judíos. Fue entendiendo el alcance universal de la misión de Jesús y de su evangelio: “ya no hay ni judíos ni griegos”; todos somos uno en Jesucristo.

 

Visión del hombre de Pablo (antropología)

Dicho esto nos tenemos que preguntar en concreto: ¿qué acontece en el hombre que se encuentra con Jesucristo? ¿de qué nos salva Jesucristo? ¿qué significa reconciliación?

Es bien importante para responder a estas preguntas preguntarse por la visión del hombre (antropología) que tiene San Pablo. ¿Cuándo Pablo dice hombre, en que piensa?
Su visión antropológica es bien distinta a la antropología griega (de la que somos nosotros deudores) que veía el hombre como un compuesto de dos realidades: alma y cuerpo netamente distintas y separables: el hombre es una dualidad que no se lleva demasiado bien, donde las tendencias de una realidad se oponen o dificultan las tendencias de otra. La visión más extrema es la que contempla al alma como la prisionera del cuerpo, que necesita liberarse de él para ser ella plenamente feliz.
Pablo cuando dice “hombre” piensa dentro de los esquemas de la antropología hebrea, presente en todo el Antiguo Testamento, donde el hombre es una “unicidad” y no un compuesto. No existe la dicotomía o realidad fraccionada y compuesta. Pero decir unicidad no es afirmar simplicidad o unidimensionalidad. No; el hombre puede ser contemplado desde diversas perspectivas y ciertamente en él se encuentran o descubren tendencias y “luchas”.

Cuerpo (soma). Pablo utiliza muchas veces la palabra “cuerpo”. Se refiere a la totalidad del hombre. Todo el hombre es “cuerpo”. La corporeidad será la realidad por la que el hombre expresa toda su vivencia interior. Por el cuerpo (los sentidos) nos llega la información exterior y por el cuerpo estamos abiertos a la realidad exterior. Es el intermediario, a la vez que es el instrumento de acción.

Cuerpo (sarx). El hombre contemplado como carnalidad. Todo el hombre dejado a sus propias fuerzas, incapaz de superarse a sí mismo y de llegar a su finalidad. El hombre se encuentra sometido a una fuerza desintegradora que dejada a sí misma produce las obras de la “carne” (envidias, odios, venganzas, latrocinios, infidelidades) que desintegran la vida del hombre y la “rompen”.

El alma (psique). Indica la interioridad de la persona. El Yo. Es la vitalidad consciente de todo ser humano. Encierra también el mundo de los sentimientos. Pero todo ello vivido en el mundo del hombre y cerrado en esta historia concreta. No se contempla la transcendencia del hombre. También aquí hay que decir que todo el hombre es “psique”.

El alma (pneuma). Nos habla de la parte intelectiva y volitiva del hombre, en cuanto capaz de tomar decisiones y de optar por el bien o el mal. El hombre está abierto a la trascendencia y por el pneuma puede entrar en contacto o ser movido por el Pneuma de Dios.

Pablo utiliza también la palabra “corazón” para hacer referencia a toda la realidad del hombre. Prácticamente el “corazón” encierra toda la riqueza de la vida interior del hombre y un elemento importantísimo a la hora de orientar las opciones del hombre. Es el centro del querer y del conocer. Evidente que para Pablo también está el hombre en cuanto “razón” o razonable. Con la razón analiza, elige, entiende, juzga, opta. Razón y corazón están íntimamente unidas.

Es desde esta antropología desde la que Pablo vehicula su experiencia de vida, su experiencia de fe, su evangelio o predicación.

Pablo se experimenta el mismo y ve al hombre como que tiene un “corazón curvado” o encerrado en sí mismo. Posee la gran tendencia a la autoafirmación; a considerarse a sí mismo como centro de todo y fin de todas las cosas. El hombre tiende a “jugar a ser dios” y por lo tanto se idoliza y se afana por dominar todas las cosas, incluso las personas para someterlas a su servicio.
Incluso el hombre religioso, el hombre creyente en Yhaweh, se cree con derechos ante Dios y tiende a constituirse en salvador de sí mismo conquistando por méritos propios la promesa de la “tierra prometida” por Dios.

Este es el gran drama del hombre y este es el gran pecado del hombre: cerrar el círculo y no abrirse a Dios. No dejarse invadir por el Espíritu de Dios que será el único capaz de llenarle y llevarle a cumplimiento. Es aquí donde Pablo descubre la GRAN RUPTURA: el hombre irreconciliado consigo mismo y con Dios porque se niega a abrirse.
Esta opción le llevará irremediablemente a la autodestrucción, a la muerte y a la no salvación (condenación).

Jesucristo el “Hombre nuevo”.

A esta situación de indigencia y de clausura sobre sí mismo, Pablo responde con el anuncio del “Hombre nuevo” revelado en Jesucristo.
Jesucristo es el hombre del “Espíritu” (Ruah) de Dios o donde el Espíritu Santo ha recreado una nueva realidad de hombre. Y esto ha sido posible porque el hombre Jesús se ha fiado de Dios y ha sido obediente hasta la muerte, incluso a la muerte de cruz. Jesús ha aceptado a Dios-Padre como “mayor” que él. Ha aceptado que todo lo recibe del Padre, del amor del Padre en total gratuidad. Jesús vive agradecido al Padre poniendo en Él su espíritu y dejando que su espíritu sea guiado por el Espíritu de Dios. (He diferenciado con mayúsculas para entendernos es espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre, sabiendo que es el mismo Espíritu en la Trinidad de Personas). Jesús pone en las manos de Dios su espíritu. Siempre, incluso el final de su vida.
Esta apertura radical a la acción de Dios en su vida es la que lleva a término la nueva humanidad de Jesús, reflejada en la Transfiguración, pero plenificada en la Resurrección de Jesús.

El Espíritu de Dios ha hecho de Jesús un hombre para los demás. Jesús, el Siervo de Dios, se ha hecho también siervo de los hombres. Por ellos ha entregado hasta la última gota de su sangre (vida) y para ellos ha sido víctima de reconciliación. En su “sangre” se ha fraguado la Nueva Alianza entre Dios y el hombre por la que nadie nos podrá separar del Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

El hombre nuevo ha sido liberado de las tendencias de la “carne” o del hombre “carnal”; ha sido liberado de la “ley” y ha entrado en la esfera de la libertad de los hijos de Dios.

 

 

El nuevo hombre en Cristo es un hombre RECONCILIADO

Reconciliado consigo mismo. Se acepta y reconoce a sí mismo como es. Es DON o regalo; hechura de Dios, creatura suya y por lo tanto dependiente de Dios en todo momento.
Es un hombre agradecido y por lo tanto abierto (acepta su apertura) a la trascendencia, al encuentro y al diálogo con Dios. Ser agradecido significa ponerse bajo la esfera de la vida de Dios y por lo tanto entrar en escucha y obediencia (que es lo mismo) a la Voluntad del Padre que será la vida y el alimento del hombre nuevo.

Reconciliado con Dios. Dios no es mi oponente o contrario. No es mi enemigo radical. Dios es quien posibilita mi ser y quien mantiene mi existencia por pura gracia o por pura benevolencia. Dios es gratuito conmigo. Dios es Amor que precede y Amor que espera y confía siempre. Dios es mi plenitud.

Reconciliado con los demás. En Cristo formamos un solo cuerpo o un nuevo cuerpo del que Él es la Cabeza. Nosotros somos miembros de este cuerpo. Todos importantes y todos necesarios. A la vez todos necesitados unos de otros. Por todos nosotros discurre la misma vida, tenemos el mismo Espíritu y juntos podemos decir y llamar a Dios “Abba”. Todos somos hermanos y podemos y debemos vivir la fraternidad. Estamos llamados a vivir nuestra libertad de “hijos de Dios” haciéndonos esclavos unos de los otros.

¿Qué decir hoy? ¿Es este lenguaje comprensible en nuestra visión del hombre?

Arto difícil poder dar una respuesta a estas preguntas. Son muchas las antropologías manejadas en nuestro tiempo y algunas radicalmente opuestas o contradictorias que es peor.
Este mensaje es intraducible en las antropologías que sean “unidimensionales” o que contemplan al hombre como solo “espíritu” o como solo “cuerpo-materia”; como solo “transcendente” (de otro mundo) o como solo “inmanente” y cerrado o anclado a esta realidad mensurable.
Habrá que ver cómo dialogar con estas visiones del hombre y tratar de exponer nuestra visión del hombre de la mejor forma posible y sobre todo respaldada desde una coherencia de vida con esa visión del hombre. Habrá que cooperar y trabajar juntos por aquellas cosas que veamos que favorecen al hombre en cualquiera de sus situaciones. Habrá que sentirlos y tenerlos como hermanos e interlocutores válidos y nunca despreciar, condenar o romper. Habrá que hacer ofertas pero nunca imponer.

En concreto ¿cuál es nuestra visión del hombre? ¿qué antropología elegimos?

Como creyentes y cristianos sabemos que no todas las antropologías son iguales. No todas sirven (queda dicho) para traducir el evangelio.
El concilio Vaticano II, tanto en la “Lumen Gentium” como en la “Gaudium et Spes”, mantiene una visión del hombre que vamos a llamar “dialógica”. El hombre es constitutivamente un “ser en relación”. Lo constituyen las relaciones o la posibilidad de relacionarse. Es ya fruto de una relación amorosa y marcado por ese ser relacional. Es un ser “abierto” y por lo tanto desde el inicio es un ser receptivo. Después podrá ser proyectivo.

Abierto “al mundo”. El hombre es un ser situado en el mundo y en un mundo. Pertenece al mundo y es mundano. Lo que llamamos naturaleza no le es indiferente ni mucho menos. El hombre debe “dialogar” o entrar en contacto con toda la realidad llamada naturaleza y mundana. Esta realidad naturaleza nos “condiciona” y hace que nuestra libertad sea una libertad “situada” y “circunstanciada”. A la vez nosotros podemos interactuar en la naturaleza humanizándola o des-humanizándola.

Abierto “a la sociedad”. Abierto a los otros hombres. El hombre es capaz de interrelacionarse con los demás seres de su especie. Una interrelación que implica cercanía, acercamiento, comunicación, diálogo, colaboración, enriquecimiento mutuo, entrega, donación mutua. El hombre puede dar la vida por el hombre. El “otro” no me es indiferente. El “otro” es también “hijo de Dios” como yo. Para mí, desde Cristo, el otro es un “absoluto” que merece que yo me des-viva por él.
Esta apertura a la sociedad lleva consigo la posibilidad de que yo construya estructuras justas que faciliten la vida fraterna entre los hombres y a la vez destruya las estructuras de insolidaridad y de pecado.

Abierto a Dios. El hombre es capaz de “transcenderse”. El hombre es por naturaleza “capaz de Dios” y por lo tanto llamado a abrirse a la acción de Dios en su vida. Capaz de hablar con Dios o dialogar con Él, porque Dios ha iniciado ese diálogo y su primera palabra ha sido la “creación” y su Palabra definitiva ha sido “Jesucristo” dándonos su Espíritu.

Afirmando y manteniendo estas “aperturas”, nuestra antropología puede perfectamente transmitir el mensaje paulino y su experiencia de fe.

Reconciliar: ¿qué hombre?

Este es el hombre que tenemos que reconciliar. Hoy seguimos teniendo el “corazón curvado” o egocéntrico y narcisista. Hoy más que nunca (es un decir) el hombre se constituye en “dios” y se considera hacedor de sí mismo y de la historia. El hombre de hoy se constituye en “irresponsable” porque no tiene que responder ante nadie diverso a él. El hombre de hoy tanto quiere afirmarse a si mismo que se des-afirma, se desfonda de tal forma que pierde orientación y finalidad. Se aboca al abismo de la nada desde la nada. En última instancia “no quiere ni necesita ser salvado”.

Ante esta realidad (nuestra como tendencia y presente en muchos hombres coetáneos nuestros) podemos decir todavía a voz en grito lo de Pablo: “DEJAOS RECONCILIAR POR DIOS”. No tanto “reconciliaos con Dios” cuanto “dejaos reconciliar”. PASIVO. Aparentemente nos gusta poco la pasividad, pero aquí estamos afirmando una pasividad bien activa: Abrid vuestras puertas, vuestro corazón y dejaros invadir por el Espíritu de Dios que es con mucho lo mejor.

La gran intuición paulina es haber descubierto al Dios de la Gracia y de la Gratuidad. Dios no es el contrincante del hombre sino el que posibilita y facilita al hombre ser “hombre”. Entre Dios y el hombre existe una relación interpersonal, un diálogo de tú a tú, porque Dios se ha abajado y se ha hecho uno de nosotros: “nacido de mujer”. Dios ha decidido establecer su Reino de Gracia y de Amor porque nos ama y nos ama aunque seamos pecadores. No tenemos que hacer nada para conquistar a Dios, porque el ya se nos ha “entregado” dándonos al Hijo. No hay que conquistar o merecer a Dios. El Espíritu se nos da de balde o gratuitamente. Dios nos ha elegido y llamado a ser “santos” antes de la creación del mundo. Por lo tanto estamos en un mundo de Gracia y de Amor que nos constituye y nos arrastra hacia la plenitud: ser en Cristo y para siempre. Por gracia de Dios, el hombre es “hijo” de Dios por adopción en Jesucristo y es “hermano” de todo otro hombre en Jesucristo. Vivir la filiación y la fraternidad es la que nos constituye verdaderamente hombres y nos hace libres.

Dejarse hacer por Dios, dejarse invadir por el Espíritu es con mucho lo mejor.

Este dejarse hacer insisto que es una pasividad bien activa. Implica vivir a tope el ser hijo de Dios y hermano de todo otro hombre. Solo así podrá ser efectiva la reconciliación entre nosotros, con el mundo y con Dios.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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