Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1( V )

RECONCILIACIÓN INTERIOR, Lorenzo Fernández Riaño, scj

Agradezco la invitación de la Delegación de Formación Permanente de la Provincia HI, para reflexionar desde distintas perspectivas sobre el texto de (2 Co 5, 14 – 6, 1); pues aunque se ha escrito mucho y con profundidad sobre este texto, en particular con motivo de XXII Capítulo General, siempre hay algún aspecto que puede resultar atractivo dependiendo el punto de vista de su estudio. Para mí ha supuesto un esfuerzo enriquecedor, motivo por el que os invito a acercaros al texto desde una perspectiva nueva: filosófico-antropológica. En un principio pensé dar nombre a esta reflexión con el título “Reconciliación e Interioridad”; pero al releer varias veces el texto de Pablo, me he inclinado por la siguiente tema: “Reconciliación Interior”, título que intentaré justificar a lo largo de la exposición, pues considero que es necesario tener presente la «reconciliación con uno mismo» en el proceso de la Reconciliación con Dios (cf. 2Co 5, 20).

1. Repensar nuestro interior

Acercarse al estudio de la Reconciliación Interior conlleva como condición previa hacerse una serie de preguntas sobre el significado de «lo interior». En lengua castellana, la palabra «interior» hace referencia a: “…lo que está en la parte de adentro”; en una de sus acepciones: “…dícese de la habitación que no tiene vistas a la calle” . Si intentamos hacer una contra distinción con «lo exterior», éste se refiere a lo que percibimos, a la manifestación externa y representativa. Si por extensión nos introducimos en el significado antropológico de la interioridad, como esa parte interior de la persona, nos adentramos en la parte oculta, de carácter nouménico que no se percibe con los sentidos; esa “habitación interior” que aunque no tiene vistas a la calle, incluye las creencias, los sistemas de valores, los ideales. Es una parte esencial de la identidad personal que no debe considerarse de forma aislada, dado que está estrechamente vinculada al mundo exterior.
Desde la representación «interior-exterior» en un doble movimiento de interacción voy a enfocar el tema de la reconciliación, siendo consciente de que como dirá el filósofo canadiense Charles Taylor: “Somos criaturas con interiores parcialmente inexplorados y oscuros” . En ocasiones nos ocurre que al adentrarnos en nuestro interior parecemos intrusos, al estar pisando un terreno que desconocemos, cuando paradójicamente es lo más próximo a nuestro yo.

 

San Agustín en su obra De vera religione distingue entre el «homo exterior» y el «homo interior» que aunque no perciba con los sentidos externos, se expresa a través de palabras, silencios y gestos; es el hombre desconocido que cada cual alberga en su interioridad y que raramente emerge a la superficie de la vida; incluso nos invita a “no salir fuera, vuélvete dentro de ti, pues en el hombre interior reside la verdad” .
La búsqueda interior tiene como objetivo final el sosiego, la paz interior, la armonía entre exterioridad e interioridad. La comprensión de uno mismo, el reconocimiento del propio “autos”, la “autognosis” es el punto de llegada de la exploración interior. Kierkegaard lo expresa de esta manera: “Sólo cuando el hombre se comprende íntimamente y descubre su camino, la vida se sosiega y cobra sentido. El que carece de un centro de gravedad interior, tampoco logrará mantenerse a flote durante las tempestades de la vida. Sólo cuando el hombre se haya comprendido a sí mismo de ese modo, será capaz de conducir una existencia independiente y evitará el extravío del propio yo” .
Si recordamos el conocido adagio griego «conócete a ti mismo», inscripción que figuraba en el templo de Apolo en Delfos, se sigue constatando que en todos los tiempos ha habido pensadores inquietos por desentrañar el significado de este misterio. Preocupados por cultivar desde sus disciplinas, como si se tratara de un agente educador que sistematiza las ideas, canaliza las emociones y proporciona pautas de comportamiento y regula las relaciones.
Resumiendo este rápido recorrido por el concepto interior/interioridad, presento la postura de uno de los autores que mejor ha expresado cómo la existencia personal y el conocimiento de uno mismo se ven involucrados en la dialéctica de un doble movimiento de interioridad y exterioridad. En este sentido Emmanuel Mounier entiende como necesario para evitar enquistarse por una parte o diluirse en demasía: “La persona es un adentro que tiene necesidad de un afuera, (…). No hay que despreciar la vida exterior; sin ella la vida interior podría enloquecer, así como también, sin vida interior, la primera desvaría” .
Concluyo este apartado diciendo que todo ser humano necesita «conocerse a sí mismo», es una exigencia íntima de toda persona, que surge de lo más hondo de su ser, pues ha de conocerse continuamente si se quiere seguir siendo persona en el sentido pleno de la palabra. Nadie puede sustituirle en este quehacer, y el único camino para llevarlo a cabo es adentrando nuestra mirada en el interior de nuestra «mismidad», en el fondo de nuestra singular e intransferible experiencia del «yo». Para ello es necesario ahondar en el centro de mí ser interior, descubriendo «quien soy yo», pues el «yo» es el que da sentido y significado a cada una de mis experiencias y, cada experiencia encuentra su origen en la fuente donde mana y se bebe. De esta manera el «centro interior» es mi realidad más profunda, de ella brotan todas las demás realidades que me constituyen: la inteligencia, la voluntad, la moral, la estética.

2. Rupturas del hombre de hoy

Entre los muchos títulos que se le ha dado al hombre moderno, me ha llamado la atención el asignado por el psicoanalista Enrique Rojas en su obra El hombre light, adjetivo inglés que se traduce como ligero, sin carga, de entretenimiento. El profesor Rojas caracteriza el hombre de hoy como: “El hombre narcisista, que se refugia en su imagen, vacío de contenido y que se construye como un objeto de consumo; de ahí que la cirugía estética sea la solución a la necesidad de un cambio rápido que solicita el hombre moderno con inmediatez” .
Otros autores han estudiado este fenómeno, como es el caso de Gilles Lipovetsky en su obra La era del vacío, en la que presenta al hombre postmoderno desde la perspectiva individualista a la que no se puede renunciar, al encarnar en la búsqueda de sí mismo un ideal de lo estético, del «yo externo», del que acaba siendo esclavo de su propio cuerpo. Se constata también que el hombre de hoy se encuentra expuesto a un mundo lleno de información que le desborda, y lo va convirtiendo en un ser alterado, viviendo en lo superficial y exterior. Creando un gran vacío en su interior, regido por la necesidad constante de consumir cueste lo que cueste: “Estamos destinados a consumir, aunque sea de manera distinta, cada vez más objetos e informaciones, deportes y viajes, música y cuidados estéticos, ésta es la sociedad postmoderna” .
Ciertamente nuestro interior es una realidad tan compleja que desborda todos los esquemas mentales preconcebidos. Por ello hay una gran tentación de simplificar esta complejidad e ignorar la diversidad de corrientes subterráneas que recorren nuestras profundidades psíquicas. Cuando marginamos los impulsos inconscientes, estos afloran en los sueños, en situaciones de descontrol, o irrumpen ocasionalmente en un ataque de ira, angustia, entusiasmo o de tristeza. También pueden afectar a la vida corriente a través de traumas, complejos, bloqueos o inhibiciones; incluso a veces son somatizados por el propio organismo, generando una dolencia física.
El criterio de discernimiento para evaluar el trabajo sobre el interior, es la capacidad para mejorar de manera decisiva la relación con los demás, de forma muy simple: muchos de los conflictos entre las personas, suelen ser reflejo de problemas personales internos no resueltos satisfactoriamente. Por tanto, un correcto trabajo sobre la interioridad tiene que repercutir directamente en las relaciones con los demás, y hay que estar alerta porque uno de los grandes peligros en el cultivo de la interioridad lo constituye precisamente el “ensimismamiento narcisista”. Por tanto, entrar en el centro de la persona implica, en realidad descentrarse de uno mismo, iluminar los recovecos del psiquismo e identificar las proyecciones que dificultan las relaciones interpersonales.
Una de las grandes tareas del recorrido interior, consiste en sanear los entresijos de la psiqué para convertirla en un cristal más nítido. Sólo entonces será posible contemplar el mundo, a los otros y a nosotros mismos más allá de toda máscara y de todo espejismo que los ocultan y desfiguran de su auténtica realidad. Es desde esta perspectiva como se entiende la expresión paulina: “para que no vivan para sí los que viven…” (cf. 2Co 5, 15). Ante las continuas rupturas del hombre de hoy, consecuencia de la pérdida de los valores, es necesaria una transmutación de la interioridad por la que algunas cosas son más importantes al ir más allá de la posible interpretación del yo, dado que existen bienes que aportan la significación que requiere una vida plena.

3. Servidores de la reconciliación

En este apartado me propongo responder a la solicitud que hace Pablo a la comunidad de Corinto, y que también puede aplicarse a nuestra generación, “Porque el amor de Cristo nos apremia” (cf. 2Co 5, 14), nos urge hacerle presente en el mundo actual, y dando respuesta al encargo de ser “Servidores de la reconciliación” (cf. 2Co 5, 18). Como colaboradores suyos me sugiere que la Reconciliación interior implica como nos recuerda el Documento de Puebla, conocer las rupturas y divisiones internas que: “Obstaculizan permanentemente el crecimiento en el amor y la comunión, tanto desde el corazón de los hombres, como desde las diversas estructuras por ellos creadas, en las cuales el pecado de los autores ha impreso su huella destructora” .
Ante la realidad de ruptura que vemos y experimentamos por doquier, la reconciliación se presenta no sólo como aspiración, sino como una necesidad que el hombre de hoy experimenta y desea vivamente. En efecto, una mirada a los corazones de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, muestra como en la prueba de la división y el conflicto: “surge un deseo de recomponer las rupturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Este deseo comporta en muchos casos una verdadera nostalgia de reconciliación, aún cuando no se use esa expresión” .
La dinámica en la que hacemos propia la gracia de la reconciliación y colaboramos a que su eficacia transforme un mundo de rupturas y divisiones, es convertirnos en «reconciliadores permanentemente reconciliados», en definitiva responde a este ingenioso título de convertirse en «artesanos de reconciliación», pues comenzamos por ser artífices de nuestra propia reconciliación interior, una reconciliación que es unificación total, armonización de todas las energías y potencias interiores tanto físicas, psíquicas como espirituales, en la medida en la que nos es posible vivirla en la vida cotidiana.
Al buscar y acoger el don de la reconciliación, he de acercarme continuamente al Señor Jesús: ¡Él es el Reconciliador y la reconciliación misma!, “por medio de Cristo nos reconcilio consigo” (cf. 2Co 5, 18). Sin la reconciliación de Dios en Jesús y su dinamismo abierto a los hombres, el ser humano, con toda su libertad es totalmente impotente para sanar sus heridas y rupturas. Cuanto más se esfuerza en hacerlo: “Desde sus exclusivas miras e intenciones, más estropicios se causa a sí mismo y a los demás” .
Para terminar este acercamiento a la Reconciliación interior os sugiero que tomemos en consideración la exhortación de Pablo: “no recibáis en vano la gracia de Dios” (cf. 2Co 6, 1), pues si por el don del Bautismo somos de Cristo, “El que es de Cristo es una criatura nueva”, (cf. 2Co 5, 17). Este don necesita de nuestra colaboración, desde la respuesta libre y consciente de abrirnos a la conversión personal. De este modo buscamos acoger en cada uno de nosotros mismos el don de la reconciliación y vivirlo, porque sólo en la medida que nos convirtamos en personas reconciliadas podremos ser Servidores de reconciliación y colaborar en la construcción de la Civilización del Amor.
 

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