Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1(IX), Eduardo Gómez Martín scj.

LA COMUNIÓN SACRAMENTAL SIGNO DE RECONCILIACIÓN

Comentario a 2 Cor 5, 14-6, 1: repercusiones canónicas y pastorales

La actividad evangelizadora de Pablo en Corinto, como podemos leer en sus cartas, estuvo llena de complicaciones. Esto le permitió profundizar en su condición de apóstol y elaborar una teología sobre el ministerio. En este texto bíblico trata, concretamente, del ministerio de la reconciliación. Pablo nos muestra la angustia con que vive el distanciamiento de su querida comunidad de Corinto y la necesidad de reconciliación se hace cada vez más apremiante. Pero la reconciliación entre los corintios y Pablo sólo será posible si antes tiene lugar entre éstos y Dios, de ahí la ardiente llamada del apóstol a dejarse reconciliar con Dios. Dos caras de una misma moneda: para reconciliarse la comunidad con Pablo, es necesario hacerlo antes con Dios y viceversa la reconciliación con Dios sólo se actúa en la comunidad.

Cuando Pablo nos dice hoy a nosotros: “en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” , nos está urgiendo en esta doble dimensión. Para reconciliarnos con los hombres de nuestro tiempo no necesitamos de ningún medio más que la voluntad de ambas partes para acordar terminar con una ruptura, pero ¿cómo podemos actuar y medir la reconciliación con Dios, a quién no vemos? Tenemos dos modos según el ámbito que esté afectado en la ruptura: para la dimensión personal el sacramento de la reconciliación y para la comunitaria el servicio de la autoridad en la Iglesia, aunque como digo ambas están siempre relacionadas.

 

La doctrina y la praxis eclesial siempre han afirmado que la reconciliación del hombre con Dios tiene su máxima expresión en la comunión eucarística pues manifiesta la reconciliación también con la Iglesia, cuerpo de Cristo. Ésta ha sido una constante a lo largo de toda la historia eclesial. Tomando este punto de partida, ¿puede un cristiano quedar apartado de la comunión eucarística? Quizá cuando haya una ruptura ya sea personal o comunitaria, sí. Vamos a verlo con un caso concreto de cierta actualidad que ha traído algunas complicaciones sociales.

Cuando el 14 de mayo de 2009 en España se hacía público el denominado Anteproyecto de Ley orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, los obispos españoles, ejerciendo el derecho y deber de iluminar la conciencia de todos los católicos, se pronunciaron públicamente con la Declaración sobre el Anteproyecto de Ley del Aborto: Atentar contra la vida de los que van a nacer, convertido en derecho .

Al margen de esta documentación oficial, hubo otras declaraciones que han sido problemáticas a nivel social. Monseñor Martínez Camino, el secretario de la Conferencia Episcopal Española lo hizo así: “quienes dan su voto a leyes como la que está en el Parlamento o hacen campañas en su favor, contradicen gravemente con su conducta la doctrina católica; se hallan en una situación objetiva de pecado público y, por tanto, no pueden ser admitidos a la sagrada comunión. (…) Se trata de un pecado contra la fe. (…) El que negara pertinazmente esta verdad incurriría en herejía y en la pena de excomunión con la que está castigada” .

A mi juicio estas declaraciones no son exactas y carecen de precisión jurídica, ya que se confunde lo personal con lo comunitario, lo privado con lo público y sobre todo lo que es pecado con lo que es delito. Con esta exposición quiero hacer más comprensible la doctrina y praxis eclesial que afirma que la comunión sacramental es signo de la plenitud de la reconciliación.

“Ius ad sacramenta”

Los cristianos tienen derecho a recibir de sus Pastores los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la Palabra de Dios y los sacramentos. A este derecho fundamental de todos corresponde un deber de los pastores –obligación de justicia, no sólo de caridad–, que el canon 843 formula así: “Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes lo pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos”.

Como vemos el derecho a los sacramentos no es absoluto, hay algunas condiciones. El primer requisito para recibirlos es pedirlo oportunamente, es decir, que se cumplan ciertas condiciones relativas al tiempo, lugar o modo de la celebración. Sería inoportuno, por ejemplo, pedir el bautismo, no habiendo peligro de muerte durante la madrugada, al igual que la confesión en una discoteca. El segundo es que el fiel esté bien dispuesto, de acuerdo con cada sacramento. Para recibir el sacramento de la eucaristía se pide el estado de gracia, o sea, ausencia de pecados graves. Este requisito tiene que ver con el ámbito personal que sólo Dios y el fiel conocen. La tercera condición es que no exista ninguna prohibición del derecho. Nos referimos a la dimensión comunitaria: imposición de censuras, impedimentos o pecados graves públicos.

Aún así, hemos de presumir que se cumplen todos ellos mientras no se demuestre lo contrario.

¿Cuándo se puede posponer la comunión?

A raíz de lo que hemos visto, creo que hablar de posposición de la comunión es más acertado que hablar de negación, puesto que hay un derecho que vela por los fieles. Ciertamente no hablamos de un derecho absoluto, sino condicionado. El fundamento de utilizar el término posponer, es que la práctica real consiste en aplazar el sacramento, hasta que se den los requisitos pedidos por la Iglesia, que es la administradora de la gracia. El texto legal dice que los pastores no han de admitir a la comunión a los excomulgados y a los que están en entredicho, después de la imposición o declaración de una pena, así como a los que están persistiendo obstinadamente en un pecado grave .

1. Excomulgados o los que están en entredicho.

Estando los excomulgados y los sancionados con el entredicho en situación de grave lesión de la comunión eclesiástica , es obvio que no puedan ser admitidos a la Eucaristía, sacramento que presupone, consolida y expresa en grado eminente los vínculos de comunión.

En este sentido, conviene matizar que se trata siempre de situaciones públicas y manifiestas, es decir conocidas por todos, no de otras ocultas o conocidas por confesión. Así, por ejemplo, cualquier mujer que haya abortado ha incurrido en la pena de excomunión latae sententiae, pero no se le puede negar la comunión hasta que su censura no haya sido declarada públicamente, es decir, por la autoridad competente, que en este caso es el Obispo diocesano.

2. Los que obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave.

La norma puede ser clara en su contenido, pero compleja a la hora de determinar los casos que aquí van comprendidos. Es necesario que sea un pecado grave, público y que se persista en él continuamente.

Como vemos, es más complicado de lo que parece, pues el sacerdote no siempre conoce la situación objetiva de pecado, no sabe cuando tuvo su origen, ni cuando ha terminado. Es más, para probar la contumacia se requiere una previa amonestación para que pueda decirse que el fiel sigue “obstinadamente” cometiendo un pecado.

La doctrina incluye algunos casos: fieles católicos divorciados y vueltos a casar civilmente; fieles católicos que sólo contraen matrimonio civil; fieles católicos que viven en “uniones libres”; fieles católicos inscritos en asociaciones masónicas y fieles católicos que cooperan con leyes injustas.

Pecado grave: cooperar con leyes injustas

La Iglesia enseña que el aborto o la eutanasia son pecados graves. La Encíclica Evangelium vitae, respecto de decisiones judiciales o leyes civiles que autorizan o promueven el aborto o la eutanasia, declara que existe “una grave y clara obligación de oponerse por la objeción de conciencia. En el caso de una ley intrínsecamente injusta, como una ley que permite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito por tanto obedecerla, o ‘participar en una campaña de propaganda a favor de tal ley o votar por ella’” . Los cristianos tienen “una grave obligación de conciencia de no cooperar formalmente en prácticas que, aún permitidas por la legislación civil, son contrarias a la ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente con el mal. Tal cooperación nunca puede ser justificada invocando el respeto a la libertad de otros o apelando al hecho de que la ley civil lo permite o lo requiere” .
Por tanto la cooperación ha de ser formal y pública, que no siempre es fácil demostrarlo. Cuando la cooperación es así –entendida en el caso de un político católico, como hacer campaña y votar sistemáticamente por leyes permisivas de aborto y eutanasia–, los pastores han de reunirse con él y mostrarle cuales son las enseñanzas de la Iglesia a este respecto y sus porqués.

Es el caso de los fieles católicos que no son políticos, pero que sí participan en cierto sentido en decisiones importantes de un país: serían culpables de cooperación formal y manifiesta con el mal si votan a favor de un candidato, precisamente por la postura permisiva de éste respecto del aborto y/o la eutanasia. Sin embargo, cuando un católico no comparte la posición a favor del aborto o la eutanasia de un candidato, pero lo vota por otras razones, esto es considerado una cooperación material remota que no impide el acceso a la comunión eucarística .

Apoyar la ley del aborto, ¿delito de herejía?

Es claro que los que apoyen formal y públicamente la ley del aborto no incurren en el delito del canon 1398, que dice así: “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”, puesto que no son colaboradores positivos y necesarios que hacen posible la consumación del acto. Pero el que apoya esta ley, ¿es un hereje porque niega una verdad de fe?

Herejía es la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma . Por lo tanto, para incurrir en el delito de herejía no basta el hecho material de la negación y el rechazo, ni el de la duda, sino que ha de ser pertinaz, es decir, consciente y culpable.

En este tipo de delitos es muy difícil tener la suficiente certeza jurídica de cuándo se ha cometido el delito, si el Superior correspondiente no lo indica expresamente. Además, a tenor del canon 1330, para que haya delito es necesario que se manifieste exteriormente y que alguien lo perciba, puesto que si no, no hay daño social, y, por tanto, no hay consumación del mismo.

Por esto podemos decir, que a pesar del latae sententiae que aparece en el Código, sería necesaria la intervención de la autoridad para que uno quede constituido en el delito de herejía, pues así quedará comprobada la gravedad objetiva del delito y la imputabilidad del autor.

Es cierto que aquellos que apoyan la ley del aborto en sí misma están en contra de una doctrina que ha de ser creída con fe divina y católica, a saber, el quinto mandamiento del decálogo: “no matarás”. No por ello son herejes, ni están excomulgados ya que son necesarios los requisitos que configuran este delito: pertinacia (negación consciente y culpable), gravedad externa (que haya sido percibida), imputabilidad del autor y la intervención de la autoridad competente.

Conclusión

Aunque siempre que hablamos de normas en la Iglesia nos asustemos y las pongamos en contraposición del amor, que es la ley suprema del evangelio, hemos de ser maduros a la hora de estudiar este tema. Las normas nos ayudan a conocer el camino recto y verdadero de una vida cristiana basada en los valores evangélicos, si no fuera así, el concepto amor puede ser tan amplio que dependa de lo que cada uno entienda por esa palabra. Existen normas de derecho eclesiástico que pueden cambiar, sin embargo, hay otras de derecho divino que son inmutables. Estamos ante una de ellas: los que han cometido un pecado grave no pueden acercarse a la mesa de la Eucaristía. Así nos lo recuerda Pablo: “Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condena” .

Si los fieles no son capaces de examinarse y hacer un discernimiento serio a la hora de acercarse al banquete eucarístico, han de ser los pastores los que se pongan manos a la obra en este aspecto. No se trata de lanzar excomuniones, de negar los sacramentos indiscriminadamente a todo el que no “comulga” con nosotros. Se trata de “remangarse” y “quitarse los mantos” para acompañar y trabajar con mucho ahínco la vida de cada uno de los cristianos que tienen a su cuidado. Creo que no habría que insistir en la “negación” de los sacramentos, ni en las “lesiones producidas” en el seno de la Iglesia con ciertos comportamientos. Hay que ayudar a que cada uno se adentre en su propio templo, reconozca todo aquello que le aparta de Dios, por tanto del camino de la felicidad plena, y se reconcilie, y a partir de ahí empiece a caminar “erguido”, es decir, sanado. Es un reto pastoral hacer creíble la maternidad de la Iglesia. Una madre que desde su experiencia, perdona, acoge, acompaña, aconseja, “achucha”, reprende, y aún así, siempre con mucho amor.

Éste, posiblemente, sea el ministerio de reconciliación al que estamos llamados los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, hombres también heridos que hemos experimentado un Amor que sana, libera, levanta, endereza, moviliza…. Por eso el Apóstol, a nosotros dehonianos, nos urge con más fuerza: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” .
 

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