Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1(V), P. Fernando Rodríguez Garrapucho SCJ

LA RECONCILIACIÓN EN LA TEOLOGÍA DEL MINISTERIO ORDENADO”

1. Jesús enviado y maestro que envía discípulos en misión

Parece históricamente seguro que Jesús, a lo largo de su vida y actividad, convocó personalmente a hombres que asoció a su misión y a la tarea de anunciar el Reino de Dios (Mc 3, 13s.; 6, 6-13 par.). Los elegidos hacen lo mismo que él hizo: anunciar la inminente llegada del Reino y realizar los signos de su presencia: “curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad de su enfermedad a los leprosos, expulsad a los demonios” (Mt 10, 8). Deben asemejarse a él en su forma de vida, por lo que no son meros testigos de unos acontecimientos, sino sus representantes, sus colaboradores y delegados. Su autoridad se funda en el envío de Jesús y ello determina su forma de existencia y la participación en la vida y destino del Maestro . Algunos textos son significativos, por la secuencia de envíos que reflejan:

“Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21).
“Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18).
“El Señor escogió también a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a todos los pueblos y lugares a donde él pensaba ir” (Lc 10, 1).

Así pues, el discípulo llamado y enviado por Jesús en el tiempo de su vida terrena comparte la acción, la autoridad y el ser de quien lo envía. Pero a partir de la resurrección de Jesús y de la efusión del Espíritu Santo ese envío se intensifica, y adquiere nuevas dimensiones. Una vez iniciado el Reino escatológico de Dios con el misterio pascual del Mesías el ministerio testimonial originario de discípulos y apóstoles, madurado junto al Jesús histórico, no es ya mero anuncio, sino también servicio de mediación salvífica para el mundo, y sobre todo servicio de mediación para la comunidad que vive totalmente de la llegada del Reino mesiánico: la Iglesia de Cristo como nuevo Israel, nuevo pueblo de Dios.

 

2. Pablo de Tarso, apóstol por excelencia en la Iglesia primitiva

Es en este marco donde se encuadra el ministerio y la autoridad de los apóstoles, y donde encontrará su sentido más profundo el ministerio de Pablo de Tarso, converso judío que, camino de Damasco, ha tenido la experiencia directa del Resucitado y por ello se sabe “apóstol no por disposición ni intervención humana, sino por encargo de Jesucristo y de Dios Padre, que lo resucitó triunfante de la muerte” (Gál 1, 1). El hecho de que sea tan clara esta conciencia en Pablo nos dice que tiene que haber en la vida, palabras y hechos de Jesús, como también después de su muerte, algo que funda el apostolado de sus discípulos por la acción misma de Dios en el momento de su revelación suprema en Jesús como Hijo de Dios y Salvador de la humanidad. Eso mismo es lo que origina que el ministerio apostólico no sea concebido en la Iglesia primitiva como una mera forma de organización de la comunidad, sino como una institución que viene de Dios por medio de Jesús y por la fuerza del Espíritu, que también funda la Iglesia con su acción después de la resurrección de Jesús.

En el encabezamiento de las cartas “mayores” de Pablo su nombre está acompañado siempre con el de apóstol. De hecho, él se convertirá en la Iglesia de los orígenes en el apóstol por excelencia, tanto en su doctrina como su ministerio y misión . Así como los doce apóstoles fueron sujeto de elección por parte de Jesús (“llamó a los que le pareció bien” Mc 3, 13), así Pablo se siente llamado a ser ministro no por la comunidad, sino por el propio Jesús:

“Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido por Dios para ser apóstol…” (Rm 1, 1)
“Pablo, elegido por designio de Dios para ser apóstol de Cristo Jesús…” (1 Cor 1, 1)
“Pablo, apóstol de Jesucristo por designio de Dios…” (2 Cor 1, 1), etc.

Pero donde mejor se ve cómo él concibe y funda su ministerio apostólico en la acción salvadora de Dios en Cristo es, tal vez, en el texto que nos ocupa, 2 Cor 5, 14-6, 1. Para comprender lo que Pablo quiere decir en él hay que verlo en un contexto más amplio. En la primera parte de esta segunda carta a los corintios, dados los problemas que ha habido en esa comunidad fundada por Pablo, sobre todo con “los que trafican con la Palabra de Dios” (2 Cor 2, 17), Pablo tiene que justificar su servicio apostólico y recordar a los corintios algunas cosas esenciales del ministerio de apóstol que él ejerce. Entre otras, les dice que su apostolado es una iniciativa que “proviene de Dios. Él fue quien nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva, basada no en la letra de la ley, sino en la fuerza del Espíritu” (3, 5-6).

El ministerio de Pablo, contrariamente a los que hacen las cosas a escondidas, es un servicio a la verdad, a veces dolorosa, ejercido en libertad, puesto que el “el Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad” (3, 17). Pablo lo dice claramente: “lo mismo que nuestra vida no tiene secretos para Dios, espero que tampoco los tenga para vosotros” (5, 11). La prueba de que su servicio (diakonía) se funda en la verdad es porque se ejerce en la humildad, no como el de esos “superapóstoles”, que hacen grandes signos, “presumen de apariencias, no de realidades” (5, 12). Pero su ministerio es auténtico sobre todo porque “no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo el Señor, presentándonos como vuestros servidores por amor a Jesús” (4, 5). Así el ministerio apostólico de Pablo no se basa en la fuerza ni el esplendor de signos extraordinarios, propio de superministros, sino que es como un tesoro que se guarda “en vasijas de barro para que conste que su extraordinario valor procede de Dios y no de nosotros” (4, 7). Un ministerio que tiene que ver con la conformación a los sufrimientos de Cristo por parte del apóstol para que los evangelizados tengan vida: “mientras vivimos (los apóstoles) estamos en continuo trance de muerte por causa de Jesús, para que, a través de nuestra naturaleza mortal, se haga manifiesta la vida de Jesús. De modo que en nosotros actúa el poder de la muerte; en vosotros, en cambio, el poder de la vida” (4, 11-12). Y porque Pablo sólo busca el bien de los cristianos de Corinto es por lo que está habitado de una gran tranquilidad de conciencia, con lo que a la postre “esta es la razón por la que nunca nos desanimamos” (4, 16).

3. La fundamentación de su ministerio en la cruz de Cristo

Y así llegamos al núcleo de la idea que nos ocupa . El punto de partida de Pablo para poner el fundamento más sólido de su ministerio está anclado en el acontecimiento mismo de la redención obrada por Dios en Cristo Jesús. Pablo está impresionado por el amor de Cristo en el misterio de su muerte en cruz y su resurrección. Y porque encuentra que ese amor es el Amor verdadero donde Dios ha obrado la salvación del mundo ya nunca se quedará tranquilo, sino que su vida estará siempre en trance de misión: “es el amor de Cristo el que nos apremia” (5, 14). Ese amor de Dios es la verdad que transforma la realidad, haciéndola nueva: “quien vive en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y una nueva realidad está presente” (5, 17). ¿Por qué? Porque la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí ha alcanzado ya irreversiblemente al mundo. Lo que antes era motivo (muros) de división se ha convertido ahora en unidad. Los odios, las enemistades, la violencia; todo eso ha sido superado en la obra de Cristo en la cruz.

Aquí es donde él establece la relación entre reconciliación y ministerio. Se nos dice en el v. 18 que esta es la obra de Dios Padre: “Y todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo”. Y en el versículo 19 se explicita en qué consiste dicho obrar divino: “porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las trasgresiones de los hombres”. Pero lo sorprendente, es que, sin solución de continuidad, el v. 18 siga diciendo: “y a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación”. Y en el v. 19: “y puso en nosotros el mensaje (logos) de la reconciliación”. Aquí encuentra Pablo la razón más honda y la esencia de su ministerio como apóstol: con la acción salvífica de la reconciliación en la cruz de Cristo está Dios fundando simultáneamente el ministerio (diakonía) de la reconciliación. Es en este momento supremo de la acción de Dios en el mundo donde en Cristo crucificado se fundan dos cosas a la vez: a los hombres les son perdonados de forma definitiva sus pecados y maldades y se instituye simultáneamente el ministerio del perdón, la paz y la reconciliación. Ambas cosas, según Pablo, se encuentran íntimamente relacionadas. Por lo cual, el ministerio en la Iglesia no es algo que se añada a la obra de Dios, como si de una decisión humana o una iniciativa misionera se tratase, sino que ha sido establecido por Dios conjuntamente con el acontecimiento salvífico de la cruz de Cristo y su resurrección. “Una misma acción de Dios concede graciosamente no sólo la salvación (reconciliación, es decir, unidad de lo que estaba separado entre sí) sino también el ministerio de salvación que recibió tal encargo salvífico” .

La consecuencia de que Pablo vea unidos estos dos momentos la expresa en el versículo siguiente: “Somos, pues, embajadores de Cristo” (V. 20a), lo cual significa que “es como si Dios mismo os exhortara sirviéndose de nosotros” (20b). Y lo termina enfatizando con la expresión final: “en nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” (20c).

El teólogo alemán E. Dinkler lo explica con otras palabras: “Se recalca, por tanto, tres veces que Dios o Cristo es quien exhorta, invita y llama; que la proclamación no procede de las ideas o de la sabiduría del apóstol. No, sino que en la llamada que se hace a continuación es Dios quien se halla presente, es Cristo el que realmente invita; el apóstol es mensajero de su Kyrios. Con esta autoridad, pronunciando sólo las propias palabras como palabras de Dios y de Cristo, siendo únicamente boca y no autor, Pablo efectúa el siguiente llamamiento: ¡reconciliaos con Dios!” .

La secuencia que san Pablo establece, y que pocos años después, por ejemplo, hará valer san Clemente romano en su carta a los cristianos de Corinto , es que Dios, supremo artífice de la salvación, actúa por medio de Cristo, y él a su vez lo hace por medio del ministerio apostólico en su Iglesia, es decir, de los encargados y consagrados para esta tarea. Por eso, ellos pueden presentarse como verdaderos cooperadores de Dios, y así lo terminará diciendo el apóstol en el último versículo que analizamos: “como colaboradores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios” (6, 1). El apóstol es entonces verdadero ministro de la obra reconciliadita de Cristo.

4. La palabra de la reconciliación como realización “sacramental”

A la luz de la idea que tiene Pablo de su ministerio apostólico, tal como hemos visto, es evidente que el encargo de servir a la reconciliación en los ministros de Cristo no consiste sólo en hablar o predicar sobre ella. La palabra griega que designa el encargo recibido es “logos de reconciliación” (v. 19). Y en la Biblia, este término no habla de algo externo a lo que apunta la palabra sino que contiene es sí la realidad significada en el término. Así los portadores del “logos” de la reconciliación no sólo anuncian la Buena Nueva de Jesús, sino que hacen realidad el Evangelio mismo en los oyentes de esta palabra, de modo que los que la acogen sienten y gozan de la acción salvadora de Dios en sus vidas. Por consiguiente, para san Pablo el ministerio que ha sido instituido conjuntamente con el acontecimiento salvífico de la cruz de Cristo, no sólo tiene la misión de anunciar este hecho salvador para los hombres, sino que debe crear y establecer en los corazones de los que aceptan el “logos” de reconciliación la realidad de la unidad, el amor, la justicia, la ayuda mutua y la paz.

Una última precisión. Si según el pensamiento paulino el ministerio apostólico hace idóneas a ciertas personas para comunicar la salvación, podríamos entender con ello que lo son por su capacidad de “representar a Cristo”. Pero esta idea que se deja intuir en nuestro texto en el versículo 5, 20 puede prestarse a malentendidos. Podríamos creer que ello significa que Cristo, por estar ausente, necesita que alguien le represente. Sin embargo sabemos que esto no puede ser así, porque Cristo está siempre presente y actuante en su Iglesia,

“y el ministerio, establecido conjuntamente con su obra salvífica, no debe alterar la inmediatez con respecto a él, sino que debe precisamente comunicarla. Esto acontece por el hecho de que el ministerio eclesiástico representa a Cristo mismo, es decir, le hace presente en el signo, en la palabra y en la acción, y porque, por ser un símbolo real y una transparencia suya (sacramento), hace que Cristo mismo resplandezca” .

Esta relación es análoga a la que ejerce la persona humana de Jesús respecto al Padre. Jesús no le sustituye, sino que le hace visible mediante el símbolo real de su acción en nombre del Padre, de modo que no se interpone entre los hombres y Dios sino que se convierte justamente en la inmediatez visible del Padre: “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). De la misma manera, la “diakonía” de reconciliación del ministro ordenado no se ejerce en lugar del Señor ausente, sino que está en la Iglesia para que Cristo mismo actúe a favor de los otros mediante el ministerio apostólico, para que la obra de reconciliación de Dios en Cristo esté siempre presente en medio de la vida y la historia de los hombres .

Conclusión

La densidad y el carácter tan esencial que tiene el texto paulino estudiado para una fundamentación teológica del ministerio ordenado salta a la vista. En este año, que el papa Benedicto XVI ha querido dedicar al sacerdocio ministerial recordando la entrañable figura del Santo cura de Ars, y a la luz de lo aquí apuntado brevemente, no parece sería mala idea tomar como texto bíblico de apoyo para profundizar en lo que significa ser sacerdote hoy el pararse a “reumiar” con calma, con la clave aquí expuesta, toda la secuencia de esta carta que se refiere al ministerio del apóstol de los gentiles ante los cristianos de Corinto: es decir, desde 2 Cor 2, 14 hasta 7, 16. Hacer este ejercicio en este año debería tratar no tanto de fijar nuestra mirada en la pobreza de nuestro barro, que es más que evidente, sino de aprovechar esta ocasión para hacernos más conscientes del enorme tesoro que como presbíteros, diáconos y religiosos apóstoles llevamos en nuestras vasijas, “procurando no dar a nadie motivos para desacreditar nuestro ministerio… sino al contrario … comportándonos como servidores de Dios” (2 Cor 6, 3-4).

Todo ello para crecer en lo que nuestra Regla de vida, siguiendo al P. Dehon, espera de los religiosos-oblatos del Corazón de Jesús: que ellos sean “profetas del amor, y servidores de la reconciliación de los hombres y del mundo en Cristo” (RV 7), tarea que tiene implicaciones muy amplias y muy concretas en nuestra vida.

P. Fernando Rodríguez Garrapucho SCJ
Salamanca
 

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