Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1(VI), Hno. Miguel Ángel Millán Atenciano SCJ

Educar para la reconciliación
“Se ha manifestado la gracia de Dios, salvador nuestro, enseñándonos”
(Tito 2, 11-12)

El pensador ilustrado francés Voltaire conocido por la mordacidad de sus palabras y su virulencia anticlerical afirmaba que “el arte de aburrir a la gente consiste en decirlo todo”. No es mi intención en estas breves líneas abordar un campo de extensión tan amplio entre dos disciplinas o ciencias tan distintas pero tan complementarias que caminan paralelas a un mismo fin, instruir en conocimiento y gracia el corazón y la persona humana para ayudarle a dotar de sentido su realidad individual, su mundo y su tiempo. Por otra parte, lejos queda que el arte de la persuasión se refugie en este artículo con el disfraz del sopor y aburrimiento, sino de aclarar en pequeñas “pinceladas” la importancia de la reconciliación en nuestra época, un valor cristiano en franco desuso que parece incluirse en la larga lista de valores en crisis de nuestra modernidad cansada.
Para ello vamos a ayudarnos del inestimable apoyo de la palabra de Dios, en este caso de la tradición neotestamentaria mediante las reconfortantes cartas paulinas, específicamente a través de 2 Co 5,14 – 6,1. Un bello pasaje inspirador del perdón para la dividida comunidad de Corinto. Al mismo tiempo trataremos de esbozar o bosquejar las cualidades pedagógicas que nos ayudan a vivir y especialmente a transmitir la necesidad de restablecer las diversas y variadas rupturas que se han producido en las personas mediante nuestra vocación religiosa y nuestro servicio docente (rasgo identificativo, que no exclusivo de nuestra provincia española).
La reflexión va estar estructurada en tres grandes dimensiones: el hombre como individuo particular que hace propia la vivencia de la reconciliación, la comunidad como espacio indispensable de reconciliación para constituir nuestra misión y educación cristiana y finalmente presentando la reconciliación como vocación específica Dehoniana complementando nuestra identidad carismática.
Nuestro mundo está plagado de permanentes fricciones, enfrentamientos, roces, desavenencias que hacen que la misma existencia resulte una pesada carga para algunos y un relativo peso para otros, generando, en este último hecho, una permisividad light para las conciencias o, lo que es lo mismo, un todo vale. Si leemos las informaciones de los diarios o prensa escrita o visualizamos cualquier programa televisivo, ya resulta indistinta la franja horaria en la que estén establecidos, no hay información que no esté estigmatizada por una herida abierta de la cual se hacen eco todos los lectores y telespectadores haciendo de ese espacio un foro de opinión pública o el simple estímulo de vivir vidas ajenas.
No hablemos de heridas más profundas como las guerras olvidadas en el continente africano, el número de personas que rozan o viven el umbral de la pobreza en Norteamérica, las tasas de analfabetización en Suramérica y América central, la explotación infantil en Asia, la muerte de Dios en Europa como bien refleja la última decisión del tribunal de Estrasburgo o en este caso más eufemísticamente Corte Europea de Derechos Humanos con la retirada de los crucifijos de lugares públicos, quien sabe si encubierta de un laicismo beligerante que afecte a nuestros propios centros en el corazón de nuestra enseñanza, la trascendencia.

 

Como podemos comprobar estas son rupturas que afectan a un orden global suscitando en el corazón humano un deseo ímprobo de mejora, una mejora que no sólo debe de contrarrestarse con grandes soluciones a problemas globales, que bien cierto es que no se dan muy a menudo, sino que nacen en el interior de la conciencia humana con la intención de restablecer un orden perdido. Es en este espacio donde queremos abarcar la primera parte de nuestra reflexión que titularemos “Del corazón de Pablo al corazón del hombre”.
Vivimos una realidad sociocultural llamada postmodernidad que permanece enraizada en nuestro tiempo desde finales del siglo XX privilegiando el culto al individualismo extremo y con ello al hedonismo en sus múltiples manifestaciones. Como es lógico la postmodernidad se opone a todo aquello que es racional favoreciendo lo fragmentario frente a lo colectivo y, en su defecto huyendo de toda clase de compromiso social. Si miramos la historia cristiana, el apóstol Pablo se enfrentaría a una desazón similar en la ciudad de Corinto. La Corinto del I siglo de la era cristiana era una ciudad marcada por la belleza, la agitación de sus calles y la algarabía ciudadana, centro de numerosos templos paganos donde resaltaba el poder seductor de la expedita Afrodita. En un ambiente viciado Pablo va a intentar construir una Iglesia que será fruto de muchos sufrimientos para el propio apóstol y los problemas derivados de las tensiones judaizantes del momento que desembocarían en una profunda división dentro de la propia comunidad .
Pablo preocupado por el cariz de los acontecimientos trata de instruir desde Filipos los verdaderos valores de la reconciliación para volver a una verdadera comunión en Jesucristo. En el texto de 2 Co 5,11 -6,1 observamos la ansiedad y la preocupación que expresa su corazón, pero sobre todo resalta no sólo el valor del ministerio dentro de la Iglesia sino la necesidad que todo corazón tiene de transformarse en un corazón nuevo. “El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” 2 Co 5,17.
Este mensaje apela a la visceralidad humana, es decir a la emoción más intensa del corazón que exige una renovación total de la persona, el nacer a una nueva vida donde la reconciliación es un valor emergente frente a la fricción.
Centrándolo en nuestros días, observamos que la antropología es la ciencia que estudia la realidad humana y que trata los aspectos biológicos y sociales del hombre. Sabemos que hay una antropología biológica preocupada por el orden del universo y los procesos evolutivos del hombre, conocemos la antropología sociocultural que desea conocer todo lo que sucede a los hombres en sus distintos contextos y en sus diferentes razas y pueblos. Hay una antropología filosófica preocupada por el sentido del hombre a lo largo de su historia y en su entorno actual. Pero también encontramos una antropología teológica, en muchas ocasiones olvidada, denostada, que la preocupa al igual que Pablo el corazón del hombre ya que en ella se gesta la identidad humana. Una identidad que necesita de Dios para ser plenamente realizada, esa plenitud exige aceptar la debilidad del hombre como característica esencial a su imperfección, pero en su búsqueda de Dios necesita de un espacio de encuentro entre Dios y el hombre, un espacio llamado reconciliación que acerca al hombre a Dios y lo dota de una identidad humana completa. Por lo tanto la reconciliación es un rasgo indispensable en la construcción del andamiaje de la identidad humana, un valor imprescindible para la educación.
Tampoco debemos olvidar un binomio primordial la relación interactiva entre profesor –alumno, significante y significado de la enseñanza. Este sencillo binomio resulta indispensable para comprender los roles que cada uno desempeña en la educación. Por una parte el educador asume su realidad de testigo, por lo tanto dicha persona corrobora o da testimonio de alguien, o adquiere verdadero conocimiento si su función es de discipulado. Por lo tanto, la función del profesor se asemeja a la efectuada por Cristo a sus discípulos en la relación maestro y discipulado .
En esta interacción, no exenta de ambigüedad y dificultad, encontramos un valor emergente en nuestro tiempo la libertad: que en muchas ocasiones es falsamente interpretada. La libertad que otorga el maestro al discípulo resulta ser indispensable para ambos puesto que el verdadero maestro acompaña, escucha y enseña a través de su propia vida. El objetivo del maestro no es otro que mostrar la libertad de elección que el discípulo posee, ayudándole a tomar conciencia de ello, el alumno presenta así una voluntad autónoma y aprende a edificar su pensamiento propio. Este hecho es clave para determinar en un futuro que la libertad de elección empujará a la persona a la búsqueda de la reconciliación. Por lo tanto la labor del educador y el educado será completa en la medida en que la reconciliación quede incorporada en la persona como un hacerse a sí mismo.
En un segundo momento de nuestra reflexión, pasamos a centrarnos en la comunidad como espacio clave para vivir la reconciliación en plenitud. Por lo tanto es la comunidad la que se nos muestra como un proyecto humano de Dios entre los hombres. Si tomamos como referencia el texto Paulino advertimos que la exhortación a la comunidad de Corinto está dirigida a un colectivo, un colectivo que es identificado con la palabra hermano, es decir un colectivo que participa conjuntamente de un afecto particular en torno a Cristo que les une como grupo con identidad definida en fraternidades. La acción fraternal ha definido desde sus orígenes el mensaje cristiano. Algunos santos han hecho de la fraternidad el emblema representativo de su carisma espiritual, el caso de San Francisco de Asís, así lo atestigua puesto que lejos de quedarse en una construcción dogmática se presenta como una acción identificada dentro de un programa de vida.
La fraternidad es un compromiso activo con y para los otros, especialmente con aquellos que no son familia por rasgos consanguíneos pero de quienes participamos por solidaridad. La belleza de esta realidad no ha pasado de largo a los ojos de la historia, puesto que forma parte del estandarte de la nueva Europa que emerge en la Revolución Francesa bajo el lema libertad, igualdad, fraternidad. Tampoco es olvidada en el pasado siglo XX en la importante Declaración Universal de Derechos Humanos en su artículo primero . Una Declaración que pretendía concienciar de los desastres mundiales que le habían precedido en la primera mitad de siglo. Esta visión secular de la fraternidad enriquece el gran valor de la reconciliación como afirma la segunda carta de Corintios 6,1 “a que no recibáis en vano la gracia de Dios” pues es mucho lo que los hombres estamos llamados a restablecer al verdadero orden fraterno en nuestro compromiso personal, con la humanidad y con la vida.
En nuestro mundo educativo muchas son las preguntas que nos interrogan hasta alcanzar el objetivo deseado. Es necesario que conozcamos las motivaciones que nos impulsan a exponer la reconciliación como un valor en nuestro proyecto educativo. Para muchos de nosotros la reconciliación es un signo de identidad que desde un proyecto compartido de grupo ennoblece nuestro ser cristiano. La reconciliación es un valor emergente frente a un mundo marcado por la fricción, el desarraigo y las rupturas. De esta forma nos permite participar de la realidad más plenamente. Hace de nuestro proyecto de fe compartido una fe comprometida con el mundo.
Por otra parte, nos hace tomar conciencia de nuestra misión haciéndonos presentes como signos de un Dios vivo. Nos ayuda a comprender el sentido final de nuestra función mediadora en la manifestación de lo trascendente mediante la educación y el ser educador. Tampoco pasa desapercibida, en la difícil tarea que se produce en la interacción alumno – profesor, tratar de restablecer la verdadera amistad entre el valor académico y el precio del esfuerzo.
Por último, en esta vivencia de lo fraternal y el compromiso con la reconciliación hay que hablar de una escuela que trabaja como comunidad reconciliadora. Que participa de un proyecto de reconciliación para el mundo, que no se olvida de él y qué mejor que vivir nuestra misión como una evangelización de quien anuncia una gran verdad, Jesús de Nazaret. Que a su vez nos exora a ser signos de reconciliación en la misión.
En el tercer momento de nuestra reflexión, nos centramos en lo carismático o específicamente Dehoniano. Ya que la reconciliación es una invitación particular a la que estamos llamados desde nuestro ser Dehonianos. Para que exista una reconciliación plena tenemos que tener en el mismo centro a Cristo, puesto que es en Él donde vamos a presentar un proyecto educador compartido y abierto, haciendo nuestra la afirmación de Pablo a los Efesios 1,10 “En cuanto a que todo debe cambiar y ser reparado con Cristo”.
Un proyecto compartido porque en él participamos toda una familia educativa; padres, profesores, alumnos, comunidad religiosa… y un proyecto abierto que no pretende ser excluyente, sino que quiere atender a todos aquellas personas que lo necesiten y nos demanden esa atención. Siempre abiertos a cualquier campo de acción que se nos solicite, puesto que las “heridas” del duro bregar son muchas. Los Dehonianos estamos especialmente llamados a atenderlas y cerrarlas.
Con el firme propósito que señalaba el P. Dehon “Educar a un cristiano es también formar un hombre valiente, apto para el sacrificio y la entrega, un hombre que se haya sacudido el yugo del egoísmo. Cualquiera sea el rumbo que tome como sacerdote, soldado, agricultor, industrial o magistrado. El discípulo de una educación cristiana llevará consigo esta fuerte y ardiente convicción de que él está en condiciones de unir la palabra a la acción” .
Con este compromiso que es educar. En ocasiones, en valores en desuso como pueden ser el sacrificio y la entrega queremos transmitir que nuestra labor reconciliadora se comprende desde este estrecho margen o angosto espacio. Siendo conscientes de que en tiempos de individualismo extremo, falsas idolatrías y realidades reducidas al valor material frente al ser, la educación cristiana y Dehoniana tienen sentido pleno y ayudan a incorporar valores indispensables como puede ser la caridad, el perdón, la entrega, la hospitalidad, el encuentro…
Finalmente seguiremos empeñados en seguir educando desde el viejo lema platónico para dotar “al cuerpo y al alma de toda la belleza posible” .
En el Corazón de Jesús Hno. Miguel Ángel Millán Atenciano SCJ

 

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