Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1(VII), Pablo Miñambres SCJ

La reconciliación y la cristología en 2Co 5,14–6,1

 

«Reconciliación» significa restauración del vínculo de amistad y afecto entre personas que están divididas a causa de litigios, enemistades, conflictos o delitos; consiste en una transformación de las relaciones, unida normalmente a un cambio de sentimientos, comportamientos y opiniones. Reconciliarse quiere decir ir de nuevo de acuerdo, volver a ser amigos; a la enemistad sustituye la paz, a la hostilidad la comprensión, a la discordia la armonía.
La reconciliación en sentido cristiano y teológico, es una categoría soteriológica fundamental que indica la incesante y gratuita acción salvífica de Dios mediante Jesucristo en el Espíritu Santo. Puesto que esta obra redentora de Dios se dice de muchas maneras, está en íntima relación con otras (divinización, liberación, sacrificio, satisfacción, rescate, regeneración, justificación, comunión) que vienen a designar, cada una a su modo, este acontecimiento experimentado por el cristiano . Decir «reconciliación» es resumir de una vez todo un proceso narrativo que tiene sus raíces en el amor y en la misericordia de Dios y alcanza su ápice en la muerte de Jesús, don libre y obediente de sí al puesto de los pecadores sujetos a la muerte; por la acción del Espíritu, los hombres convertidos en culpables son arrancados de su situación de perdición (que ellos no pueden superar con sus propias fuerzas) y reciben el don de la paz consistente en la remisión de los pecados, en una vida en la justicia, en la libertad y en la capacidad de comportarse con Dios y con el prójimo conforme a la alianza. Así pues, «reconciliación» subraya ya la reconstrucción de la alianza entre Dios y el hombre, ya la concomitante necesidad de una alianza entre los hombres.

 

En el fragmento de 2Co 5,14–6,1, por medio de un lenguaje personal, Pablo se extiende en manera elocuente sobre el aspecto de la reconciliación, reasumiendo en esta palabra toda la obra salvífica de Dios realizada mediante Jesucristo. La salvación es un misterio de reconciliación. Jesús, como reconciliador, media entre los dos polos separados: Dios y los hombres. Por una parte, cumple la conversión de Dios hacia los hombres que había modelado con amor, pero que el pecado había alejado de Él; por otra, Jesús viene a cumplir el camino de conversión de los hombres hacia Dios, porque son incapaces de retornar a Él. Cristo realiza su misión de renovar la alianza mediante la obediencia, la justicia y el amor. Hablamos de alianza, porque ciertamente ésta era la estructura veterotestamentaria fundamental para referirse tanto cultual como comunitariamente a la salvación. También es la propuesta por Pablo, y por él al mismo tiempo superada, para presentar la cruz de Cristo como fuente de salvación universal. Propiamente aquí «cristología» y «reconciliación» se entrelazan en el pensamiento paulino hasta hacerse prácticamente inseparables. Bien puede apreciarse en las formulaciones teológicas más relevantes del texto :

1. La iniciativa de la reconciliación parte completamente de la misericordia y del amor de Dios en Jesucristo: «Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo» (2Co 5,18). En efecto, la reconciliación cristiana es un don de lo alto ofrecido por la misericordia de Dios a los pecadores, ante la que no podemos sino expresar una acción de alabanza. Dios no es el reconciliado, sino aquel que reconcilia . La reconciliación procurada por Dios se realiza exclusivamente por gracia, sin algún presupuesto por parte del hombre. No es, por tanto, una acción nuestra. Es una iniciativa de la cual nosotros, la humanidad entera, somos beneficiarios, no artífices. Es Dios el que es el sujeto activo, nosotros somos el sujeto pasivo: Dios nos reconcilia y nosotros somos reconciliados. Generalmente, pensamos que quien debe dar el primer paso para la reconciliación es el culpable; la revelación cristiana nos dice, por el contrario, que Dios es quien da el primer paso hacia nosotros y lo hace a través de Jesucristo. La iniciativa absoluta de Dios a fin de que todos podamos ser partícipes de la purificación, de la santificación y de la renovación personal y social en la comunión de amor, no es otra que su propio Hijo. Simultáneamente a esta reconciliación antropológica, se nos habla de una cósmica: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2Co 5,19). No es que Dios se reconcilie con el mundo (en sentido reflexivo), sino que Él reconcilia el mundo consigo, iniciando con la creación una nueva relación. En cualquiera de estas variantes, tanto en la antropológica como en la cósmica, que para nada se oponen, se percibe la idea de una situación salvífica ya dada («sin pedirle cuentas de sus pecados») (2Co 5,19) . Puesto que la acción histórica de Cristo se ha inserido en nuestra historia, se viene a crear para nosotros y el mundo una previo ámbito redentor que nos toca en lo más íntimo. Pablo habla de la reconciliación operada por Dios en Cristo, como si tal fruto, la reconciliación, hubiese tenido ya lugar antes de cualquier decisión personal. Toda la historia y todo el hombre, están dentro del misterio de la gracia reconciliadora de Cristo, así como han estado y están todavía dentro del misterio del pecado. Desde el principio, tanto nosotros como la creación estamos ya bajo la universal voluntad salvífica de Dios. Cualquiera que sea el modo de concebirse este estar previo bajo el ofrecimiento de gracia divina (K. Rahner lo indica como un existencial sobrenatural) viene en último término referido al evento histórico de Cristo y a su misión salvífica comprendida como concreta obra del Padre.

2. La reconciliación es fruto de la donación del Hijo que se hace concreta en su muerte y resurrección: «Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2Co 5,15). En efecto, el amor de Dios, que se revela en Cristo crucificado y resucitado, es la fuente de la reconciliación entre los hombres y entre éstos y Dios. No en vano, la Iglesia siempre ha afirmado que Cristo nos ha reconciliado con Dios en virtud de su pasión (cf. DH 1513, 1523, 1560). En este sentido, la cruz es la gran mensajera de la reconciliación. Los Padres de la Iglesia, atendiendo a la orientación de sus travesaños, expresaron así su significación simbólica: la dirección horizontal es signo de la reconciliación entre los hombres; la vertical entre el cielo y la tierra, entre Dios y la humanidad. En la cruz se encuentran los dos momentos, el ascendente y descendente, de la única mediación de Cristo. La inauguración de esta nueva posibilidad reconciliadora tiene características de sacrificio y expiación, porque en tal modo Dios demuestra la propia justicia de la alianza eliminando así el pecado de todos. Consecuentemente, la fe en el crucificado y resucitado supera el camino de la ley y el rito israelítico. Cristo salva al pecador en el juicio y revela cual habría sido su suerte sin su muerte en la cruz. Cuando Pablo dice de Jesús que Dios lo ha establecido como instrumento de expiación con su sangre, quiere afirmar que en su humanidad estaba Dios reconciliando el mundo consigo. Ningún hombre, incluso el más santo, estaba en grado de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y de ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que supera y al mismo tiempo abraza todas las personas humanas y lo constituye cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. En definitiva, en la cruz, Dios nos dona a su propio hijo y el hombre Jesús se dona enteramente a su Padre y a sus hermanos, como jefe de la humanidad, cumpliéndose la reconciliación querida por el Padre a beneficio de la humanidad sujeta al pecado. La reconciliación cristiana es esencialmente misterio y gesto en pos de Jesús que nos ha reconciliado con su sangre. Con su resurrección, el perdón ha sido ya donado, nosotros estamos ya reconciliados.

3. La reconciliación obra un cambio de puesto cuyo centro es el trueque establecido entre Cristo y nosotros por amor: «Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado» (2Co 5,21). Esta idea de un mediador que, aún inocente, toma sobre sí vicariamente la pena que espera al pecador, realizando de este modo la reconciliación con Dios, es expresada ya en el canto del siervo sufriente del Señor (Is 52) y fue acuñada en la época patrística, si bien pensando en la encarnación, con la formula admirabile commercium. Lutero, al tomar al pie de la letra precisamente este versículo de 2Co 5,21 sobre el cambio de puesto establecido por Dios entre Cristo y el pecador (en armonía con teólogos contemporáneos y con una larga tradición), radicalizó su lectura de la doctrina anselmiana de la satisfacción hasta transformarla en la doctrina del sufrimiento vicario como castigo. La doctrina de la reconciliación se convirtió así desde los inicios de la reforma protestante hasta hoy, especialmente en el ámbito luterano, en el núcleo central de la dogmática. La tradición católica, por su parte, ha reconocido aquí la impecabilidad de Jesús e interpretado la frase «lo hizo pecado» en el sentido de «sacrificio o víctima por el pecado»; la misma palabra hebrea hattât puede tener esos dos sentidos. Literalmente lo afirmó el Concilio XI de Toledo en el año 675: «Él por nosotros se hizo pecado, es decir, sacrificio por nuestros pecados» (DH 539). Santo Tomás se mantiene en esta línea al afirmar que Cristo ha asumido por nosotros la «carne del pecado», soportado así la pena del pecado, la muerte (cf. ST III, q.46 a.4). La conversión del mundo a Dios avenida en Cristo se ha realizado bajo forma de un intercambio, de un cambio de puesto, que Dios, presente y activo en la persona de Cristo, ha realizado entre sí y el mundo. Jesús, enviado según la condición de siervo, ha conocido la reprobación como si él mismo tuviera culpa. En el amor redentor que siempre lo unía al Padre, ha asumido nuestra separación de Dios a causa del pecado. Es el amor por todos hasta el final el que confiere al sacrificio de Cristo valor de reconciliación, pues Cristo ha muerto por todos sin excepción: «no hay, ni ha habido, ni habrá algún hombre por el cual Cristo no haya sufrido» (DH 624). La reconciliación está, por tanto, basada sobre Dios mismo, que mantiene su amor por los pecadores, se pone en su situación, la transforma radicalmente e inaugura una nueva comunión consigo. De este modo la cuestión de la condición de posibilidad de la reconciliación de la cruz está relacionada con el mismo misterio trinitario de Dios.

4. La reconciliación de Cristo cambia el estado de enemistad, habilita a comportarse en manera adecuada a la alianza y funda la paz: «El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado» (2Co 5,17). San Pablo, rápida y entremezcladamente, enumera en este pasaje los efectos de la acción salvífica de Dios, que no pueden venir desligados de su origen. La palabra reconciliación como palabra de la cruz, aún siendo el fin de todo culto sacrificial y de toda forma de auto-justificación, sin embargo, hace posible una nueva justicia y una relación personal cimentada sobre bases renovadas entre Dios y el hombre, y de los hombres entre sí. La reconciliación no es un hecho puramente jurídico, puesto que esta implica un cambio en las personas, que corresponde no sólo a los seres humanos, sino a toda la creación. Es así que la reconciliación lleva a una vida nueva, a una renovación y a una nueva creación, porque el ser humano ha restaurado su armonía con Dios, consigo mismo y con la entera creación. Aunque en este texto no se habla del pneuma, debe ser entendido en el conjunto del contexto 2Co 3, donde toda la novedad cristiana nace a partir del Espíritu. La vida de los cristianos ha sido transportada por Cristo al seno de la vida divina «para que, unidos a él, recibamos la justificación de Dios» (2Co 5,21). El bautizado no se pertenece a sí mismo, sino al que ha muerto y resucitado por nosotros. El ofrecimiento de gracia por parte de Dios en Cristo como nueva cabeza de la humanidad, no es para nosotros menos determinante que el nacimiento como hijos de la ira por naturaleza. Porque el pecado original y el actual son esencialmente rebelión contra Dios y contra la voluntad divina, la redención restablece paz y comunicación entre el ser humano y el Creador: Dios se experimenta como el Padre que perdona y acoge a su hijo. La palabra del evangelio reconcilia a quienes se habían rebelado a la ley de Dios e indica un nuevo camino de obediencia iluminada por Cristo. La reconciliación conduce a la comunión; es, por tanto, preliminar a la experiencia de comunión y continuamente la recompone y alimenta. La reconciliación se nos presenta con la semblanza de una espiral: se inicia por un punto muy estrecho (del individuo y de la relación con Dios) y después, espiral tras espiral, se extiende siempre más involucrando ámbitos siempre nuevos y diversos . A la luz de la fe, el fin de la reconciliación es una vida de plenitud, anticipo seguro de la definitiva reconciliación de toda la humanidad en Dios. Ahora bien, suplica Pablo: «Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2Co 6,1). La reconciliación tiene necesidad de una conducta bilateral: Dios no puede reconciliar si nosotros no queremos. Por parte de Dios, la reconciliación se cumple efectivamente por medio de Cristo y tiene que ver con todo el género humano, pero, desde la perspectiva humana, cada individuo debe experimentarla personalmente, sin olvidarse que también esta libre aceptación por parte de cada uno es don de Dios. La reconciliación, que ha alcanzado ya su culminación en la cruz y resurrección, se actúa en el tiempo por un camino discontinuo. De hecho, a causa de la resistencia del pecado, este camino comporta luchas, fatigas e involuciones.

5. La redención de Cristo es mediada a través del «ministerio de la reconciliación»: «Nos encargó el misterio de la reconciliación» (2Co 5,18). El don de la reconciliación es ofrecido en la historia y, por tanto, bajo formas visibles. La Iglesia es lugar y sacramento de esta reconciliación que abre al amor y se hace decisiva pedagogía reconciliadora por el mundo . Es por esto que el apóstol es encargado del servicio (diaconía) de la reconciliación. Entendámonos bien: no es el agente de la reconciliación, ni el mediador. El único mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo. La muerte de Cristo, en cuanto hecho que funda la reconciliación, tiene la precedencia sobre cualquier otra acción de Cristo que se refiera a la edificación de la Iglesia con ministerios y poderes. El apóstol es un ministro, es decir, un servidor; Pablo dice un embajador. Él representa y hace presente para nosotros en la Iglesia el don de la reconciliación. Él tiene la obligación de anunciar al mundo el don de Dios, y de pedir a los hombres que se reconcilien con Dios. El apóstol es enviado en el nombre de Cristo, y es Dios mismo que, por medio de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2Co 5,20). Es el valor de la representatividad de Cristo lo que San Pablo consideraba propio de su función apostólica. La reconciliación es el único camino para la comunión, mientras que por otra parte, la comunión eclesial es la única instancia histórica de la cual parte en Cristo y en el Espíritu la llamada y la fuerza de la reconciliación cristiana. En Jesucristo, la Iglesia es una comunidad reconciliada, en la que todos somos uno en Cristo. Todo lo que Jesús ha hecho y enseñado para la reconciliación del mundo, no lo conocemos sólo por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos presente en el ministerio de la Iglesia. En la mano y en la boca de los apóstoles, sus mensajeros (cf. 2Co 6,1), el Padre ha puesto misericordiosamente la Buena noticia un ministerio de reconciliación: el anuncio de que la reconciliación ya ha llegado. Pero es a toda la comunidad de creyentes a quien ha sido confiado el deber de hacer cuanto sea posible para testimoniar la reconciliación en los diversos ámbitos y hacerla presente en el mundo. Los cristianos están convencidos de que esta es la exigencia que el Evangelio pone sobre ellos.

Resumiendo, podemos decir que «reconciliación» en 2Co 5,14–6,1 es la acción obrada por Dios para nuestra salvación en Cristo, un don de Dios y una fuente de vida nueva que testimonia que en nuestro mundo el perdón es ya más fuerte que el pecado. La esencia de la reconciliación está en el fin de la enemistad entre Dios y el hombre como consecuencia del abatimiento por parte de Cristo del muro que los separaba. En la historia de la teología la doctrina de la reconciliación ha sido transmitida y ha estado colegada con otros temas (penitencia, martirio, eucaristía), creándose en torno un vocabulario compuesto de categorías cultuales (sacerdote, sacrificio, expiación), jurídicas y personales. Resulta claro que no estaba en la intención del autor de 2Co una sistematización de la realidad salvífica. Sin embargo, de las profundas expresiones de este breve texto, es posible formarse una sencilla síntesis del originario significado que tuvo la reconciliación de Cristo para los primeros creyentes.
 

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