Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1(VIII), P. Juan José Arnaiz Ecker, scj

LA RECONCILIACIÓN Y LA VIDA RELIGIOSA
Glosa de 2 Co 5, 14 – 6, 1 en perspectiva de teología de vida religiosa dehoniana

Para mi sorpresa, en el ya poco a poco lejano COU, no se me dio mal la teoría epistemológica de Kant y sus a priori. Mi profesora nos explicó que estos a priori son como los moldes de repostería prefabricados que, colocados sobre la masa, dan las diferentes formas a las pastas. Tener ante mí este texto bíblico de 2Co y extraer de él “teología” de la vida religiosa suscita en mí el miedo a sacar de donde no hay, a moldear con mis a priori lo que la Palabra dada nos dice. Espero no caer en la tentación .

Parece que Pablo, al escribir 2Co, estaba triste (2,5) y ofendido (7,12) porque un miembro de la comunidad quería apartarle del mando. Así, la carta puede dividirse en una parte dedicada a la reconciliación (cc. 1-7), seguida de dos notas sobre la colecta (cc. 8 y 9) y una defensa de Pablo (cc.10-13). La citada primera parte contiene unas llamadas “recomendaciones del apóstol” (3,1-6,10), en las que se encuentra nuestro texto, en concreto en la argumentación cristológica de la sección . Aquí Pablo se enfrenta a sus adversarios, espléndidos en argumentos teóricos pero sin descubrir su corazón. Por eso Pablo se centra en el amor que llevó a Cristo a morir por nosotros y que supone que estamos muertos con Él, no pudiendo ya vivir para nosotros mismos. Dios, que nos reconcilió a todos por medio de Jesucristo haciéndonos semejantes a Él, confía a sus ministros este ministerio de la reconciliación .

En el v. 14 podemos identificar la experiencia primera que nos fundamenta en el amor el cual, más allá de todo sentimiento inicial y cambiante, se concreta en la muerte de Cristo. Es la obediencia de amor hecha sacrificio de una vida enteramente ofrecida. Este acto de amor de Jesús en la cruz y su resurrección nos ha dado la verdadera vida y esto confiere al Señor una soberanía absoluta sobre nosotros (Rom 14,9). Nuestra propia pascua bautismal, que nos hace partícipes de esta muerte de Cristo, adquiere forma y estilo concreto al manifestarse como vocación a la consagración a través de nuestra profesión religiosa según el carisma dehoniano, que actualiza para el hoy eclesial, precisamente, la oblación reparadora de Cristo al Padre (CST 6). En EE 23 quedó dicho: “Cuando Dios consagra una persona, concede un don especial en orden a la realización de su propio designio de amor: la reconciliación y la salvación del género humano. El no sólo escoge, segrega y dedica a Sí mismo la persona, sino que la compromete en su obra divina”. El amor (consagración ) en sí mismo incluye la dinámica de la reciprocidad (comunión ), un movimiento de dentro hacia fuera (misión ), del amante al amado y viceversa. Todas las instituciones de nuestra vida religiosa colaboran eficazmente a la acción de esta gracia, porque “la espiritualidad de la comunión da un alma a la estructura institucional” , que busca inspirarse cada vez más en la Palabra que afirma, ilumina, convoca, integra y reconcilia .

 

Con su alusión a Gal 2,20, el v. 15 nos sitúa ante nuestra propia especificidad carismática dehoniana. Nuestra razón de existir está en Jesucristo . Nuestra espiritualidad se concibe como en un continuo caminar desde Cristo (CST 12) comenzando por el momento más alto de su amor —cuyo misterio guarda la Eucaristía celebrada y adorada—, cuando en la cruz Él da la vida en el máximo acto de oblación. Llamados a vivir así los consejos evangélicos no podemos sino frecuentar la contemplación del Crucificado y su Corazón. Es el libro, abierto por fuera y por dentro, en el que se aprende qué es el amor de Dios y cómo se ama a Dios y a la humanidad. La consagración es el modo que nos sugiere el Espíritu para revivir el misterio de Cristo crucificado, venido al mundo para dar su vida en rescate por todos y responder a su amor .

Este es el camino y el desafío. Es el cambio profundo que nos deja como criterio de evaluación el v. 16 . Evaluación de los logros en el ámbito espiritual de nuestra formación inicial; criterio de revisión y permanente formación en los objetivos y estilos de nuestra vida religiosa apostólica. Porque nos hemos comprometido en un nuevo “conocer”, que posee el matiz de “juzgar”, de “formarse opinión”. Los módulos puramente humanos no sostienen suficientemente nuestro conocimiento experiencial de Cristo como salvador. La valoración del hombre cambia ante la nueva realidad del morir y resucitar con Jesucristo. Como religiosos, somos testigos de que las tablas de valores que rigen han perdido su importancia ante Cristo, piedra angular de la nueva creación.

Es la Buena Noticia que habita este texto: “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (v.17) . Dios restaura en Cristo el mundo desordenado por el pecado . El Padre Dehon es muy sensible al pecado, que define como el rechazo del amor de Cristo (CST 4). Del amor crucificado surge la nueva creación, liberada del pecado y la muerte, donde se encuentra el hombre nuevo (CST 12) . La palabra καινὴ (nuevo) no designa algo que acaba de aparecer, sino una manera nueva de ser, diferente esencialmente de lo que era habitual. Cautivado por esta novedad que mana del Amor (por otra parte despreciado), Dehon nos enseña a responder a él “con una unión íntima al Corazón de Cristo, y con la instauración de su Reino en las almas y en la sociedad” (CST 4). Es un Amor reconciliador, puesto en marcha por Dios. Su “enemigo”, su “problema”, su “dolor” es claro: el pecado en sus múltiples formas y facetas. Especialmente el que nos aleja a hombres y a Dios. Y por eso, toda la economía salvífica desplegada en Cristo (v. 18: “Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo”…). Y por eso, la misión (… “y nos encargó el ministerio de la reconciliación”) .

Las situaciones personales, comunitarias, sociales de dolor son eco del grito de Jesús en la cruz: “¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Jesús ahí es solidaridad hecha carne con la humanidad. De modo radical penetra, comparte y asume todo lo negativo, hasta la muerte, fruto del pecado. Reúne en sí el rostro del Padre, el rostro del hombre e incluso el “rostro” del pecado. Como religiosos que siguen a Cristo debemos recuperar la capacidad de reconocer el pecado radicalmente presente en el corazón y en la vida de todos, y descubrir en el rostro-corazón doliente de Cristo el hecho reconciliador de la humanidad con Dios. En este contexto, cabe recordar que nuestras comunidades se construyen a partir de la Liturgia . En ella, la consolidada centralidad de la Eucaristía, celebrada y adorada cada día, es el lugar privilegiado para el encuentro con este Señor que aviva desde dentro la oblación renovada de la propia existencia, el proyecto de vida comunitaria y la misión apostólica. Y es que es el sacramento de la filiación, de la fraternidad y de la misión . Nuestra vida religiosa fraterna es el espacio teologal de un amor alimentado por la Palabra y la Eucaristía, que se purifica en el Sacramento de la Reconciliación (medio a través del cual el Señor aviva la unión con Él y con los hermanos ), sostenido por la súplica de la unidad, don especial del Espíritu para aquellos que se ponen a la escucha obediente del Evangelio .

Así somos capacitados para descubrir al Señor fuera de nosotros mismos, en los niños y jóvenes a educar, en los feligreses, enfermos, encarcelados, pobres de nuestras parroquias, en la llamada a salir de las propias fronteras para servir; lugares todos donde se precisa novedad de vida porque reina el desaliento, el pecado y la muerte. Hoy es, pues, necesario proponer nuevamente con fuerza el ministerio de la reconciliación confiado por Jesucristo a su Iglesia. Es el mysterium pietatis. Jesús en la cruz asumió sobre sí el mal para redimirlo. Nuestra vocación sigue siendo la de Jesús y, como Él, asumimos sobre nosotros el dolor y el pecado del mundo consumiéndolos en el amor .

Nuestro Dios es activo. El v. 19 nos lo repite. Estaba actuando en Cristo y hoy actúa por nosotros haciéndonos depositarios de la “palabra de la reconciliación” (palabra hecha carne). Una palabra que no debemos retener, sino extender. Dice el apóstol Pedro: “No les tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (3,14-15). Evangelizar es, pues, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Como parte de ella, estamos llamados a anunciar en Europa, una Europa que está llamada, ante todo, a reencontrar su verdadera identidad . Juan Pablo II decía: “¡Iglesia en Europa, te espera la tarea de la «nueva evangelización»! Recobra el entusiasmo del anuncio. Aunque no se exprese o incluso se reprima, ésta es la invocación más profunda y verdadera que surge del corazón de los europeos de hoy, sedientos de una esperanza que no defrauda. Por tanto, que el anuncio de Jesús, que es el Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón de ser” . El Evangelio de la esperanza que pide ser anunciado y testimoniado cada día, es la misión indicada a la Iglesia hoy en Europa. El objetivo es la recuperación de la esperanza a través de la experiencia personal del perdón de Dios para cada uno de nosotros, experimentar la alegría de una verdadera liberación, experimentar que se puede vivir sin encerrarse en la propia miseria. Ante la pérdida tan extendida del sentido del pecado y la creciente mentalidad caracterizada por el relativismo y el subjetivismo en campo moral, debemos ofrecer la gracia de un nuevo comienzo y dar motivos para esperar . El fundamento de la verdadera esperanza es el “camino de reconciliación” que estamos visitando en este comentario.

El v. 20 deja clara, sea nuestra condición de “mensajeros”, sea el “mensaje” que hemos de llevar. Somos instrumentos de Dios que prolongan la obra de Cristo, y que ocupamos nada menos que su lugar cuando dirigimos la llamada de Dios a la libertad sagrada e intocable de cada ser humano. Libertad que puede aceptar o rechazar. Así, nuestra conciencia de misión debe moverse entre estos parámetros. Ciertamente la misión profética es el proyecto de una humanidad salvada y reconciliada, y para este servicio se precisa una profunda experiencia de Dios y conciencia de los retos del propio tiempo , que nos dote del dinamismo de la caridad, del perdón y de la reconciliación, capaces de construir en la nueva justicia un mundo que ofrezca nuevas y mejores posibilidades a la vida y al desarrollo de las personas .

La acción es justamente plural. En orden de naturaleza entendemos el ejercicio de la comunión en vida fraterna en nuestra vida religiosa. El v. 21 es ejemplo de este uso constante del plural.

El que no tuvo pecado se hizo pecado por nosotros para reconstruir o reparar la unidad perfecta. Enseñó la igualdad en la fraternidad y la reconciliación en el perdón. Cambió totalmente las relaciones de poder y de dominio, dando Él mismo ejemplo de cómo se ha de servir y ponerse en el último lugar. Durante la última cena, les dio el mandamiento nuevo del amor recíproco (Jn 13,34; 15,12); instituyó la Eucaristía que lo alimenta. Después se dirigió al Padre pidiendo para nosotros la unidad trinitaria: “sean uno” (Jn 17,21). Con su muerte en la cruz destruyó el muro de separación entre los pueblos, reconciliando a todos en unidad, enseñándonos de este modo que la comunión y la unidad son el fruto de la participación en su misterio de muerte . La vida de comunidad, pues, reúne a todos los miembros en Cristo y debe ofrecer un ejemplo de reconciliación en Cristo y de comunión, enraizada y fundada en su amor . Precisamos un toque de realismo: “las comunidades no pueden evitar todos los conflictos; la unidad que han de construir es una unidad que se establece al precio de la reconciliación. La situación de imperfección de las comunidades no debe descorazonar” .

Quizás una de las (ir)realidades capaces de descorazonar es la vanidad (6,1 ). Mantener en tensión nuestra fecundidad es la garantía de que nuestra propia existencia reposa en un sentido, no es vana, sino una ofrenda eficaz. Los corintios habrían recibido la gracia de Dios sin provecho alguno si hubieran vuelto a caer en la forma de vida de los paganos o si se hubieran dejado seducir por falsos maestros. No deja de ser por ello un reto para nuestra personal vida religiosa estar en actitud de conversión constante. Más que nada por cuidar ese don, ese carisma en la vasija de barro que somos cada uno de los llamados, consagrados, reunidos y enviados por ese puro y gratuito amor de nuestro Dios.

 

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