Reflexiones sobre 2 CO 5, 14 – 6, 1(XI), Valentín Pérez Flores scj

LA RECONCILIACIÓN Y EL PADRE DEHON

Son contadas las veces en que nos encontramos en la obra escrita del P. Dehon con la palabra reconciliación o el infinitivo reconciliar en cuanto referidas a la obra de la salvación de Cristo. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que el P. Dehon no conozca ni use el concepto o la noción teológica de la reconciliación; de hecho, usa expresiones como: entregó su vida por nosotros, nos rescató, cargó con nuestros pecados, nos lavó en su sangre, nos redimió, nos rescató. Pongamos un breve ejemplo; refiriéndose el P. Dehon a la parábola del buen Samaritano, leyéndola nosotros en clave de reconciliación, escribe: “Él ha sido el buen samaritano en su vida mortal extendiendo por todas partes sus cuidados, sus consolaciones, socorriendo y sanando a todos los heridos y enfermos al borde del camino; es el corazón del Buen Pastor que busca la oveja perdida y que nos dice: venid a mí los que estéis afligidos o sufráis que yo os aliviaré” . Y mucho más significativas son sus palabras comentando esta misma parábola sacando conclusiones para nuestra vida: “El Buen Samaritano vierte sobre las heridas del malherido el vino y el aceite, el aceite de la consolación, que procede de un corazón movido por la caridad, y el vino de la fuerza que da buenos consejos y arranca las almas al pecado” ; y para su vida personal: “iré a Él, le mostraré mis heridas, sobre todo las heridas espirituales. Me colocará el aceite que suaviza y el vino que cicatriza. Él me aliviará, estoy seguro” . Evidentemente en estos textos no aparece la palabra reconciliación; pero quién puede poner en duda que el P. Dehon está usando la noción teológica de la reconciliación.

 

En esta reflexión vamos a acercarnos al concepto de reconciliación que tiene el P. Dehon ; en un primer momento veremos las características concretas de ese concepto de reconciliación para terminar deteniéndonos (muy brevemente) en su herencia espiritual.

I. características de la reconciliación

a. origen
Para el P. Dehon es evidente que “desde el primer instante de la Encarnación, el Corazón de Jesús ha ofrecido por los pecadores las gotas de sangre que acababa de recibir del Corazón Inmaculado de su Madre… desde entonces el Corazón de Jesús comienza a ser la víctima de paz y de reconciliación por nuestros pecados” . No cabe mayor precisión sobre el cuándo y el porqué de la encarnación: la reconciliación de los hombres con Dios. Escuchemos de nuevo al P. Dehon: “El amor que hizo descender al Hijo de Dios a la tierra no lo olvida nunca, reina como dueño y señor sobre su humanidad y le inspira todas sus obras y sus palabras” . Y profundizando más en su meditación, tiene unas palabras que nos deben ayudar a comprender la profundidad de su carisma y la razón de la reconciliación: el AMOR; “San Pablo ha dicho: «Me amó y como consecuencia de ese amor, se entregó por mí». Podemos entender esta conclusión y decir: me amó y su amor por mí le ha hecho elegir la pobreza de Belén, los trabajos de Nazaret y las fatigas de su apostolado… los sufrimientos de su pasión y de su muerte. Me amó, y me ha dado su cuerpo y su sangre en la Eucaristía; me ha dado a su madre en lo alto de la cruz; me ha dado su gracia por los sacramentos; me ha dado la luz de su Evangelio, me ha dado su Iglesia como madre, el sacerdocio como apoyo y el cielo como recompensa” .
El P. Dehon piensa que “el amor a Dios y el amor al prójimo son un único mandamiento. Cuando Jesús pronunció su «Ecce venio»… vino al mundo al mismo tiempo por el amor a su Padre y por el amor a los hombres… el amor al prójimo está inscrito en todas las páginas del Evangelio” . Termina con una conclusión que abarca muy bien lo que él entiende como origen y como fin de la reconciliación: “¿no será sobre la caridad con el hermano la materia sobre la que seremos juzgados? «Porque tuve hambre y no me distéis de comer, tuve sed y no me distéis de beber…»

b. ministerio de la reconciliación
Es significativo que el P. Dehon señale que la gran misión del Apóstol y de todos los propagadores del Evangelio sea la de realizar el ministerio de la reconciliación (2 Cor 5,18), cooperando a extender a todos los hombres la obra ya completa del Padre y de Jesucristo. Al menos así se desprende de su meditación del 4 de septiembre de su libro “El año con el Corazón de Jesús”, que reflexionando sobre la institución del sacramento de la penitencia leyendo Juan 20, 19; teniendo de fondo 2 Cor 5,14-16,1, escribe: “San Pablo calificó bien el misterio apostólico y sacerdotal, es el misterio de la reconciliación. Cristo ha reconciliado el mundo con su Padre por el sacrificio de su vida, pero para aplicar los frutos de este sacrificio nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Esta palabra la pronuncian los apóstoles y los sacerdotes en la predicación y en los sacramentos del bautismo y de la penitencia. Insiste el P. Dehon, escuchemos al gran apóstol: desde el momento que uno pertenece a Cristo llega a ser nueva criatura: el pasado no existe, todo está renovado (2 Cor 5,17)…Pero no hay que olvidar que todo esto viene de Dios, que ha reconciliado a los hombres consigo en Jesucristo, no imputándoles más sus pecados y poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación” . Para el P. Dehon está claro cual es el designio de Dios: “somos embajadores de Cristo, como si Dios exhortase por medio de nosotros” (2 Cor 5,20); no olvidando que la acción principal es siempre de Dios y que al mismo tiempo la reconciliación ha acontecido ya objetivamente en Cristo; pero que su aplicación histórica, sucesiva en el tiempo, se realiza por medio de los Apóstoles y de todos los propagadores del Evangelio, colaboradores de Cristo y animados por el Espíritu.

 

c. dimensión de la reconciliación
Para el P. Dehon la reconciliación que Jesús de Nazaret nos trae va más allá del perdón de los pecados, actúa también sobre las consecuencias del pecado. Con la reconciliación Jesucristo quiere salvar al hombre entero, en cuerpo y alma, devolviéndole su dignidad perdida. “El Corazón de Jesús manifiesta su piedad en cada paso del Evangelio. Llora sobre Jerusalén, su patria, que rechaza todas sus preocupaciones de amor. Libera a los poseídos de la tiranía del demonio. Sana a los ciegos, a los sordos, a los cojos, a los leprosos. Tiene piedad de las familias donde la enfermedad y la muerte han causado un gran dolor. Tiene piedad de todo el pueblo, de esta masa de gente oprimida por injusticias innumerables que no encuentra ni caridad, ni compasión. Pero su piedad no es estéril: actúa, consuela, asiste, sana y quiere que nosotros hagamos lo mismo” . Impulsado por el deseo de la realización efectiva de la reconciliación, insiste fuertemente en el compromiso de lucha y construcción de un mundo donde “la justicia y la caridad, la misericordia hacia los pequeños, los humildes y los que sufren” sea algo más que pura teoría; para llegar a una decidida recomendación, poniendo en boca del Sagrado Corazón esta obligación: “te pido que te dediques a todas las obras que se ocupen de la justicia y de la caridad, para que las animes y las ayudes. Favorece todas las instituciones que deben contribuir al reino de la justicia social y que deben impedir la opresión de los débiles por los poderosos” .
El P. Dehon ve en la misericordia uno de los elementos más característicos de la reconciliación, porque es “esta misericordia, esta compasión la que le arranca este grito: « ¿por qué queréis morir, hijos de Israel?…. volved a mí y viviréis» (Ez 18)… Su misericordia brilla en sus gestos con la Samaritana para convertirla, en el perdón a la Magdalena, a San Pedro, al buen ladrón, en la oración que hace en la cruz por sus verdugos… tiene piedad con la gente que le falta el pan, llama a todos los que sufren para aliviarlos” .
La reconciliación, como toda la vida espiritual, para el P. Dehon, tiene sólo un elemento imprescindible el amor y éste “sólo tiene un método, seguir los impulsos de la gracia que nos lleva a amar. Sólo una práctica a seguir, amar en todo momento, en todo lugar, en toda situación […]. Uno sólo es el motivo, amar porque Él nos ama; uno sólo es el fin, amar por amar” .
En este año sacerdotal no podemos resistirnos a citar unas palabras que el P. Dehon escribe en la meditación número 28 de su libro El corazón sacerdotal de Jesús y que fácilmente nosotros podemos leerlas en clave de reconciliación: “¡Oh, sacerdotes! Entregaos a las obras de apostolado, tanto a las antiguas como a las nuevas. Ayudad a la prensa popular. Favoreced los círculos de estudios, las conferencias, los retiros que forman los apóstoles. Id al pueblo por el método apostólico, unido al método administrativo. Id al pueblo por medio de la reivindicación de la justicia y del derecho a su favor. Id al pueblo favoreciendo sus intereses, sus ocios honestos. «En lo referente a la fraternidad, dice San Pablo a los Tesalonicenses (4,9), no necesitáis que os diga nada, ya que habéis sido instruidos por Dios para amaros mutuamente” .

II. la herencia del P. Dehon

Siendo fieles a la herencia espiritual del P. Dehon, “ayudados por la gracia de Dios, queremos dar un testimonio profético, mediante nuestra vida religiosa, comprometiéndonos sin reserva para el advenimiento de la humanidad nueva en Jesucristo” . Este futuro esperanzador de la nueva humanidad pasa por el “puro amor”, siendo profetas y servidores, al servicio de la reconciliación:

a. por puro amor
Más allá de las contingencias históricas, culturales, de las expresiones devocionales, del lenguaje, necesariamente caducas, el mensaje vital del P. Dehon (que es también nuestro al participar en el mismo carisma) es el mensaje de reconciliación, expresado por San Pablo: “el amor de Cristo nos apremia…. Somos, pues embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!”(2 Co 5,14.20). Esto nos lleva a trabajar por la reconciliación en el amor de los hombres con Dios y entre los hombres como hermanos. Todo en Cristo y por Cristo.
Ayudados con unas palabras de Juan Pablo II: “Sabemos que tal reconciliación (“vertical” hombre- Dios; “horizontal” los hombres entre sí; dice el texto unas líneas antes) entre ellos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para vencer al pecado, restablecer la alianza con Dios y derribar el muro de separación” ; es importante que recordemos que esta dialéctica de la reconciliación, que es la misma de la reparación, y al mismo tiempo de la caridad misma, claramente puede conservar en nuestro apostolado su verdadera dimensión reconciliadora. Para el P. Dehon, su acción social no podía y no debía ser sino un “sacramento”, en cuanto signo visible y eficaz, de su amor a Cristo en respuesta a su amor por él “me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20), y en la comunión a su amor al Padre. Lo que caracteriza, por lo tanto, nuestro apostolado social “para la reconciliación de los hombres entre ellos” es “ver en el Costado abierto del Crucificado el signo de un amor que vuelve a crear al hombre según Dios” .
El P. Dehon opinó siempre que el elemento esencial de la devoción al Sagrado Corazón era la “correspondencia de amor” (retour d´amour). No se puede honrar un Amor desestimado más que amándolo hasta el colmo, “de todo corazón” . De aquí la importancia que el P. Dehon atribuye al puro amor, sin contaminaciones quietistas. Por eso el amor sólo es puro cuando es desinteresado. El P. Dehon era consciente de que el amor puro era el alma de la reconciliación de amor de los hombres con Dios y entre ellos en Cristo, dejemos que sea él mismo el que nos lo diga con motivo del examen especial sobre nuestra vocación: “¿He procurado con verdadero esfuerzo hacerlo todo por amor al corazón de Jesús o no he obrado más bien por darme gusto a mí mismo o por amor de las criaturas?” .
Para el P. Dehon la base de nuestra vocación está en el “conocimiento y horror al pecado…El pecado exige reparación… Jesús realiza la reparación y quiere que a su imitación yo la realice sufriendo, mediante una vida de sacrificio y de inmolación” .

b. profetas y servidores
“El P. Dehon espera que sus religiosos sean profetas del amor y servidores de la reconciliación… comprometidos con Cristo, para remediar el pecado y la falta de amor en la Iglesia y en el mundo” ; este binomio, profetas y servidores, corresponde, en cierta manera, a otra fórmula muy conocida por nosotros: en espíritu de amor y de reparación. Los dos términos están unidos para significar una única realidad: el movimiento de un amor reconciliador. Podemos precisar un poco más esta idea recurriendo a nuestras Constituciones: “nuestro amor, que nos hace participar en la obra de la reconciliación… sana a la humanidad… para la Gloria y el Gozo de Dios” .
Es verdad que este binomio (profetas del amor y servidores de la reconciliación) no está literalmente en sus escritos, al menos que sepamos, pero estamos seguros de que el P. Dehon estaría contento de aceptar como propio este término de profecía de amor, porque recoge, a nuestro modesto entender, la expresión más profunda de su pensamiento y de su voluntad, en plena fidelidad a su proyecto como fundador.

c. al servicio de la reconciliación
Por esta fórmula (al servicio de la reconciliación), recogida en el número 25 de nuestras Constituciones, podemos definir y caracterizar nuestra participación en la misión de la Iglesia y el “servicio de la misión salvadora del Pueblo de Dios en el mundo de hoy” por la “cooperación a la obra redentora de Cristo en medio del mundo” , siendo éste un elemento integrante de nuestra comprensión de la reconciliación.
Según nuestro carisma, la reconciliación sólo puede ser vivida: “en acto y en verdad” (solidaridad efectiva dice nuestras constituciones en el número 29) como “una respuesta al amor de Cristo por nosotros y en comunión con su amor por el Padre” . Y además, siendo conscientes de que este servicio de reconciliación necesita renovarse constantemente y “rehacerse” permanentemente en la eucaristía que “nos consagra a Dios y nos envía sin cesar por los caminos del mundo al servicio del Evangelio” .

Valentín Pérez Flores scj
 

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