Rico Epulón – Pobre Lázaro

parabola Epulón

DOMINGO 26 º – C

Para explicar que no se puede servir a Dios y al dinero, Jesús propone la parábola del rico (sin nombre, al que le hemos venido en llamar Epulón) y del pobre Lázaro. Una parábola que juega con una asimetría en esta nuestro tiempo histórico que se cambia totalmente en el tiempo después de la muerte.

De la parábola destacamos:

Jesús utiliza los parámetros mentales de su época. Después de la muerte se va al “Seno de Abraham” o al “infierno”. El Seno de Abraham es la casa del Padre entrañable y el infierno es el lugar de la soledad y la asfixia.

El rico no va al infierno por ser rico. Va al infierno por no haber visto en el pobre de su puerta a un hermano, a una persona con valía propia. El rico ha vivido para sí, sin abrirse a los demás y desentendiéndose de la realidad social.

El pobre no va al cielo por ser pobre sino porque Dios se duele de su situación, se abaja hasta él y lo rescata e introduce en su casa, en el Seno de Abraham. Los preferidos de Dios son los pobres porque son los que sufren la agresión egoísta de sus hermanos. Dios humilla a los soberbios y enaltece a los humildes.

Abraham trata como hijo al rico. Acepta que le llame Padre y le llama “hijo”. Y sin embargo no cambia la situación. No puede cambiarla. Estamos diciendo que no vale el título de “hijo de Abraham” para salvarse, como creían los fariseos. La salvación no es o llega a título de nada. Podemos decir “Señor, Señor” y él puede decir, en verdad, no os reconozco. Además la salvación se fragua con nuestras actitudes y opciones en nuestra vida. El juicio no es capricho de Dios sino que es consecuencia de lo que hemos construido y vivido.

El rico no cambia ni en el más allá y sigue pensando que Lázaro está “a la orden” para servirle a él. Lo quiere utilizar en su favor, y finalmente en favor de los suyos. Es un irredento.

Abraham da valor último a la Ley y a los Profetas. Dios ha hablado y su Palabra está recogida en el Antiguo Testamento. Es eso lo que tienen que leer, oír, meditar, escuchar, practicar. Y ahí está clarísimo que Dios se fija en los humildes; que Dios oye el clamor de su Pueblo esclavizado por los Egipcios. El hombre tiene que hacer lo mismo que Dios hace, porque ahí está la vida y la salvación. La vida del creyente no puede permanecer indiferente ante el grito de los pobres y de los marginados, de los perseguidos y de los refugiados. Para solucionar estos problemas, es aquí donde nosotros queremos construir muros infranqueables; abismos que no se puedan saltar. Europa cada vez más se convierte en fortín y en América hablan de levantar un muro que separe fronteras del norte y del sur. Es cierto que los problemas no son de fácil solución, pero lo que no es solución es negar el problema o tratar de aislarlo como si fuera una enfermedad contagiosa. Y son hombres, mujeres y niños que huyen del hambre, de la persecución y de la muerte. Está claro que si abrimos puertas hay que compartir lo que tenemos y en el reparto saldremos perdiendo en posesiones, pero seguro que saldremos ganando en humanidad y fraternidad.

La primera carta a Timoteo 6, 11-10 es un buen vademécum para el itinerante cristiano. Ya el inicio nos afecta: “Hombre de Dios”. Somos propiedad de Dios y a la vez estamos deificados, invadidos de la Vida de Dios, cristificados o espiritualizados. Somos Hijos de Dios.

En consecuencia hemos de practicar la Justicia, la fortaleza, la fidelidad de Dios. Obrar como Dios en favor del otro. Eso significa practicar la piedad (sabernos hijos amados y vivir como hermanos), la fe, la paciencia, la delicadeza, el amor. Guarda el mandamiento. El mandamiento es la fe, pero también el mandamiento es “Amarse como Jesús nos ha amado”. Y ahí no caben componendas ni divisiones. Amar hasta dar la vida por el otro. Y la vida es mucho más que el alimento o el vestido. Compartir el alimento y el vestido es guardar el mandamiento.

La parábola del Evangelio termina diciendo que aunque resucite un muerto, si no queremos creer no creeremos. Cristo ha resucitado y es el vencedor de la muerte. Es el camino, la verdad y la vida. Nosotros tenemos al Viviente que ha traspasado los umbrales de la muerte.

Él es el que nos invita y exhorta a vivir como Él vivió y así encontraremos el camino cierto que lleva a la Vida Eterna.

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