Saludo del P. Heiner Wilmer a la Familia Dehoniana

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Queridos hermanos,

queridos miembros de la Familia Dehoniana,

como sabéis el Papa Francisco me ha nombrado obispo de la Diócesis de Hildesheim en Alemania. Esta llamada me cogió con por sorpresa, siendo del todo inesperada. Esto ha supuesto para mí un giro radical, al igual que para la entera comunidad de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús. Ha llegado, por tanto, el momento, con la confianza puesta en Dios, de la despedida. Los días pasados, con este cambio han estado llenos de pensamientos contradictorios, sean del pasado y de cara al futuro. ¿Qué hemos puesto en marcha como Consejo General en estos tres años? ¿Qué puedo llevar conmigo a la Diócesis de Hildesheim, en Alemania?

Tiempo de siembra

Cuando, después de nuestra elección, acaecida durante el Capítulo General, en el otoño del 2015, nosotros como Consejo General escribimos una Carta programática, en la introducción os proponíamos la figura de Abraham como el que nos tendría que haber acompañado en nuestro camino de cambio y renovación. En él veíamos la imagen que nos tenía que inspirar en esa dinámica. Hoy leo este requerimiento de Dios con otro prisma. Por ello, deseo citar de nuevo la cita de aquella carta: «“Deja tu tierra, si puedes”. ¡No!, no fue así como Dios se dirigió a Abraham. Dios no dijo “si puedes”. Al contrario, Dios fue muy claro, directo y sin posibilidad alguna de malentendido: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1). Sin ninguna demora, sin dudarlo. Este era el plan de Dios y no eran los planes de Abraham. Una nueva vida, una nueva felicidad, una nueva existencia vivida bajo la bendición y en plenitud: para él y para los demás. Abraham es el creyente que se deja dar forma a partir de Dios, que tiene el coraje de ponerse en movimiento y convertirse, él mismo, en una bendición para los hombres y las mujeres (Gn 12,2), que son incalculables como las estrellas del cielo y la arena del mar».

Os propusimos tres núcleos programáticos que nos indicaban la ruta del ritmo de nuestro ponernos en camino: la formación, o sea el formarse y los recorridos formativos; la nueva evangelización y el anuncio; el vivir con los pobres.

Enumerar todos los puntos y los aspectos de los que nos hemos ocupado como Consejo General excede de las intenciones de esta carta. Permitidme, sin embargo, a modo de saludo, señalar aquellos temas que han sido personalmente importantes para mí en el trabajo conjunto del Consejo General. Por otra parte, es natural que su plena realización no se ha logrado todavía y está en proceso todavía. Ciertamente, también pongo atención en lo que se ha logrado hacer de forma positiva y de todo aquello que se ha alcanzado. En todo caso, no se trata de alcanzar resultados vertiginosamente sino de seguir poniendo en marcha los procesos. Lo que verdaderamente nos salió de dentro, en un mundo tan complejo, fue presentar y posibilitar los desarrollos, cuyos resultados se verían más allá del término de mi mandato como Superior General, o tal vez más allá del tiempo de mi propia vida. Se trata, por tanto, del tiempo de la siembra y no del tiempo de la cosecha.

Formación

Para nuestro Fundador, el P. Dehon, formación y educación, la dedicación con los jóvenes, tuvo un sentido central y esencial. Para él no se trataba de un compromiso caritativo sino más bien de un empeño político. Dehon afirmaba, en efecto, que si se quiere solucionar desde el fondo de la raíz una situación problemática y precaria, sin limitarse a mediar de forma puntual, entonces el mejor medio es poner a las mismas personas en condición de poderse liberar de esas situaciones.

Nosotros, los Dehonianos nos tenemos que formar y posicionarnos, en el tiempo actual, al modo y argumentación del Fundador. Por este motivo, ayudados por el cotejo con los superiores y los formadores, hemos dado principio y forma al impulso y desarrollo del «año apostólico”, recogido en nuestra carta programática. Cada hermano, en la medida de lo posible, tiene que pasar un año en un país extranjero, con una lengua que no sea la materna, en una cultura desconocida, para colaborar en un proyecto social. De ello, hemos estado completamente convencidos: no se puede hablar del extranjero sin haber hecho experiencia, en primera persona, de algo que nos es extraño, de haber sido nosotros mismos extranjeros en lugares de vida que no son los nuestros. Y es aquí donde vuelven a la mente las palabras del P. Dehon: si quieres amar a alguien, tienes que conocerlo. Si quieres conocer a alguien, tienes que ir a él. Con ello, él entendió que nosotros tenemos que tomar en serio el aspecto corpóreo de la idea. Para amar nos tenemos que identificar con los otros. En la misma línea se expresa nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, cuando afirma que «la realidad es superior a la idea», (EG 233).

El 14 de marzo de 2018, con ocasión de la memoria del cumpleaños de nuestro Fundador, dio comienzo en nuestra Congregación el «Año del Corazón herido». Estábamos convencidos de que el costado traspasado de Jesús sería el icono del siglo XXI. Ello es la imagen de las fragilidades y las heridas de nuestro tiempo. El corazón abierto de Jesús abarca y acoge todas las heridas físicas y psíquicas, también las nuestras. Tomarlo seriamente, exponerlo abiertamente, significa cuidarlo y cicatrizarlo -de manera humana-, como encargo de comprensión, con una disposición empática. De esta forma, hemos llegado a la convicción de que su vida, en la dedicación reseñada hacia los hombres y las mujeres quebrantados, sólo pudo ser auténtica si yo mismo veo y soy capaz de acoger mi fragilidad, mi corazón herido.

Nueva evangelización y anuncio

Desde el principio nos han inspirado las palabras de Jesús: «id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Es justamente cuando el propio P. Dehon nos conmina a llevar a cabo el «¡Salid de las sacristías!». Para nuestro carisma ello significa abandonar los lugares confortables, tranquilos, para acudir a los hombres y a las mujeres delante, de los que somos deudores del anuncio de la buena noticia. Siempre me ha espoleado una frase de Joachim Wanke, que fue mucho tiempo obispo de Erfurt: «qué una Iglesia no crezca, puede suceder. Que una Iglesia no quiera crecer, sin embargo, es completamente intolerable» (Tiempo de siembra 2000).

Como Consejo General hemos decidido también escrutar nuevas fundaciones y estudiar la posibilidad de ponernos en camino hacia nuevos lugares. Entre estos, Nigeria y Kenia, Colombia y México, Hong Kong; y también deseamos dar nuevos pasos en Europa. Igual que el apóstol Pablo que orientó su actividad misionera en grandes ciudades (Corinto, Colosas, Tesalónica, Atenas y, por último, Roma), así nosotros queremos también dar una particular atención en las ciudades y -en ellas- especialmente, por ejemplo, a las universidades, y en consecuencia a los jóvenes. Queremos acompañarlos y sustentarlos en los años en que se preparan para la asunción de responsabilidad en la sociabilidad humana. En esta primera fase de estudio con miras a las nuevas fundaciones, no habíamos determinado todavía cuáles serían los sitios factibles en este momento; corresponderá al próximo Consejo tomar una decisión al respecto, después de esta fase de búsqueda y sondeo.

En este marco se incluye también la intención del Consejo General saliente de dedicar una nueva atención a la pastoral vocacional. Misión hacia el exterior y hacia el interior, ésta es la palabra clave. La evangelización comienza en nosotros mismos. Un antiguo dicho nos recuerda que de la ‘abundancia del corazón habla la boca’ (ex abundatia cordis os loquitur). Si queremos estar a la altura del mandato sobre el anuncio que nos ha dado Cristo, entonces la superabundancia del corazón nos tiene que conducir y dar forma. Lo hemos expresado sintéticamente en el lema de nuestra misión: open heart and mind!

Ello nos conduce a dedicar una mayor atención a la comunicación, a nuestra forma de hablar, al diálogo con otras religiones, especialmente con el Islam. La comunicación no es solo un medio de interacción, sino que tiene un valor y un significado en sí mismos. Dios mismo es la comunicación tout court (a secas), palabra que nos lleva a: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1).

La dedicación hacia los pobres

El Papa Francisco acuñó la expresión de que la Iglesia es como «un hospital de campaña». «No tengáis miedo de ensuciaros», a esto nos exhortan sus palabras. Precisamente en este mismo sentido, el P. Dehon nos insta a ir donde está el hombre en la angustia de la vida. Por esta razón, hemos dedicado cada año de nuestro Consejo General a una de las siete obras de misericordia: en 2016, el dar cobijo al forastero; en 2017 alimentar al hambriento; y en 2018 visitar a los cautivos. Incluso, nos comprometimos a ofrecer posibilidades económicas para lograr todo esto e involucrar a los voluntarios en lo que hacemos en este terreno.

No puedo llegar a los pobres, en la distancia, con solo el deseo interior, sino con la disposición de estar dispuesto a vivir con ellos y si solo veo y acepto mi propia pobreza. Llegar a conseguir esto significa percibir y conocer a los demás en igualdad de condiciones. Los pobres no son principalmente el objeto de nuestra ayuda y nuestra dedicación, sino que son nuestros maestros en el aprendizaje. Ellos nos enseñan a ser más humanos.

Comprendimos las corrientes migratorias globales de estos años como un «signo de los tiempos» (GS 4). Lo que la industrialización significó para el P. Dehon y para la fundación de nuestra Congregación, para nosotros lo son los grandes movimientos migratorios y los de los refugiados de nuestro tiempo. Pensamos que para nuestro Consejo General esto era muy importante y que podría confluir en todo nuestro pensar y hacer.

¿Qué me llevo?

De mi predecesor, como Superior General, el P. José Ornelas Carvalho, he heredado una placa de latón sobre la que están inscritas las palabras de Michelangelo Buonarrotti, estando en edad ya avanzada: «I’m still learning» (todavía estoy aprendiendo). Aprender, aprender, es algo esencial en mi vida como estudiante, como docente, como sacerdote y, por último, como superior. Estoy seguro de que también lo será como obispo. Quisiera subrayar, en particular, tres dimensiones:

Dios está en el centro. ¡Desde este centro, que es Dios, quiero ir hacia los hombres! No quiero permanecer parado con la pregunta de si Dios existe. Sobre mí mismo he experimentado la transformación existencial de esta cuestión: si Dios existe y yo creo en él, esto cambia toda mi vida y mi modo de vivir. Y es en este momento cuando entran en juego otros interrogantes más acuciantes: ¿qué cambia en mí la fe? ¿Cómo me hace la fe pensar, sentir y actuar de modo diferente?

Las personas están en el centro, no las instituciones. Esto se debe a que Dios mismo pone al hombre en el centro, haciéndose hombre en Jesucristo. Dios muestra su absoluta empatía con hombres y mujeres y entrega su corazón a la humanidad. «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre […]» (Flp 2,5-7).

– Y por último: nuestro papel en el afán de Dios con los hombres al dirigirse a ellos. Como pastor, ¿de qué manera puedo acompañar a otros en su recorrido a través de la vida? ¿Cómo puedo acompañar al otro para que pueda hablarme de Dios? ¿Cómo puedo ayudar a hombres y mujeres para que puedan encontrar apoyo y morada en Dios que es único?

Me llevo a Hildesheim la conciencia, madurada con el tiempo, de que el lenguaje es decisivo para el anuncio. Del Dios viviente debemos hablar de manera plena y viva. Esto es imposible con sustantivos y definiciones estáticas, solo lo es con verbos activos, con imágenes que hablan, con comparaciones que saben expresar los movimientos de la vida. De esta manera, logramos tener una intuición de la sensibilidad de Dios.

Jesús nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra … vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13). No plantea condiciones (si sois mejores, entonces os convertiréis…), y no formula un presagio (deberíais ser la sal de la tierra…). No, Jesús dice: así como sois, sois luz y sal. El indicativo viene antes del imperativo, la palabra que conforta está por delante de la que exige, ¡la promesa antes de la comunicación! Y luego: la presencia viene antes que la representación y la delegación. La proximidad es beneficiosa, puede salvar y cuidar, no hay nada que pueda ocupar su lugar. La presencia es la cumbre.

Por último, y no menos importante, me llevo el tesoro de la contemplación conmigo. Somos una Congregación de vida activa, e incluso como obispo me mantendré activo, tendré que serlo. Pero es bueno, tanto para nosotros como para los demás y la comunidad eclesial, cultivar la gran tradición de las órdenes contemplativas, dar espacio al silencio. Para nosotros Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús la adoración eucarística es un momento fundamental, si queremos detenernos, sin palabras, ante el que es el más grande. La adoración contemplativa es el único antídoto contra la adoración del yo. Este pedacito de pan eucarístico es el antídoto contra la adoración del yo que se hincha solo de sí mismo. El que se vanagloria por encima de los demás, pierde el contacto con las cosas de la vida. Ese se aparta de la cotidianidad humana. En otras palabras: la contemplación eucarística me devuelve al terreno de la vida cotidiana. La adoración nos arraiga en el día a día de todos.

En mi despacho de Roma, que ahora dejo, miro una imagen de Caravaggio: el encuentro entre Jesús y Tomás. El discípulo crítico y dudoso que coloca sus dedos en la herida abierta del Resucitado. Tomás empuja el peritoneo como si quisiese levantar un velo para mirar a otra realidad. Durante tres años, esta copia de la pintura, que se encuentra en el Museo de Potsdam, me ha acompañado día a día. ¿No se ha opuesto siempre el cristianismo al mundo en que la realidad estaba subordinada a la idea, a lo corporal con toda su fragilidad al ideal? Aunque dejaré esta imagen de Caravaggio colgada, aquí en Roma, me acompañará a Hildesheim porque está incorporada intensamente dentro de mí.

Con agradecimiento

Echo de menos las palabras para expresar de manera adecuada lo agradecido que estoy por los casi cuarenta años de vida en la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, en la Familia Dehoniana, que para mí ha sido una escuela de vida. Sigue siendo la escuela a la que todavía puedo asistir, aunque ahora me marcho a la Diócesis de Hildesheim.

Gracias a los hermanos del Consejo y de la Curia General por su maravillosa colaboración en estos tres años. Me he enriquecido mucho personalmente.

Gracias al Colegio Internacional de Roma por la gran comunidad formada por más de 60 hermanos de 20 países diferentes y cuatro continentes.

Gracias a todos los hermanos del mundo por la cooperación tan fraterna y creativa en el vivir el carisma del P. Dehon y hacerlo florecer posteriormente.

Gracias a la gran Familia Dehoniana, a los amigos y grupos que viven con nosotros y comparten el carisma de nuestro Fundador.

Gracias a los muchos colaboradores y colaboradoras de todo el mundo, con quienes llevamos a cabo proyectos, hombro con hombro, y caminamos juntos en la vida.

Gracias a los innumerables amigos, simpatizantes, benefactores, que nos apoyan y nos acompañan con sus disposición, oraciones y apoyo económico.

En nombre de todos, quiero expresar un agradecimiento especial a todos el Consejo General que me ha acompañado en este servicio de discernimiento y de gobierno.

Es bueno ver cómo nuestra Congregación está siendo vitalista durante estas semanas, con qué capacidad el Consejo General está preparando el próximo Capítulo General, con qué confianza en Dios y, en este tiempo que se abre ante ellos, la confianza con que los hermanos miran hacia adelante. Y es bueno ver cómo vivís el Sint Unum en un profundo espíritu de comunidad.

Estoy plenamente seducido por el hecho de que todos somos conducidos y llevados.

Tengo necesidad de la belleza de la palabra bíblica. Creo firmemente en la fuerza de la oración. Y así os saludo con todo el afecto, libre de corazón y unido en la oración.

En el día de Pentecostés

Roma, 20 mayo 2018

P. Heiner Wilmer SCJ

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