Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

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Esto es mi Cuerpo; Esta es mi Sangre

La fiesta del “Corpus” fue instituida en el año 1200 para marcar con fuerza la presencia real del cuerpo y de la sangre de Jesús en las especies del pan y del vino consagradas en la celebración eucarística. PRESENCIA REAL Y VERDADERA del Señor Resucitado en el pan y el vino ofrecido y consagrado. Santo Tomás ante el pan y vino consagrado dice que los sentidos “fallan” y que no nos informan de la realidad ahí presente. Dice que la fe debe prestar el suplemento necesario para descubrir en las especies del pan y del vino el cuerpo y la sangre del Señor. Santo Tomás añade que el Señor Jesús es digno de todo crédito y sus palabras no pueden engañarnos. Él afirma que “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre” y por lo tanto debe prestársele el obsequio de los sentidos y admitir totalmente lo afirmado por Jesús que, siendo Dios, no puede ni engañarse ni engañarnos.

La Iglesia, en Trento, afirma solemnemente que por la consagración eucarística el pan y el vino dejan de ser pan y vino y son realmente el cuerpo y la sangre del Señor. Permanecen las “especies” del pan y del vino, pero en el pan y el vino se ha dado una transustanciación. Siguen las especies, pero la sustancia ahora es no la del pan  y vino, sino la del cuerpo y la sangre del Señor.

Lutero dará otra explicación a la presencia de Jesús en la eucaristía (empanación o consustanciación) y en la modernidad hay tentativos de explicar este acontecimiento desde la “transfinalización” y desde la “escatologización” del pan y del vino.

Personalmente digo que todas las teorías tiene su “aquel” y ayudan a enriquecer el acontecimiento, pero la razón última sigue siendo la de Santo Tomás de Aquino que no es otra que la de fiarse de la palabra pronunciada por Jesús en la última cena. Mc 14, 12-26 nos recuerda esas palabras de la institución de la eucaristía: “Esto es mi cuerpo”“Esta es mi sangre”. Pan-Cuerpo entregado; Vino-Sangre derramada.

El pan se hace cuerpo o el cuerpo se hace pan. El pan es el alimento base en nuestra cultura. El pan, como símbolo, recoge todo el fruto de la tierra y el trabajo del hombre. Cuantas fatigas para traer el pan a la mesa, pero a la vez cuantos momentos de encuentro, de búsqueda, de familia, de fiesta. Nuestra vida trascurre en torno al pan. El pan nos hace com-pan-ñeros y amigos; nos aúna en familia y nos hace ser de la misma pasta. El pan es nuestro viático. Jesús toma el pan de la bendición en la cena pascual y añade un significado más a todos los que condensaba aquel pan ázimo. El pan nuevo de la tierra nueva y de la vida nueva. El pan pasa a ser sacramento de su cuerpo entregado. Su cuerpo, todo su ser, toda su persona histórica y palpable, una historia y vida que terminaría al ser entregada en favor de muchos para el perdón de los pecados. Y ese pan-cuerpo se nos da para ser comido, para ser asimilado. Quizás mejor decir, para dejarnos asimilar por él; para que seamos transformados en verdadero cuerpo de Cristo entregado por los demás, nuestros hermanos.

El vino se hace sangre derramada. La sangre es la vida y cuando se derrama se pierde la vida. Jesús quiere que el vino de la copa de la bendición sea sacramento de su sangre derramada y la eleva a signo o señal de la nueva alianza. La antigua alianza (Éxodo 24, 3-8) se selló con la sangre del cordero degollado, derramada la mitad sobre el altar y la otra mitad sobre el pueblo. Una comunión de sangre, de vida, entre Dios y su pueblo que lo hace a uno ser del otro y participar ambos de la misma vida. Dios como fuente y señor de la vida y el pueblo como asociado a esa misma vida en pacto de sangre. Ahora es la sangre de Jesús la que es derramada en favor nuestro y nos introduce en la misma vida de Dios. El vino de la copa pasa a ser sacramento de esa sangre derramada por Jesús y se hace bebida de salvación para nosotros. Bebiendo de la copa participamos de la vida de Jesús hasta que él vuelva.

Jesús, en la eucaristía introduce esa dimensión escatológica o de la plenitud del Reino de Dios. Jesús nos espera allí para llevar a plenitud la consumación de la comunión de vida. Aquí y ahora tenemos la eucaristía como viático de comunión con esa vida nueva inaugurada en su Resurrección.

Comer del cuerpo de Jesús y beber de su sangre lleva a un proceso de identificación con Jesús inaudito, sorprendente y enorme. Su misma vida es nuestra misma vida. Lo atisbado y celebrado en el domingo de la Santísima Trinidad es ahora refrendado de forma inigualable. El Padre nos regala y envía a Jesús. Jesús nos entrega su misma vida e invita a comer de este pan para que tengamos la Vida que nos llega de Dios y nos lleva a Dios. El pan y el vino eucaristizados, nos eucaristiza a nosotros, nos hace ofrendas al Padre por medio del mismo Hijo que se hace nuestro en la comida y bebida de su cuerpo y sangre.

San Pablo habla también en términos muy realistas y ratifica que comer del cuerpo y de la sangre del Señor es hacer comunión con Él y con los hermanos. El pan de la eucaristía, el cuerpo de Cristo, es fuente de nuestra comunión con Él y por él, con el Padre. Comunión de Vida; y por lo tanto partícipes de la vida eterna de Dios. La muerte definitivamente vencida.

Y comer del pan eucarístico también provoca la comunión de vida entre nosotros. Es la fuente de la comunidad y el alimento de esta comunión entre los miembros de la comunidad. Todos comemos del mismo pan y nos hacemos uno con ese pan que el cuerpo de Cristo.

Hoy es un día pensado para vivir esta presencia real de Jesucristo en el sacramento de la eucaristía.

Pero no podemos olvidar que comulgar con el cuerpo y la sangre del Señor es comulgar con un “cuerpo” entregado y con una sangre “derramada”.  Al comer este pan nosotros nos hacemos “cuerpo entregado” y “sangre derramada”. Es decir que no se nos da para la fruición mística (que también) sino que se nos da para que nuestra vida sea ofrenda agradable a Dios y sepamos vivir nuestra vida, al estilo de Jesús, dando nuestra vida a favor y servicio por los demás. Todos los demás, pero de forma particular por aquellos que están más necesitados de vida. Hemos de estar al servicio de los pobres, los indigentes, los sin techo, los afligidos por cualquier causa. Hemos de ser pan partido, compartido y repartido a favor de los hombres y mujeres,  nuestros hermanos y hermanas.

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