Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía

Haced esto en memoria mía. Con estas palabras queda sellada la institución de la Eucaristía. La eucaristía es el memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor; es el memorial de la cena del Señor. En la cena del Jueves Santo, Jesús tomó el pan, lo bendijo y lo repartió entre los suyos diciendo: Tomad y comed, que esto es mi cuerpo. Y lo mismo hizo con el cáliz diciendo: tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre derramada por vosotros.

Hacer memoria es algo más que un puro recuerdo. Si solo fuera recuerdo de un acontecimiento pasado sería un fuego fatuo. Para la realidad presente no serviría de nada. Pasaría a los anaqueles de la historia con menor o mayor relieve, pero nada más. Hacer memoria en el memorial es bastante más que eso. Cierto que entramos en el mundo de la fe, pero el mundo de la fe tiene su consistencia particular y no es pura ficción. Para entender lo que es un memorial, suelo poner el ejemplo de la celebración de un cumpleaños. Ciertamente que celebramos el momento del nacimiento (hace xx años que nací), pero también y sobre todo celebramos que sigo viviendo. Lo que aconteció hace xx años sigue sucediendo hoy. La vida de entonces sigue aconteciendo ahora y con creces. El “ayer” se hace presente “hoy” y sigue su desarrollo. De hecho no nos quedamos en el “hoy” sino que apuntamos al futuro que deseamos sea fructífero en la vida del cumpleañero. ¡Que cumpla muchos más!

La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor. Lo decimos sintetizando en las siguientes palabras.

ANUNCIAMOS TU MUERTE. Digamos que es la mirada al pasado. Una muerte que sucedió hace 2000 años. Una muerte que es ofrenda fecunda. Un cuerpo entregado, una vida entregada, y una sangre derramada por nosotros y por los muchos para el perdón de los pecados y para nuestra salvación integral o total. Esa muerte, esa entrega de sí, esa oblación, ese AMEN de Jesús al Padre, entra para siempre en la zona de Dios y RESUCITA HOY.

PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN. Hoy resucita el Señor. Jesús muere, pero vence a la muerte siendo resucitado por el Padre; y ya no muere más. Jesús es el resucitado, el viviente. Su gesto resurreccional es fuerza que involucra a toda la creación y por lo tanto, hoy, aquí y ahora la resurrección de Jesús es verdadera y eficaz. Acontece en el hoy de nuestra historia. El pan y el vino eucaristizados son el cuerpo y la sangre del Señor resucitado, que hoy se nos da como alimento. Este alimento es el PAN VIVO bajado del cielo. Este pan nos da la misma vida de Dios, que es vida eterna. Tenemos dentro de nosotros esa Vida que ya no muere. Vive para siempre. Vivimos para siempre. Catapultados al futuro que es Dios mismo.

VEN, SEÑOR JESÚS. Es la oración del Maranatha, la oración con la que se cierra el libro del Apocalipsis. Muestra el deseo ardiente de la comunidad de que acontezca la plenitud de la vida y de la Resurrección para todas las personas y para toda la creación. Un deseo que se anticipa también en el HOY de la vida de la comunidad de fe. El pan de la eucaristía es el pan del mañana que comemos hoy. Los tiempos futuros, que son tiempos de plenitud, de alguna manera se hacen presentes en la celebración de la Eucaristía que así se convierte en el GRAN MEMORIAL DE NUESTRA FE.

La fiesta del “Corpus” fue instituida allá por los años 1200 para marcar con fuerza la presencia real del cuerpo y de la sangre de Jesús en las especies del pan y del vino consagradas en la celebración eucarística. PRESENCIA REAL Y VERDADERA del Señor Resucitado en el pan y el vino ofrecido y consagrado. Santo Tomás ante el pan y vino consagrado dice que los sentidos “fallan” y que no nos informan de la realidad ahí presente. Dice que la fe debe prestar el suplemento necesario para descubrir en las especies del pan y del vino el cuerpo y la sangre del Señor. Santo Tomás añade que el Señor Jesús es digno de todo crédito y sus palabras no pueden engañarnos. Él afirma que “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre” y por lo tanto debe prestársele el obsequio de los sentidos y admitir totalmente lo afirmado por Jesús que, siendo Dios, no puede ni engañarse ni engañarnos.

¿Cómo del pan se puede llegar a la realidad del cuerpo de Cristo? ¿Cómo las realidades naturales pueden densificarse de tal manera que lleguen a tener sentidos más profundos hasta cambiar su misma realidad inicial? En las lecturas de hoy podemos asistir a uno de estos procesos de profundización y de cambio en las realidades que se manejan.

En el Deuteronomio 8, 2-14 vemos como del maná se llega a un alimento mayor que el maná.  El maná ya sorprende a los israelitas en el desierto. Su nombre es ya una sorpresa y una pregunta: ¿qué es esto?  La respuesta es que es un PAN regalado del cielo. Es el alimento que Dios os da para que avancéis por el desierto, para que tengáis fuerzas para superar las dificultades del camino hacia la libertad. Pero el pan, lleva a Dios y a su mano protectora y por lo tanto es más importante Dios que el pan. Y este Dios nos da su Palabra y entrega la Ley. El maná será anticipo y sacramento de la Ley y de la Palabra de Dios.

San Juan en su evangelio nos habla de la eucaristía en el capítulo 6. Todo él hace referencia al pan de vida. Es bueno leer el capítulo completo y ver como hay un desarrollo acerca del sentido del pan. Pasa de lo sapiencial a lo simbólico y de esto a lo real de una forma contundente. Sus palabras pronunciadas en el texto leído hoy (Juan 6, 51-59) no dejan lugar a dudas de su realismo. Jesús afirma claramente que “este pan es mi cuerpo” y que el que come de este pan “me come a mí”. El “pan” del desierto (el maná) servía para lo que servía: daba vida, pero esta vida. Todos murieron. El pan de ahora, el pan que es el cuerpo de Cristo es PAN DE VIDA o pan que da la Vida Eterna. Es el verdadero pan bajado del Cielo.

Hoy es un día pensado para vivir esta presencia real de Jesucristo en el sacramento de la eucaristía.

Pero no podemos olvidar que comulgar con el cuerpo y la sangre del Señor es comulgar con un “cuerpo” entregado y con una sangre “derramada”.  Al comer este pan nosotros nos hacemos “cuerpo entregado” y “sangre derramada”. Es decir que no se nos da para la fruición mística (que también) sino que se nos da para que nuestra vida sea ofrenda agradable a Dios y sepamos vivir nuestra vida, al estilo de Jesús, dando nuestra vida a favor y servicio por los demás. Todos los demás, pero de forma particular por aquellos que están más necesitados de vida. Hemos de estar al servicio de los pobres, los indigentes, los sin techo, los afligidos por cualquier causa. Hemos de ser pan partido, compartido y repartido a favor de los hombres y mujeres, nuestros hermanos y hermanas.

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