Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor

El domingo 22 de junio se celebra la fiesta del Corpus.

La fiesta del “Corpus” fue instituida allá por los años 1200 para marcar con fuerza la presencia real del cuerpo y de la sangre de Jesús en las especies del pan y del vino consagradas en la celebración eucarística. PRESENCIA REAL Y VERDADERA del Señor Resucitado en el pan y el vino ofrecido y consagrado. Santo Tomás ante el pan y vino consagrado dice que los sentidos “fallan” y que no nos informan de la realidad ahí presente. Dice que la fe debe prestar el suplemento necesario para descubrir en las especies del pan y del vino el cuerpo y la sangre del Señor. Santo Tomás añade que el Señor Jesús es digno de todo crédito y sus palabras no pueden engañarnos. Él afirma que “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre” y por lo tanto debe prestársele el obsequio de los sentidos y admitir totalmente lo afirmado por Jesús que, siendo Dios, no puede ni engañarse ni engañarnos.

La Iglesia, en Trento, afirma solemnemente que por la consagración eucarística el pan y el vino dejan de ser pan y vino y son realmente el cuerpo y la sangre del Señor. Permanecen las “especies” del pan y del vino, pero en el pan y el vino se ha dado una transustanciación. Siguen las especies, pero la sustancia ahora es no la del pan  y vino, sino la del cuerpo y la sangre del Señor. 

Lutero dará otra explicación a la presencia de Jesús en la eucaristía (empanación o consustanciación) y en la modernidad hay tentativos de explicar este acontecimiento desde la “transfinalización” y desde la “escatologización” del pan y del vino.

Personalmente digo que todas las teorías tiene su “aquel” y ayudan a enriquecer el acontecimiento, pero la razón última sigue siendo la de Santo Tomás de Aquino que no es otra que la de fiarse de la palabra pronunciada por Jesús en la última cena.

¿Cómo del pan se puede llegar a la realidad del cuerpo de Cristo? ¿Cómo las realidades naturales pueden densificarse de tal manera que lleguen a tener sentidos más profundos hasta cambiar su mima realidad inicial? En las lecturas de hoy podemos asistir a uno de estos procesos de profundización y de cambio en las realidades que se manejan.

En el Deuteronomio 8, 2-14 vemos como del maná se llega a un alimento mayor que el maná.

El maná ya sorprende a los israelitas en el desierto. Su nombre es ya una sorpresa y una pregunta: ¿qué es esto? La respuesta es que es un PAN regalado del cielo. Es el alimento que Dios os da para que avancéis por el desierto, para que tengáis fuerzas para superar las dificultades del camino hacia la libertad. Pero el pan, lleva a Dios y a su mano protectora y por lo tanto es más importante Dios que el pan. Y este Dios nos da su Palabra y entrega la Ley. El maná será anticipo y sacramento de la Ley y de la Palabra de Dios.  Conclusión: La Palabra de Dios es un alimento superior al maná; es lo más importante y haya o no haya maná o comida, es con mucho lo mejor acoger esa Palabra de Dios para tener vida y vida abundante. Tenemos pues, como el maná nos lleva a la Palabra de Dios. El verdadero alimento es la Palabra de Dios o Dios mismo y lo otro son sucedáneos que se fundan en el mismo Dios. Quedarse en ellos es perder la sustancia, el verdadero valor de los hechos.

San Juan en su evangelio nos habla de la eucaristía en el capítulo 6. Todo él hace referencia al pan de vida. Es bueno leer el capítulo completo y ver como hay un desarrollo acerca del sentido del pan. Pasa de lo sapiencial a lo simbólico y de esto a lo real de una forma contundente. Sus palabras pronunciadas en el texto leído hoy (Juan 6, 51-59) no dejan lugar a dudas de su realismo. Jesús afirma claramente que “este pan es mi cuerpo” y que el que come de este pan “me come a mí”. El “pan” del desierto (el maná) servía para lo que servía: daba vida, pero esta vida. Todos murieron. El pan de ahora, el pan que es el cuerpo de Cristo es PAN DE VIDA o pan que da la Vida Eterna. Es el verdadero pan bajado del Cielo.

Jesús no tiene miedo de escandalizar y no se echa atrás ante lo provocativo de sus palabras. Jesús empeña su palabra y su autoridad. Fiarse de Jesús, creer en él es creer en sus palabras y realismo.

Comer del cuerpo de Jesús y beber de su sangre lleva a un proceso de identificación con Jesús inaudito, sorprendente y enorme. Su misma vida es nuestra misma vida. Lo atisbado y celebrado en el domingo de la Santisima Trinidad es ahora refrendado de forma inaudita e inigualable. El Padre nos regala y envía a Jesús. Jesús nos entrega su misma vida e invita a comer de este pan para que tengamos la Vida que nos llega de Dios y nos lleva a Dios. El pan y el vino eucaristizados, nos eucaristiriza a nosotros, nos hace ofrendas al Padre por medio del mismo Hijo que se hace nuestro en la comida y bebida de su cuerpo y sangre.

San Pablo (que escribe antes del evangelio de Juan) habla también en términos muy realistas y ratifica que comer del cuerpo y de la sangre del Señor es hacer comunión con Él y con los hermanos. El pan de la eucaristía, el cuerpo de Cristo, es fuente de nuestra comunión con Él y por él, con el Padre. Comunión de Vida; y por lo tanto partícipes de la vida eterna de Dios. La muerte definitivamente vencida.

Y comer del pan eucarístico también provoca la comunión de vida entre nosotros. Es la fuente de la comunidad y el alimento de esta comunión entre los miembros de la comunidad. Todos comemos del mismo pan y nos hacemos uno con ese pan que el cuerpo de Cristo.

Hoy es un día pensado para vivir esta presencia real de Jesucristo en el sacramento de la eucaristía.

Pero no podemos olvidar que comulgar con el cuerpo y la sangre del Señor es comulgar con un “cuerpo” entregado y con una sangre “derramada”.  Al comer este pan nosotros nos hacemos “cuerpo entregado” y “sangre derramada”. Es decir que no se nos da para la fruición mística (que también) sino que se nos da para que nuestra vida sea ofrenda agradable a Dios y sepamos vivir nuestra vida, al estilo de Jesús, dando nuestra vida a favor y servicio por los demás. Todos los demás, pero de forma particular por aquellos que están más necesitados de vida. Hemos de estar al servicio de los pobres, los indigentes, los sin techo, los afligidos por cualquier causa. Hemos de ser pan partido, compartido y repartido a favor de los hombres y mujeres,  nuestros hermanos y hermanas.

Gonzalo Arnáiz Alvarez, scj.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *