Semana de oración por la unidad de los cristianos

El tema de la semana de oración por la unidad de los cristianos en este año es: “Estarán unidas en tu mano”, extraído del texto bíblico de Ezequiel 37, 17, el cual nos ofrece un mensaje de esperanza y unificación.

Ezequiel, profeta y sacerdote, fue llamado por Dios a la edad de treinta años y su ministerio se extendió desde el 594 al 571 a. C en un período histórico caracterizado por fuertes reformas políticas y religiosas. Fue llamado para restituir la esperanza al pueblo de Israel después de la invasión babilónica y la destrucción del templo en el 587 a. C, año en el que fue deportado a Babilonia junto con su pueblo.

En este contexto histórico, durante el quinto año de cautividad del Rey Joaquín, el pueblo se sumergió en el pecado y en la idolatría. Por esta razón Dios les envió un profeta, confirmando su voluntad en dos visiones relacionadas: en la primera se habla de huesos secos que regresan a la vida por obra del Espíritu de Dios, en la cual se deduce un mensaje para unificar al pueblo de Israel disperso en el mundo para volver a ser una nación con vida (Ezequiel 37, 4) y, por medio del Espíritu Santo, encontrar la salvación y una vida espiritual auténtica (Ezequiel 37, 14).

En la segunda visión incluida en el tema de la semana de oración “Estarán unidas en tu mano” Dios le muestra a su profeta dos trozos de madera que simbolizan los reinos en los cuales Israel ha sido dividido. Los nombres de las tribus de cada reino (dos al norte y diez al sur) están escritos por separado en las tablas que luego serán unidas para formar uno solo (Ezequiel 37, 15-23). La visión indica la voluntad de Dios de restaurar la unidad entre Israel y Judea. Dios hizo tres promesas que resumían sus proyectos futuros para Israel: Restauración (Ezequiel 37, 21), Unificación (Ezequiel 37, 22) y Purificación (Ezequiel 37, 23). Estas promesas tienen un cumplimiento perfecto: el pacto de Abraham (Génesis 12), el pacto de David (2 Samuel 7) y el Nuevo Pacto (Jeremías 31).

La caída del pueblo fue la consecuencia del alejamiento de Dios. El pecado de los ídolos y las trasgresiones representan las evidentes divisiones entre nosotros los cristianos de todo el mundo. Los maderos de la cruz de Cristo representan para todos nosotros una señal de reconciliación.

Hoy volvemos nuevamente a la unidad hecha de acciones concretas según el propósito unificador de Dios por medio de su palabra y del sacrificio de Cristo. Somos un solo Pueblo, una sola Iglesia, Dios nos pide con vehemencia que vivamos según sus indicaciones de realizar la llamada que nos hizo en Juan 17, 21: “Que todos sean uno, para que el mundo crea”.

Consciente de la realidad futura, Cristo nos pidió, y aún nos pide, que todos los cristianos busquen y vivan la unidad. Nos corresponde a cada uno de nosotros, independientemente de las responsabilidades que tenemos dentro de la Iglesia, preparar y trabajar de manera que la llamada profética de Cristo de “ser todos uno” alcance su cumplimiento.

Tomemos parte en la invitación de Jesús de amarnos y de ser uno. Vayamos y encontremos a nuestro prójimo, para que reine la comunión y la renovación en nuestros corazones. Tomemos parte en el especial evento que cada año reúne a miles de cristianos: la semana de oración por la unidad.

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