“Señor mío y Dios mío”

DOMINGO 2º DE PASCUA 2016

 

El “Tiempo Pascual” son los 50 días que van desde el día en que celebramos la Resurrección del Señor hasta el día en que celebramos la Venida del Espíritu Santo. Pentecostés sería el nombre del último día de la cincuentena. Un último día que no culmina nada o no completa nada; porque la plenitud o la culminación se dan desde el primer día (la resurrección o pascua) y en el que cada día de la cincuentena (de forma particular en los domingos) se celebra la misma realidad salvífica presente desde el día de la resurrección.  Si el tiempo de Cuaresma es una preparación a la Pascua y ciertamente lleva a un proceso de conversión; “Pentecostés” no tiene momentos de proceso ni de preparación para algo mayor o no acontecido. No la vivimos como tiempo de espera de la venida del Espíritu Santo. Eso sería descafeinar el Tiempo Pascual y devaluarlo al grado de un tiempo funcional. Todo el Tiempo Pascual es la Pascua del Señor. Otra cosa es que para celebrarlo y profundizar en todos sus aspectos, o al menos los más importantes, cada domingo pongamos nuestro foco de atención en alguna particularidad de nuestra Pascua. Insisto fuertemente en esta dimensión de totalidad porque celebrarlo de una manera u otra es bien distinto para la experiencia de fe y para nuestra visión de las fiestas pascuales.

Este segundo Domingo de Pascua tiene además la particularidad de ser la octava de Pascua, o lo que es decir que sigue siendo Pascua de resurrección. El acontecimiento pascual de Jesús lo vivimos litúrgicamente durante 8 días como si fuera el mismo día. Es de tal calibre el acontecimiento de la resurrección del Señor que no cabe celebrarlo en un solo día y por eso se extiende a lo largo de una semana y un día (el octavo día) su celebración.

Porque la presencia del Espíritu del Resucitado está ya presente desde el primer día (y lo vemos claramente reflejado en el evangelio de hoy) durante este tiempo contemplamos los primeros compases del nacimiento y crecimiento de la Iglesia, de los creyentes en Jesús resucitado, leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. En él descubriremos como poco a poco va emergiendo la fe en el resucitado y como va creciendo la comunidad de creyentes en medio de dificultades internas y externas.

Durante todo este Tiempo Pascual la Palabra de Dios girará en torno al anuncio de la Resurrección y sobre el cómo está presente el Resucitado y dónde le podremos encontrar. Creer en la resurrección como la de Jesús, que no era una resucitación como la de Lázaro sino que era un paso más allá de la muerte, no es un tema baladí ni fácil. Los primeros testigos tuvieron sus dificultades y dudas; para los siguientes testigos que somos nosotros es importante despejar dificultades y dudas para creer que Jesús ha resucitado verdaderamente. Nosotros ya creemos sin haber visto, pero es bueno dejarnos sorprender por la Palabra para no caer en la tentación de la increencia o de la irrelevancia de la fe.

El evangelio de hoy (Juan 20, 19-31) es fundamental para contemplar el arranque (empiece) de la fe en el resucitado y es lo que vamos a desmenuzar de alguna manera para tratar de despejar dudas.

El evangelio de Juan termina diciendo: “Estos signos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Esa es la finalidad de todo el Evangelio. No hay que perderlo de vista. Quiere provocar nuestra fe firme en el resucitado para que tengamos vida eterna.

El “octavo signo” que narra Juan en su evangelio es el de la Resurrección de Jesús: el Evangelio de  hoy. Fíjense que la narración trascurre entre el primer día de la semana y el octavo día. Fíjense que el primer día parece no tener fin porque ya se ha puesto el sol y sigue llamándolo el primer día de la semana. Juan está diciéndonos que el acontecimiento resurreccional es de una novedad tan grande que rompe esquemas y fractura el tiempo inaugurando un nuevo tiempo, un nuevo día, una nueva creación. Novedad que no elimina lo anterior pero que lo lleva a tal plenitud que casi podemos estar hablando de otra cosa. Al menos hablemos de una nueva dimensión de esta realidad que se reviste de infinito, se reviste de Dios (El Espíritu del resucitado derramado sobre toda carne) y por lo tanto rompe sus fronteras de finitud y caducidad. Todo está rescatado en el Resucitado.

Una segunda cosa en la que fijarnos es ver que los testigos de la resurrección no eran proclives a dejarse seducir por visiones ni a proclamar fácilmente el acontecimiento de la resurrección de Jesús. Eran más bien reacios a todo esto. Y esa postura es la que da más garantía a lo que nos dirán.  Estaban juntos. Importante el estar juntos para “ver al Señor”.  Jesús tiene la iniciativa de buscarles. No son ellos los que buscan al resucitado. Lo más que llegan es a preocuparse por un cadáver desaparecido. El encuentro con Jesús es lo que provoca en ellos un cambio radical. Una inmensa alegría después de una constatación de que el resucitado era el mismo que había convivido con ellos antes de su muerte. El resucitado les trae la Paz y les da su Espíritu. Podemos contemplar como una nueva creación (ahora es Jesús el que sopla no sobre barro sino sobre hombres miedosos) abre los horizontes de aquellos hombres y les restituye a la dignidad de hijos en el Hijo y les incorpora a la misma misión del Hijo. Son enviados a seguir haciendo lo que el Hijo había hecho. Sanar enfermos, reconciliar a los hombres, perdonar pecados. Algo que no se puede hacer si no se tiene el Espíritu del Resucitado.  Los testigos afirman claramente que han visto al Señor resucitado de entre los muertos. Que se les ha aparecido a ellos y que este encuentro ha supuesto en sus vidas un cambio radical de opciones y perspectivas. Les ha traído la paz, se han visto ensanchados e inundados por su Espíritu y que anunciar a Jesús y creer en Él trae la vida y la salvación con el perdón de los pecados y el triunfo sobre todas las muertes.

Lo sucedido al apóstol Tomás es redundar sobre lo dicho. Solo significar las palabras de Tomás en las que el encuentro con el resucitado le lleva a decir “Señor mío y Dios mío”. Es la afirmación que se espera demos todos nosotros, que sin haber visto al Señor creamos a los testigos que nos lo dicen. Además nos dirán dónde podemos encontrar al Señor Resucitado, donde lo podremos experimentar y gozar. Nunca podremos tener una experiencia similar a los primeros testigos porque no hemos conocido al Señor en su vida terrena. Es algo imposible e irreal para nosotros. Pero sí podremos tener una experiencia bastante semejante a la suya en la interioridad de nuestra vida descubriendo la novedad de vida que la fe en Jesús resucitado opera en todos los testigos que nos han precedido y en tantos otros lugares en los que se hace presente el resucitado. Iremos hablando de ello en los domingos sucesivos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *