Ser discípulo de Jesús

JERUSALEN NAZARET 218

DOMINGO 23º – C

Empezamos un nuevo curso escolar y el Evangelio de hoy (Lucas 14, 25-33) nos recuerda el programa para el curso discipular o el camino del que quiere seguir a Jesús. El evangelista nos dice que a Jesús le seguía mucha gente. Jesús, que no busca aclamación popular, quiere dejar claro ante los que hasta ese momento le siguen, lo que significa ser “discípulo suyo”.

Y sus palabras son claras, chocantes, y no dan lugar a malentendidos. El que quiera ser discípulo suyo debe serlo sin componendas o medias tintas. Ser discípulo de Jesús es una opción radical que reorienta toda la persona y la modifica en su estructura mental de valores y acciones. Seguir a Jesús afecta a toda la persona y a su entorno.

1º. Ser discípulo significa “posponer” (odiar) a padre, madre, hijos e incluso a sí mismo. Un lenguaje extraño o “rompedor”. Seguir a Jesús significa que los valores del Reino de Dios están primero. Quizás sea necesario recordar el primer mandamiento de la Ley. Amar a Dios con todo el corazón. Tiene que quedar claro que no se niegan los valores de la familia, pero se nos invita a trascender esta realidad para llegar a aquello que sustenta estos valores. Dios no se opone a la familia; Dios no se opone a “mí mismo” o a mi persona. Pero si me afirmo a mí mismo negando a Dios, me destruyo. Si afirmo a mí familia, posponiendo a Dios, la destruyo. Estoy fabricando ídolos que me atan y no me liberan.

2º Quién no lleve su cruz detrás de Jesús, no puede ser discípulo de Jesús. Cargar con la cruz, llevar la cruz. A los cristianos se nos acusa de doloristas; cultivadores del dolor y enaltecedores de la cruz. Y tantas veces hemos entendido mal lo de la cruz detrás de Jesús. ¿Acaso Jesús buscó la cruz (la de madera)  y el dolor positivamente alguna vez en su vida? No. Cargar con la cruz de Jesús no significa disciplinarse, poner piedras en el zapato, o pasar hambre para unirnos a los dolores de Jesús. Eso no es cargar con la cruz ni buscar la cruz. Tampoco es el aceptar resignadamente lo que la vida nos trae cada día, aunque eso no esté mal y puede resultar algo bueno si sabemos vivirlo desde la fe. La cruz de Jesús le viene por ser coherente con los valores del Reino. Anunciarlos y vivirlos le llevan a una vida contracorriente, que cuestiona ciertos valores tradicionales al afirmar y vivir la vida desde Dios y el cumplimiento de su voluntad. Jesús reclama y anuncia la igualdad de todos, pero lo hace desde el margen de la sociedad y se acerca a los pobres y a los pecadores. Hay que releer Lucas 4, 16-30, el programa de Jesús, donde desde el inicio Jesús es perseguido y quieren despeñarlo. La cruz le viene a Jesús por su coherencia de vida con el proyecto de Dios. La cruz, la persecución le viene encima, pero sin buscarla positivamente; le viene de rebote porque el Evangelio tiene parámetros de vida distintos a los convencionales.

3º Quien no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Renunciar, posponer, odiar. Los bienes no son valor supremo. Ni siquiera valor principal. Tienen un valor funcional. Nosotros lo hemos hecho valor principal y a veces único y primero. Lo importante en la vida es la economía y hemos construido una economía de mercado que tiene poco de evangélica.

¿Merece la pena vivir, negándose a sí mismo, posponiendo la familia, agarrando la cruz y renunciando a todos los bienes? ¿No es esto una locura? ¿No es mucho mejor vivir tranquilamente sin que nadie me moleste o sin importarme demasiado por las cosas que suceden a mi lado? ¿No se puede ser discípulo de Jesús “a medio gas” o a medias tintas? ¿Será que pone el listón alto para que al menos lleguemos a la mitad?

Creo sinceramente que Jesús habla claro y que no hay rebajas.

El libro de la Sabiduría 9, 13-18 nos dice que nuestros pensamientos y razonamientos, sin Dios, son mezquinos o pobres. No vemos más allá de nuestras narices. Para entender el mundo desde Dios, hay que abrirse a la Sabiduría. Sabiduría que es el Espíritu Santo que se nos regala como Don, pero que hay que aceptarlo y abrirse a él; a la vez que pedirlo. Desde Dios hay nuevas perspectivas, más amplias y más liberadoras.

En la Carta a Filemón, podemos constatar cómo desde Jesús y su Evangelio cambian las perspectivas y actitudes de vida. Vemos como se cambian hasta las relaciones sociales. Un esclavo, Onésimo, pasa a ser hermano querido, pasa a ser persona que tiene valor. La buena noticia del evangelio toca las estructuras sociales que deben llegar a ser fraternas. No cabe la esclavitud ni la diferencia de raza, sexo o religión.

El Evangelio libera radicalmente el corazón del hombre y lo hace libre. Libre de sí mismo y libre para los demás. Libre para construir una ciudad nueva, una sociedad nueva. Hacer esto es tarea y tantas veces lleva consigo el conflicto, la persecución y hasta la muerte. El discípulo de Jesús sabe esto, es coherente con ello y lo abraza y vive hasta las últimas consecuencias.

Hermanos, amigos, hemos de despertar de nuestro letargo y mediocridad y ponernos las pilas para vivir un discipulado que sea sal que sala y luz que ilumina.

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