Servir es reinar

Imagen de Iglesia del Sto. Sepulcro en Jerusalén
Imagen de Iglesia del Sto. Sepulcro en Jerusalén

Cerramos el año litúrgico con la celebración de Cristo Rey del Universo.  Un título rimbombante que le hemos adjudicado a Jesús partiendo de una palabra suya arrancada por Pilatos en el interrogatorio antes de la condena, pero que desde el mismo momento marcó la diferencia con cualquier parecido de este título en este mundo. El título de “Rey” trae a la memoria un conjunto de monarquías absolutas de ayer y de hoy que para nada son modelos de nada. Todo lo contrario. Y si Jesús es “rey” a ese estilo, entonces apaga y vámonos.

Para evitar malentendidos, la liturgia ha elegido unos textos muy concretos para determinar el contenido que la fe de la iglesia quiere introducir en la figura de “Rey” que ella exalta y bendice.

La lectura de Daniel (7,13-14) debemos leerla con la clave indicada en el domingo pasado. Intuye la acción de Dios en la tierra por el Hijo del hombre que restaurará justicia y derecho. Pero no supera los planos de acción de este mundo y de esta historia y al modo de los reinos de este mundo.  Será una  “vuelta a la tortilla” más y serán los judíos los que corten el bacalao.

Es el Evangelio de Juan (18, 33-37) el que nos dará una respuesta exacta de lo que hoy celebramos. En primer lugar afirmar que estamos presenciando el momento cumbre de la vida de Jesús. Estamos en los preámbulos de su pasión y muerte. Que son preámbulos de fracaso total a los ojos del mundo. Y es precisamente en éste momento donde el evangelista afirma la realeza de Jesús y el modo cómo se realiza esa realeza.

Es necesario leer este texto en el contexto de los capítulos 18 y 19 que forman un todo narrando la pasión y muerte de Jesús. En estos capítulos hay dos momentos estelares. El “central” es la coronación de espinas (19, 1). Lo coronan de espinas burlándose de él, y Juan lo está proclamando en ese momento “Rey”.  Es la coronación de un Rey que no es de este mundo. Lo que leemos hoy, el diálogo entre Pilato y Jesús prepara esta coronación y también la “exaltación” o el sentarse del nuevo rey en el trono. Juan hablará de esta entronización o exaltación, justo cuando Jesús es elevado sobre la tierra clavado en la cruz.  La cruz es el trono desde donde reina Jesús. Estas deben ser las claves para entender la realeza de Jesús.

En el texto de hoy, Pilato pregunta o afirma: “Eres tú el rey de los judíos”. Jesús no responde. No es el “rey” esperado como contendiente del poder romano o cualquier otro poder. Jesús no es un sedicioso o revolucionario de espada o puñal. Pilato vuelve a insistir para que diga si o no sin darle muchas vueltas. Y Jesús “da vueltas” para precisar y dejar claro: Que es “Rey”, pero que su “Reino” no proviene de este mundo. Está en este mundo pero no “es de este mundo”; no proviene ni bebe de la estructura de poder que este mundo se ha montado que se basa en la prepotencia y el deseo de poseer, de dominar y de someter. En su “Reino” no hay ejército ni guardaespaldas, los “primeros” son “últimos” y el sometimiento es la gozosa y libre aceptación de la Voluntad de Dios que es Padre providente y misericordioso.

Y Jesús añade: “Tú lo dices, SOY REY. Para esto he nacido y para esto he venido; para ser TESTIGO DE LA VERDAD”.   A Pilatos le basta la primera parte. Lo puede condenar por sedición. La segunda parte ni la entiende ni le interesa; le incomoda (¿Qué es la verdad?) y se marcha displicentemente. Y nosotros lamentamos muchas veces que el diálogo se haya interrumpido aquí. Nos hubiera gustado oír de Jesús una definición de la verdad.  Somos “griegos” y no lo podemos evitar. Nos encanta el razonamiento y la filosofía “lógica”. Otra cosa será que esa “verdad” después pase al corazón. El evangelio al hablar de “testigo de la Verdad” está tocando el corazón y la vida entera de una persona. Jesucristo es la Verdad, o el Testigo de la Verdad porque en toda su persona, toda su vida, toda su historia nos ha desvelado y revelado plenamente el misterio del  Dios Padre – Hijo – Espíritu Santo. Nos lo revela y desvela en la acción de comunicarse, de darse, de entregarse, de abajarse, de servir, de amar.  La “Verdad” se comunica trasvasándose, regalándose, donándose a sí mismo en persona. Nos hace partícipes de la misma VERDAD-VIDA que es DIOS.

El TESTIGO DE LA VERDAD

Expresión máxima de ese “TESTIMONIO” es Jesús en la cruz. El valor máximo del Reino de Jesús es “perder la vida”  entregada libremente y por amor, para que los otros tengan vida en abundancia. Valor máximo en el Reino de Jesús es servicio o hacerse el servidor de todos. El Reino de Jesús apuesta por todo el mundo creado que es don de Dios y tarea del hombre el llevarlo a plenitud. Reino de Jesús será encarnar y vivir las bienaventuranzas. Reino de Jesús será practicar toda justicia y obrar misericordia (Tuve hambre y me disteis de comer….) Reino de Jesús es ser testigos de la Verdad. Y la Verdad es Alguien. La Verdad es Dios, que es Padre que ama infinitamente al Hijo y en el Hijo a los hijos (hombres y mujeres) y todo lo creado. Este Padre nos da el Espíritu (el Amor) para hacernos hijos y capaces de vivir desde ese Amor y como ese Amor.

Nuestra tarea será mostrar el Amor que Dios nos tiene, siendo libres para amar a todos como hermanos. No tener miedo a “perder” porque en Cristo ya hemos sido todos rescatados y resucitados. Vivir desde el quicio del Amor es vivir un poco desquiciadamente porque tantas veces se va contracorriente de aquello que es “políticamente correcto” o que es socialmente admitido como lo más “in” o lo más moderno y progre. Es vivir desquiciadamente porque tantas veces en la vida  apostamos a “caballo perdedor” porque creemos que la persona es el último valor a rescatar y a mantener, aunque se vengan abajo otros valores aparentemente muy respetables. Pero este desquiciamiento es Sabiduría y Gracia desde Dios.

La lectura del Apocalipsis (1, 5-8) es el colofón y la proclamación de la Iglesia primera de quién es para ella Jesucristo: El Testigo fiel, el primogénito de los muertos y el príncipe de los reyes de la tierra. Proclama su vida terrena como testigo, su victoria sobre la muerte y su Realeza después de la ascensión. Es Rey porque antes fue testigo fiel hasta dar la vida por los hermanos.

Como en la liturgia pascual podemos concluir diciendo: Cristo ayer y hoy, principio y fin.   ALFA Y   OMEGA. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

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