Solemnidad de San Pedro y San Pablo

La solemnidad de San Pedro y San Pablo nos presenta el testimonio de dos grandes testigos del evangelio de Jesucristo. A San Pedro le conocemos por ser el Apóstol a quien Jesús escogió para ser el que confirmase la fe de sus demás hermanos, y por lo tanto el que recibe “el primado” del servicio, el encargo de ser el “siervo de los siervos” de Dios. Pongo en sordina lo de “siervos” porque Jesús no nos llama siervos sino amigos. Los sucesores de Pedro en la cátedra de Roma son los que hoy llamamos “Papas” y tienen la misión de presidir en la caridad a todas las Iglesias del mundo.  A San Pablo le conocemos como el Apóstol de los gentiles porque luchó denodadamente toda su vida para llevar la buena noticia de Jesús a los pueblos no judíos. Hoy damos una mirada a las biografías de estos dos Santos para aprender de ellos a crecer en el amor a Jesús de Nazaret.

SAN PEDRO (Mateo 16, 13-19 y Hechos 12, 1-11)

Nace y vive en Cafarnaúm, pueblo de pescadores situado al lado del mar de Galilea. Es coetáneo de Jesús pero no “paisano”. Se conocerán de adultos; quizás en algún encuentro con Juan Bautista. El patrón de Galilea debía ser un hombre de “armas tomar”. Aparece como un hombre honrado a carta cabal, respetuoso con las leyes y tradiciones de su pueblo, buen israelita con tendencia al uso de la “manu militari” para escaquearse del yugo extranjero. Parece discípulo de Juan Bautista, a su manera, y puede que también cercano al movimiento de los zelotas. La llamada de Jesús le sorprende pescando en el lago. Pedro es de los primeros que deja las redes y sigue a Jesús. Pero desde que deja las redes hasta que se “convierte” en seguidor de Jesús parece que van a pasar años. Pero es fogoso y decidido. Lo es tanto que muchas veces quiere ir por delante y corregir al “Maestro”. Este le tiene que llamar en muchas ocasiones al “orden” y hasta le llega a llamar “satán” porque pretende separarle del camino indicado por el Padre. Pedro entiende mucho mejor el “ojo por ojo” que la ley del amor y por eso no deja “el arma o el puñal” en ningún momento y a última hora, en el Huerto de los olivos la sacará para defender al Maestro. Pedro se convierte “in extremis” justo cuando Jesús es llevado al tribunal y cae en la cuenta que ha negado o renegado de Jesús. Se debió encontrar tan desnortado y vacío que no pudo hacer otra cosa que llorar amargamente y a partir de ahí empezar a entender que el camino del perdón y del amor es mucho mejor que el de la violencia y el odio. Quedó desarmado. Ya resucitado el Señor, en el encuentro con Pedro, caminando junto al mar, es el momento culminante de la conversión de Pedro y de su llamada al seguimiento. Jesús le pregunta tres veces por la calidad de su amor y Pedro descubre que es pequeñita esa calidad pero que está ahí, que ama al Señor y que le quiere amar para siempre. Es ahí donde es confirmado como el que puede ser testigo mayor y el que puede aquilatar la calidad del amor de los hermanos. Pedro es constituido ”hermano mayor” y cuidador del rebaño o de los seguidores de Jesús.  Pedro lo hará con cuidado en Jerusalén donde en vez de ser “hijo del trueno”, será el pacificador y el que estará abierto más que nadie a las indicaciones del Espíritu que le hacen abrir puertas a la iglesia en vez de mantenerla encerrada en Jerusalén. Ya anciano le encontramos en Roma, junto a Pablo, donde darán ambos testimonio de la fe en Jesucristo siendo martirizado clavado en cruz, pero cabeza abajo para diferenciarse del maestro de quien no era digno de desatar su sandalia.

SAN PABLO (2 Timoteo 4, 6-18)

Su nacimiento en Tarso le marca en su cultura grecolatina y su estilo de vida ciudadano. Pablo es más joven que Jesús y es posible que no lo conociera en vida, y si le conoció lo fue de forma muy tangencial. Sabemos de él y por él que fue un judío-fariseo intachable. Cumplía la ley y parece que quería hacerla cumplir a los demás a sangre y fuego. Se muestra un hombre de carácter colérico, impulsivo y decidido. Su encuentro con Jesucristo fue en el camino de Damasco. El “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” le dejó literalmente caído del caballo. Caído de “su caballo personal, donde su “Yo” campeaba por sus fueros. Pablo quedó ciego, fascinado por la persona que encontró y empezó a ser “otro Pablo”. Aprendió a conocer más al Señor desde las comunidades cristianas de la diáspora y desde el primer momento puso todo su ser al servicio de la evangelización. Es llamado el Apóstol de los gentiles porque realmente recorrió medio mundo (toda la orilla norte del Mediterráneo: desde Palestina hasta Hispania) para anunciar que Jesucristo es Señor. 

Pablo anuncia el Evangelio de la Gracia. Pablo antes de conocer al Señor, se considera un hombre intachable, un hombre justo. Y por lo tanto se considera merecedor de las promesas. Él ha cumplido con el pacto y Dios tendrá que cumplir con el suyo. Doy para que me des. Dios no se nos da sino que lo merecemos. Pablo cambia cuando descubre que es Dios el que ha decidido amarnos desde toda la eternidad y que por eso nos regala al Hijo para que tengamos vida eterna.  No merecemos a Dios sino que él va por delante y nos ama, aunque seamos pecadores. Nos ama preventivamente y nos ama con locura. No hay que hacer nada para “merecer” a Dios. Él se nos regala. Este es su evangelio. Que Dios es Padre que nos ama; que Dios nos entrega al Hijo, que cubre y paga por todos nuestros pecados; que Dios ha resucitado a su Hijo Jesús de la muerte y que en Cristo, todos hemos resucitado ya.

Para San Pablo la Gracia es Dios mismo; es el Padre, es el Hijo, es el Espíritu Santo. La GRACIA ES ALGUIEN y no algo. La Gracia es el amor de Dios que nos envuelve y nos hace ser otros cristos, nos hace ser hijos en el Hijo, nos hace que ya no seamos nosotros (yo) sino que sea Cristo mismo el que vive en nosotros. Y por lo tanto hombres nuevos, ciudadanos libres para el cielo, hermanos unos de otros y caminantes hacia el “Ser con Cristo = cielo”, pero que a la vez hemos de ir haciendo camino en la tierra construyendo la comunidad de convocados en el nombre del Señor Jesús.

De estas biografías aprendemos que Dios sorprende siempre y que se hace el encontradizo en el momento más inesperado. Los tiempos de Dios son distintos a nuestros tiempos y las valoraciones de Dios son distintas a las nuestras. Dios no hace acepción de personas. Para Él todos somos valiosos aunque seamos pecadores. Él es paciente y sabe esperar los mejores tiempos para “derribarnos del caballo”. Dios es infatigable en la búsqueda de nuestro amor, de nuestro “Si”, de nuestra entrega. Nunca nos da por “perdidos”

Aprendemos que el camino de la fe es siempre un proceso donde hay vaivenes, adelantos y retrasos, pero que si mantenemos abierta la espita de la fe, Dios, un día u otro, entrará en nosotros, nos poseerá y nos transformará en hombres o mujeres nuevos. También nosotros estamos llamados a la santidad, a seguir a Jesús hasta el calvario, a anunciar al resucitado de entre los muertos, a ser testigos del Señor Jesús.     

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

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