Su fuego en nuestro Corazón, P. Gonzalo Arnaiz scj

Tenemos como telón de fondo el texto del Evangelio de los discípulos de Emaús. Particularmente la experiencia que provoca en ellos el encuentro con Cristo a lo largo del camino hasta la fracción del pan, donde ellos exclaman: ¿No ardía nuestro corazón?. Queremos contemplar ese “arder” y tratar de sacar aplicaciones para nuestra vida.
Los discípulos de Emaús son unos hombres que vuelven a su pueblo sin esperanza. Todo ha terminado para ellos; sus ilusiones truncadas con la muerte de su líder. La instauración del “Reino de Dios” esperado a su imagen y semejanza ya no se va a cumplir. Al menos por ahora.
Esta situación de desesperanza se transforma radicalmente en su encuentro con Jesús. “Arde su corazón”. Un fuego que se hace coraje para anunciar, aún en medio de la noche, que Jesús está vivo. Su desesperanza se cambia en decisión valiente para testimoniar al Resucitado entre los suyos primero y después al mundo.
Nosotros también podemos encontrarnos con noches de desaliento, de perplejidad en nuestra vida de cristianos. ¡Cuántas celebraciones de la eucaristía anodinas y con cada vez más escasa participación de gente! ¡Cuántas primeras comuniones que son realmente últimas! Cuando nos visita la noche de la desesperanza, de la desilusión, del miedo, de la tentación de quedarnos en casa es necesario que “arda nuestro corazón”. Los discípulos mantienen la comunión con Cristo y eso les da el coraje, el ánimo y la valentía. La victoria de Cristo es también nuestra victoria.
Esta comunión nuestra con Cristo está garantizada por nuestro bautismo. ¡Qué importante es tomar conciencia de nuestra realidad de bautizados! Por el bautismo estamos enraizados en Cristo. Hemos sido con Él sepultados y resucitados. Y esto de una vez para siempre. La vida del resucitado campea en nuestra vida. Su espíritu es nuestro espíritu. Esto no lo podemos olvidar nunca y es desde esta comunión con Cristo desde donde nace o debe nacer nuestro ardor, nuestra valentía, nuestra decisión animosa por el seguimiento de Cristo y el secundar su mandato de ir a todo el mundo y evangelizar. Pero evangelizar desde nuestra experiencia de resucitados. Comunicar nuestra alegría que nadie nos la puede quitar.

 

Un paréntesis, Lutero siendo todavía fraile dentro de la comunión católica, para luchar contra sus tentaciones y dudas acerca de la misericordia de Dios, acerca de su salvación o de su condenación (dudas terribles que le hacían sufrir mucho) afirmaba y escribía “Estoy bautizado” y eso le hacía entrar en sosiego y paz.
Una tarea urgente de la Iglesia de hoy es hacernos creíbles como comunidad portadora de Cristo resucitado. Pasar por el mundo haciendo el bien. Es cierto que la historia de la Iglesia está entretejida por luces y sombras. No podemos rehacer la historia, y además es seguro que seguiremos adelante también produciendo sombras. Pero nos toca intentar de todas todas ser luz, aunque sea la luz de la luciérnaga. Luz pequeña, pero que es bella y atrae, y siendo muchas logran vencer la oscuridad. Hemos de intentar devolver la felicidad y la esperanza a todos los hijos de Dios. Para ello hemos de volcar nuestra vida y vaciarla a favor de todos los que la puedan necesitar.
Los obispos vascos (hace 25 años) escribieron una pastoral titulada “creer en tiempos de increencia”. Entonces y ahora el ambiente de la fe en España era algo desolador. Ya entonces se podía decir que “España no es católica”. Nuestro catolicismo era y es fuertemente sociológico con rasgos de superficialidad, escasa cultura de la fe y escasa catequesis, tendencia moralizante y legalista a la vez que una evangelización centrada más en el dolor que en la resurrección. Hay apariencia (cada vez menos) de catolicismo en las fiestas, y sobre todo en la semana santa, pero el fondo de la persona no parece moverse por el Espíritu de Jesús en las manifestaciones ordinarias de la vida. Pues bien, los obispos vascos decían que “lo que más oculta el rostro de Dios es la profunda injusticia que reina en el mundo. La iglesia debe de alejarse de toda injusticia y ponerse del lado de las víctimas para no contribuir a este oscurecimiento”.
Su fuego en nuestro corazón para mantener la certeza de que Él es el viviente y por tanto la certeza que la victoria es segura. Se puede vencer a la injusticia porque el vino a traer “toda justicia”.
Timothy (Maestro General de los Dominicos) escribió un libro en el año 2005 en el que responde a preguntas sobre su vida. El autor intenta responder a la pregunta ¿qué aportan los cristianos al mundo de hoy; cuál es su especificidad? Y afirma: Nos hemos volcado en lo existencial. Y no está mal, pero eso no es lo verdaderamente genuino. Cierto que no se puede sintetizar la buena noticia, pero intentando buscar, encuentra una respuesta de D. Bonhoeffer en Auswitch que garabateó donde pudo en medio del dolor del campo de concentración: “La victoria es segura”. Esta es nuestra especificidad. Nuestra ESPERANZA existencial. El futuro está despejado en Cristo resucitado. Ante los genocidios reincidentes en nuestro mundo, aún en nuestro siglo XXI; ante situaciones tan oscuras como las guerras de los Balcanes, o de Libia, o las interminables de África, o del Oriente Medio; ante la atrocidad de Auswitch y tantos holocaustos de víctimas inocentes, podemos decir que la victoria es segura. Incluso cuando la muerte se lleva a alguien muy cercano o la enfermedad grave de un hijo, de un niño, y parece que ya todo ha terminado; podemos seguir esperando aunque sea contra toda esperanza porque la victoria es segura.
En la mañana de la resurrección los discípulos descubren LA VIDA. La muerte ha sido vencida para siempre por la Vida del Resucitado. La última palabra es Vida y no muerte. Estamos amenazados de Vida y no amenazados de muerte; la amenaza se hace bendición.
Cristo rompió las cadenas que habían atado al hombre a su mundo con el pecado de Adán. Las cadenas pueden seguir atándonos de múltiples maneras (miedos, egoísmos, desencantos, desánimos, tentaciones de todo tipo –placer, tener, poder-, crisis, abandonos); cualesquiera que sean estas cadenas pueden ser rotas hoy mismo y sin duda se romperán porque la Victoria es segura. Cristo ha roto las cadenas. Ese es nuestro punto omega, nuestra esperanza, nuestro seguro de vida. Cristo resucitado nos hace sobreviviré ante cualquier situación. Es necesario vivir mirándole siempre a El. Cuando nos sumerja el absurdo, mirarle a Él. Su victoria es nuestra victoria porque él nos la ha regalado. Podemos siempre decir que hemos conocido el AMOR. Y esto nos da “alas” de victoria. La última palabra es RESURRECCIÓN Y VIDA.
Por eso hemos de decir y desear continuamente: SU FUEGO EN NUESTRO CORAZÓN.
 

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