The road

Hace unas semanas se estrenó en España otra película basada en una novela del escritor norteamericano Cormac McCarthy, The road. Ésta es una película, como la novela, que aparentemente te deja indiferente. Dicho así, parecería que es una película inane y sin sustancia, pero reitero: aparentemente. Sin ir más lejos estoy pensando en mi acompañante que puso cara de póquer, a la salida del cine, cuando le espeté la consabida pregunta: ¿te ha gustado? La misma cara que puse yo cuando terminé de leer la novela. Pero insisto en la apariencia de esa apreciación, pues la película como las buenas novelas se lee rápido y se digiere pausadamente.
Esta perplejidad es comprensible ya que la película narra la historia de un padre y un hijo que tratan de sobrevivir en un mundo que literalmente se desquebraja, los árboles se pudren y caen, las cosechas arden inexorablemente, las tormentas y los terremotos sacuden una tierra enferma y agrietada (como sus protagonistas) y la comida es un recuerdo enlatado del pasado. ¿Por qué han llegado a esta situación? No se sabe ¿A dónde van? Al sur. Con esos datos es lógico que cunda el desasosiego e incluso la frustración entre espectadores que no están acostumbrados a que les muevan los muebles de sitio. Y si se los mueven, según el horizonte de expectativas del espectador, se entiende como ciencia ficción. Pero si por algo se caracteriza MacCarthy no es precisamente por practicar ciencia ficción, sino todo lo contrario, es más, se podría decir que esta película es realista, demasiado realista.

 

The road no es más que la siguiente secuencia de un mundo que se ha ido por el desagüe de la postmodernidad. Un mundo desolador y desolado, donde el paisaje físico no es sino la representación del paisaje moral. Ya nos lo advierte un magnífico e irreconocible Robert Duvall, que nos da la clave de la alegoría (como en Colors y otras muchas) al lamentarse de que hubo muchas señales y las ignoramos todas. El resultado: un mundo gris, desquebrajado y desolador, como el alma de sus habitantes, que Javier Aguirresarobe, director de fotografía, dibuja con unas sombras (más que una luz) que provienen directamente de la imaginación de McCarthy (lo digo por la fidelidad con la novela, mérito que también, lógicamente, debemos al director, John Hillcoat). Porque la única luz que permanece en ese tétrico universo es la que proviene del “fuego interior” de los hombres buenos, que el padre y el hijo tienen, o más bien que el padre repite, como una letanía, que tienen, hagan lo que hagan, y que han de proteger frente a los “bad guys”. Una simplificación pueril de la que, paradójicamente, el que se da cuenta es el hijo, que reprende al padre, por su irracional miedo y su enfermiza desconfianza hacia los otros en su camino desesperado hacia el sur, que bien pudiera ser la senda del sueño americano.
¿Queda alguna esperanza en esta antesala del infierno? El niño (interpretado por Kodi Smit-McPhee, que ya destacara en Romulus, My Father). El niño nos enseña la piedad, el amor por el prójimo, la compasión, la empatía, mientras el atemorizado padre se refugia en unos valores maniqueos y estereotipados, los buenos y los malos (quizá les recuerde a algo) en un mundo que no entiende (ni éste, ni del que proviene seguramente).
Finalmente, la mirada del niño recuerda a la de los niños haitianos que pueblan últimamente los medios de comunicación, en sus rostros no solo se vislumbra la esperanza, sino la lucidez, entre las caras de desconfianza y desesperación de los adultos. A lo mejor son los únicos que son capaces de leer las señales. En cinemanet

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