Tiempo de la Iglesia

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Estamos en el final del “año litúrgico” y en el final del Evangelio de San Lucas que hemos ido desgranando a lo largo de todo este año. Y al final, utilizando el recurso de un lenguaje apocalíptico, San Lucas se va a esforzar en presentarnos el tiempo de la Iglesia. San Lucas divide la historia de la Salvación en tres partes y se esforzará en ensanchar el tiempo de la segunda parte, el tiempo de la Iglesia.

La primera parte de esta historia finaliza con la destrucción del Templo de Jerusalén. Para Israel, el Templo (solo uno), era el símbolo de la estabilidad de la Alianza. Si algún día llegara su destrucción, eso indicaría que estarían por llegar los últimos tiempos o el fin del mundo.

San Lucas, cuando escribe su Evangelio, había sucedido ya la destrucción de Jerusalén y del Templo, arrasados por los ejércitos romanos en el año 71 de nuestra era. Esa experiencia fue dramática para todo israelita y en Jerusalén estaban las primeras comunidades cristianas. En ese ambiente nacen los “profetas” que anuncian el día del Juicio del Señor como algo inminente.

Ante esta situación el evangelista quiere dejar claras tres cosas:

Jesús, ante la hermosura del Templo y sus exvotos ya había comentado varias veces que de aquello no iba a quedar piedra sobre piedra. Jesús dice que la “fe” no se sustenta sobre piedras y que la fidelidad de Dios no se garantiza con templos o exvotos. Ha llegado el tiempo en que a Dios se le adorará en Espíritu y Verdad. Dios no está ligado al “Templo”. El “templo” de Dios es el “hombre”. La Antigua alianza deja paso a una nueva Alianza, o si se quiere, a una Alianza más plena. La destrucción del “Templo” puede verse como que el tiempo antiguo ha pasado.

Pero, esta destrucción del Templo no significa la llegada del “fin de los tiempos” o de la “Parusía”. Eso vendrá más tarde. Este tercer tiempo de la historia de la Salvación sucederá en el futuro. No sabemos cuándo, pero no es inminente o no se puede anunciar como tal. De este tiempo, solo Dios, el Padre lo tiene en sus manos. Solo Él lo sabe, dice Jesús.

Entre la destrucción del Templo de Jerusalén y la segunda venida del Señor, está el “segundo tiempo” o tiempo de la Iglesia y a ese se quiere referir de modo particular el evangelio de San Lucas.

Este tiempo de la comunidad de creyentes en Jesús, que es la Iglesia, es un tiempo recio, un tiempo de pruebas y de persecución. Eso es lo que están sufriendo en sus carnes los discípulos de las primeras comunidades. Persecución pura y dura. Dentro de casa y fuera de casa. Persecución por parte de los judíos fieles a sus tradiciones y por parte de las fuerzas políticas nacionales e imperiales. Los cristianos con su práctica religiosa, con su anuncio de fraternidad y solidaridad, con su vivencia del mandamiento del amor, desestabilizaban las “piedras” sobre las que se sustentaba el poder civil del momento. El cristianismo era una secta a extirpar. El evangelista exhorta a los discípulos a perseverar a la vez que les habla claramente de lo que tienen que pasar. No dulcifica la realidad de la persecución, su crudeza y su irracionalidad. Pero les dice que no están solos. Que están en las manos de Dios, que tiene contados hasta los cabellos de su cabeza.

Este “segundo tiempo” de la historia de la salvación o tiempo de la iglesia no es un tiempo devaluado ante la inminencia de la segunda venida del Señor. Es un tiempo de “gracia” y es un tiempo que prepara y por lo tanto debe ser asumido con total responsabilidad. San Pablo a los de Tesalónica les dice que “el que no trabaje que no coma”. Apela al trabajo normal de cada día y para todos. No se puede uno escapar de los deberes ciudadanos porque mañana “todo esto va a ser destruido”. Estamos seguros de que el Señor vendrá en “Gloria”, pero justamente por eso, porque esperamos su venida la vamos a preparar siendo con-creadores con Dios en esta historia. La vamos a preparar justamente viviendo anticipadamente los valores del “Reino”, puesto que tenemos ya en nuestras manos las arras recibidas en el Don del Espíritu Santo.

Los cristianos estamos llamados a ser referentes de Esperanza en este mundo. Pero lo hemos de ser viviendo cabalmente y con normalidad el mandamiento del Amor, o los mandamientos del Reino. Y vivir así traerá incomodidad y persecución. A veces será dramática como en los lugares del mundo donde hay guerras, persecución, cárceles y mártires por causa de la fe. También hay lugares donde la situación política y social está llevando a las personas al límite del aguante físico y moral. En estos lugares hay que seguir diciendo: ánimo, levantad vuestra cabeza, llega vuestra liberación.

En nuestra casa, España y Europa, la persecución puede ser sibilina, pero también se da. La persecución no puede crear en nosotros cerrazón, terquedad y agresividad. Debe ser un llamado a una mayor fidelidad al Evangelio y a una vida más coherente con lo que anunciamos. El testimonio de nuestras vidas puede mover y conmover montañas de agresividad. Pero aún y con todo hemos de mantener un espíritu abierto y dialogante; espíritu cercano y de mano tendida, aunque eso lleve a la traición y a la entrega. No olvidemos que Jesús permanece con su manto tendida ante “el traidor” que le entrega. Sigue llamándole “amigo”.

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