Todos verán la salvación de Dios

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Segundo domingo de Adviento.

En el tiempo de Adviento nuestras celebraciones pivotan sobre las dos venidas del Señor. La primera venida histórica acaecida hace 2.000 años en Belén de Judá y la segunda venida que será en “gloria” en el último día o el “día del Señor”. El primer domingo se focaliza fuertemente sobre esta segunda venida del Señor. El resto de los domingos van como acortando el horizonte de nuestra esperanza para ir poco a poco a centrarnos en el acontecimiento de la Navidad o venida “en carne mortal” del Hijo de Dios.

Este segundo domingo del ciclo “C”, mantiene mitigado el horizonte mayor de la segunda venida, pero en el evangelio (Lucas 3, 1-3) nos hace aterrizar “de golpe” en el acontecimiento histórico de la vida de Jesús sacando a relucir la vocación del precursor de Jesús, Juan Bautista.

Yo, en mi comentario, elijo mantenerme todavía ente los dos polos del adviento, mirando todavía la segunda venida como objetivo primordial de nuestro adviento.

El profeta Baruc (5, 1-9) podía pasar perfectamente por Jeremías de quien fue secretario y copista y posiblemente autor de los capítulos 30 y 31 llamados de “consolación”. Merece la pena leer y releer esta página que puede ser cumbre en su belleza y poesía. Leerla enardece y consuela. Y es lo que pretendía el profeta viendo lo que veía y oyendo lo que oía. Desolación y desesperanza por todas partes. La tentación del cerrojazo con las historia del gran libertador YHWH que les podía haber sacado de Egipto, pero que ahora les había dejado abandonados en el exilio de Babilonia criminal. Parecía mucho más aconsejable apuntarse al sol que más calienta y hacerse todos devotos seguidores de los dioses caldeos. El profeta lanza su mirada al futuro y hace un hermoso canto a la nueva intervención de YHWH que realizará un nuevo éxodo para restituir “en gloria” a su pueblo la tierra que le había prometido como don perpetuo. Baruc narra este nuevo éxodo como una gran procesión de entronización del Rey que ahora es un colectivo que va a entrar en la ciudad soñada y deseada de Jerusalén.

Fijémonos en los nombres con que es llamado ahora el “pueblo de Dios”: “Paz en la Justicia” y “Gloria en la Piedad”.

Paz en la Justicia

PAZ: SHALOM. Jerusalén (Jeru-shalom) es siempre la Ciudad de la Paz. (O así es su nombre, porque la realidad como que dista mucho de eso a lo largo de la historia). La PAZ es mucho más que ausencia de guerra o silencio de armas. Paz es el resultado del cúmulo de bendiciones que Dios ha derramado sobre su pueblo. Por lo tanto implica serenidad y aceptación de mi realidad personal; buena situación familiar tanto afectivamente como económicamente; buena relación social y buena distribución de bienes entre los componentes del clan, de la tribu y de las 12 tribus. Paz social y buenas relaciones con las naciones fronterizas. Buenas relaciones con Dios que es el garante y el hacedor de toda esta realidad.

Baruc dirá que esta paz solo es posible desde la JUSTICIA. Y justicia es más que equilibrio y respeto de las reglas del juego, que suelen ser reglas creadas por los más fuertes. Justicia es sobre todo la Santidad de Dios que se hace extensiva a todos nosotros, lo que implica empezar a vivir desde Dios o según Dios. Y la Justicia de Dios es fidelidad absoluta para con el hombre y por lo tanto entre los hombres. Es seguridad y certeza. Es el buen camino. Su justicia es abajarse y ponerse al lado del hombre, pero sobre todo al lado del más despojado, del más necesitado, del pobre para hacerlo valer y restituirle su dignidad. La justicia de Dios se hace realmente en la Misericordia, desde el compadecer con el otro. La paz desde la justicia solo surgirá cuando aprendamos que los problemas de los otros son nuestros problemas; que no podemos dejar a nadie al margen del camino; que no podemos avanzar al encuentro del Señor si no vamos juntos de la mano unos y otros derribando fronteras construyendo ese mundo nuevo que esperamos y que pinta el profeta.

Gloria en la Piedad

GLORIA. Hoy voy a usar esa palabra refiriéndola a la “esfera de Dios” o “ser de Dios”. No tiene nada que ver con entorchados, parafernalia, honores o mandangas del genero. Gloria es la misma vida de Dios en cuanto que se expande y comunica. (Ejemplo, el sol irradia su gloria o su fuego y luz). La Gloria de Dios nos glorifica; nos toca y hace partícipes de su Ser. Esta gloria se vive desde la PIEDAD; desde la FILIACION. Piedad es la virtud del hijo que vive en la casa del padre como verdadero hijo (nada parecido ni al pródigo ni al hermano mayor) y como verdadero hermano.

La nueva Jerusalén será construida desde estos valores: PAZ, JUSTICIA, GLORIA, PIEDAD. Somos hijos de Dios; vivimos intensamente nuestra hermandad, siendo fieles unos a otros creando un nuevo orden nuevo en lo económico, en lo político y en lo social. Y todo esto sabiendo que viene de Dios y a Dios nos lleva. La plenitud es solo Don de Él y eso llegará en el “Día del Señor”. Como dice Baruc, esto lo hacemos caminando con seguridad, porque vamos guiados por la gloria de Dios. La nueva columna de fuego que nos guiará en este éxodo será la “gloria de Dios”.

La carta de Pablo a los Filipenses (1, 4-11) sí que apunta al “Día del Señor” que aquí se convierte en el “Día de Cristo”. Cambio de nombre, por el que se confirma la divinidad de Jesús, su mediación en esta travesía nuestra y su ser “culminador” de nuestra fe y de nuestra esperanza. Pablo “reduce” todo nuestro obrar cristiano a una palabra: Amor. ¡Cuánto le gusta esta palabra a Pablo. La oración de Pablo es que nuestro amor siga creciendo para que lleguemos al “día de Cristo” con frutos de justicia. (Arriba tenemos lo que es justicia).

El Evangelio aterriza en la historia contemporánea de Jesús. Enumera a los próceres del momento: Tiberio, Poncio Pilato, Felipe, Lisanio, Anás, Caifás… ¡Vaya ganao! diría un castizo. No eran grandes estrellas, ni lo más florido de valores humanos. No son los que han marcado páginas grandes en la historia; sin embargo eran los que eran en ese momento de la historia en el que la PALABRA de Dios “cae” sobre Juan el hijo de Zacarías. Un “don nadie” que está en el desierto. La Palabra no se fija en el poder político ni en el poder religioso del momento, sino en un pobre hombre que se alimenta de langosta y miel silvestre en el desierto, que ha roto con el orden social constituido y que no ha aceptado seguir los caminos de su padre. Ya veis. Los caminos de Dios pasan por los márgenes, el desierto, los bajos fondos. Es ahí donde parece tener sus predilectos y aquí tenemos el caso de Juan “el bautista”, de quien hablaremos más detalladamente en el próximo domingo del que será figura señera del adviento.

No quiero dejar pasar por alto la última frase del evangelio que es propia de Lucas y que aparte de mantener la visión en el futuro, indica un final feliz bien hermoso: “Y Todos verán la salvación de Dios”. Y cuando dice “todos” dice todos. Ahí entramos todos (y perdón por la reiteración). Nadie está excluido de este final que es participar o ver la salvación de Dios (El cielo es “ver a Dios”). Suena como a una amnistía universal. No entremos en pormenores, pero dejemos ese anuncio como una buena noticia. Está claro que no anuncia una “borregada final”. Anuncia que la filiación y la fraternidad serán plenas para todos aquellos que hayan intentado vivirlas desde la honestidad de sus vidas.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

 

Una especie de post data, porque el Papa en su viaje a África no deja de sorprendernos. Sus últimas palabras fueron en Bangui (Centro África) sobre el adviento. Ahí recojo algunas perlas.

Los agentes de evangelización, por tanto, han de ser ante todo artesanos del perdón, especialistas de la reconciliación, expertos de la misericordia. Así podremos ayudar a nuestros hermanos y hermanas a «cruzar a la otra orilla», revelándoles el secreto de nuestra fuerza, de nuestra esperanza, de nuestra alegría, que tienen su fuente en Dios, porque están fundados en la certeza de que Él está en la barca con nosotros.

Algunas características de esta salvación que Dios anuncia:

La felicidad prometida por Dios se anuncia en términos de justicia. Dios es Justicia. Por eso nosotros, cristianos, estamos llamados a ser en el mundo los artífices de una paz fundada en la justicia.

La salvación que se espera de Dios tiene también el sabor del amor. Por todas partes, y sobre todo allí donde reina la violencia, el odio, la injusticia y la persecución, los cristianos estamos llamados a ser testigos de este Dios que es Amor.

La salvación de Dios proclamada tiene el carácter de un poder invencible que vencerá sobre todo. De hecho, después de haber anunciado a sus discípulos las terribles señales que precederán su venida, Jesús concluye: «Cuando empiece a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza; se acerca su liberación». Y, si san Pablo habla de un amor «que crece y rebosa», es porque el testimonio cristiano debe reflejar esta fuerza irresistible que narra el Evangelio. Jesús, también en medio de una agitación sin precedentes, quiere mostrar su gran poder, su gloria incomparable (cf. Lc 21,27), y el poder del amor que no retrocede ante nada, ni frente al cielo en convulsión, ni frente a la tierra en llamas, ni frente al mar embravecido. Dios es más fuerte que cualquier otra cosa. Esta convicción da al creyente serenidad, valor y fuerza para perseverar en el bien frente a las peores adversidades. Incluso cuando se desatan las fuerzas del mal, los cristianos han de responder al llamado de frente, listos para aguantar en esta batalla en la que Dios tendrá la última palabra. Y será una palabra de amor.

Valores del Adviento: Reconciliación, perdón, amor y paz.

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