Transfiguración del Señor

JERUSALEN NAZARET 300

Monte Moria, monte Tabor y monte Calvario. Tres montes que hoy encontramos en las lecturas proclamadas y que se refieren el uno al otro para narrarnos experiencias profundas de fe de aquellos que suben a sus cimas.

La primera lectura (Génesis 22, 1-18) narra la etapa cumbre de la experiencia de fe de Abraham. Abraham es paradigma del hombre de fe; pero no hemos de olvidar que la historia de Abraham es un canto a la misericordia de Dios. Muestra la paciencia infinita de Dios con el hombre. Dios no se cansa de llamar a Abraham una y mil veces a pesar de su sordera a la hora de obedecer. Solo al final del camino de su vida, Abraham entenderá lo que Dios quiere y se fiará de Él plenamente.

Hoy contemplamos este momento último de la maduración de la fe de Abraham, que finalmente, en el sufrimiento aprende a obedecer. Abraham está dispuesto a obedecer a Dios, pero siempre con condiciones o guardándose una carta en la manga. No se fía del todo, y cuando menos se piensa él obra por su cuenta y fragua sus proyectos. Dios quiere que se fíe del todo, que no se reserve nada, que camine hacia adelante poniendo su confianza solo en Él y más nada. Abraham empezaba a creer que la promesa era su hijo, y no. La promesa era el mismo Dios de la promesa. Y para descubrir eso le viene la prueba del “éxodo” o salida hacia el monte Moria. Allí se despoja de todo y renuncia a todo. Incluso a su único hijo. Dios le manda no matar y acepta su disponibilidad. Abraham descubre que Dios PROVEE siempre; que es mucho mejor caminar de su mano que no fiarse de otros dioses o otras fuerzas. Abraham empieza a creer y fiarse contra toda esperanza y volverá a bajar del monte para caminar despojado de sí y sus fuerzas económicas o militares poniendo toda su confianza en el Señor.  Dios sella un pacto con Abraham al que hará “Padre” de multitud de gentes. Será bendito y en él benditas todas las generaciones porque ha obedecido. Esa bendición llega hasta nosotros. Preparando la Pascua hacemos memoria de esta “pascua”.

Jesús sube con sus discípulos a una montaña alta – el Tabor– a orar (Mc 9, 2-10). Hay crisis en el grupo. El anuncio de la pasión les suena a “chino”; el amar al enemigo o perder la vida por los demás es “música celestial”; anunciar el Reino sin manto ni talega es “imposible”. Urge subir al Tabor para encontrarse con Dios. Y es Dios el que les encuentra en el Tabor. Descubren y perciben la riqueza de la profundidad de la persona de Jesús, de su intimidad más radical. Jesús se les muestra como alguien perteneciente a la esfera de Dios, más allá incluso de Moisés y que Elías. Dios está con él y en él. Resuena la voz de Dios desde la nube que identifica a Jesús como el Hijo amado del Padre y un mandato o mandamiento: ESCUCHADLE. En el Sinaí fueron 10 mandamientos. Aquí solo uno. Debe bastar con acoger a Jesús, oír su palabra y obedecerle. Entrar en obediencia que no es otra cosa que fiarse de él. Sus palabras y acciones no son caprichos sino que son el verdadero camino.  El Calvario, la Cruz no son “loqueras” de una imaginación calenturienta sino que son el fruto de una locura de amor hacia todos los hombres, sus hermanos.  El Tabor confirma el Calvario, pero a la vez anticipa la resurrección y la vida plena en Cristo. Anticipa el monte de la Ascensión del Señor.

Al final de la experiencia del Tabor, se encuentran a Jesús solo. Jesús está ahí. Es la garantía de todo lo demás. Con él bajan del monte y vuelven al fragor de la vida diaria. Jesús está con ellos. Deben mirarle a él, fiarse de él y seguir sus pasos. En la vida diaria es lugar donde Dios se nos manifiesta también. En el camino de fe nos hace falta de vez en cuando algún “Tabor” o encuentro fuerte con el Señor o una fuerte experiencia de Dios en nuestra vida. Pero no hemos de olvidar que Dios anda “entre los pucheros” y que es ahí, en la vida ordinaria, donde hemos de avanzar en nuestro crecimiento de fe, sabiendo que Dios está siempre a nuestro lado. En la cruz y en la luz. Caminar agarrados de la mano de Jesús es garantía de futuro y garantía de vivir en esperanza también en los momentos de oscuridad y sufrimiento que encontramos en la vida.

Es aquí donde encaja perfectamente lo que dice san Pablo a los Romanos (8, 31-34). Pablo, desde su “tabor” particular en el camino de Damasco no vive más que para el Señor de su vida. Él es su esperanza y su futuro y sabe avanzar por la vida también al estilo de Abraham, creyendo contra toda esperanza cuando las cosas se le ponen negras. Pablo está convencido de que NADIE NOS PUEDE SEPARAR DEL AMOR DE DIOS MANIFESTADO EN CRISTO JESÚS. Y por eso hace suyo este himno a la Esperanza que compuso la primera comunidad de creyentes. Dios está con nosotros siempre. Siempre es en toda circunstancia. Dios está a favor nuestro siempre. Dios nos justifica siempre. Nadie nos va a condenar. Dios es Misericordia. Caminar con esta convicción en la vida es avanzar hacia nuestra propia pascua, hacia la Vida.

Una ligera mirada al Apóstol Pedro que puede ser nuestro prototipo en el camino de nuestra fe.  Pedro, en el N.T. es igual que Abraham. Es su perfecto paralelo a la hora de “escuchar” y hacer lo que él quiere.  Pero Pedro es también una muestra de la misericordia de Dios. Realza la figura del Dios que llama permanentemente y con insistencia; un Dios infatigable en la llamada. La vida de Pedro se va construyendo por la insistencia de Dios de salir a su encuentro justo cuando desbarra. Pedro se arrepiente una y mil veces, llora y pide perdón. Después de la cruz y del sepulcro vacío, vera al resucitado y verá la luz plena de la fe. Su vida se orienta definitivamente en favor de Jesús y su causa. Dará la vida por ello.

Nosotros somos peregrinos y caminantes hacia la pascua. En nuestro caminar también desbarramos muchas veces. Como Abraham y como Pedro queremos hacer nuestro camino o seguir nuestros planes. Dios nos sale al encuentro de mil maneras para tratar de que enderecemos nuestro camino y no vayamos al desastre. La cuaresma es tiempo oportuno para ver o tratar de nuestra confianza en el Señor, de nuestra esperanza en la Vida Eterna, de nuestro aceptar o vivir dificultades o imprevistos sabiendo que también ahí está con nosotros el Señor para aligerar nuestros pesos y fatigas. Convirtámonos a Él. Fiémonos de Él.

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