Trigésimo domingo del tiempo ordinario

"El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres" Así cantaremos mañana con el salmista. La curación del ciego de Jericó es un acto de compasión de Jesús y un signo de su mesianidad. Sólo la fe hace ver con claridad y da fuerza para seguirle por el camino que lleva a la salvación. El ciego de Jericó pasó de la oscuridad y tinieblas a la luz; se le disiparon para siempre las oscuridades; su soledad se convirtió en compañía y se incorporó al cotejo del Hijo de David; sus manos pedigüeñas se conviertieron en manos elevadas al cielo en gesto de acción de gracias y de alabanza. Tenía fe y su fe hizo que viera luz del día. Ël camino de la fe comienza en la súplica y culmina en seguimiento de Jesús. En el borde del camino hay muchos ciegos encerrados en su oscuridad y soledad. Creen ver todo con claridad y su orgullo les impide suplicar al Señor que pasa. Otros reconocen su ceguera y piden al Señor ser curados. La fe es la condición necesaria para ver, sin ella se permanece en la oscuridad. La fe hace oir el grito de los pobres ciegos que en el borde del camino gritan y esperan una mano que les lleve a la luz.

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