Un asalto “que nos une en fraternidad” P. Carlos Luis, scj

Un asalto “que nos une en fraternidad”

1. Asaltados desde lo alto
En los tiempos de Pablo, efectivamente, no eran extraños los asaltos en los caminos. Los malhechores, como los de todo tiempo y lugar, sirviéndose del factor sorpresa y de algún argumento de violencia, lograban muchas veces salir airosos y con buen botín de sus fechorías. A la luz de Hch 9 puede decirse que Saulo fue asaltado, ¿pero de qué manera? ¿Quién lo asalta?
Una primera pista de lo allí sucedido es la posición de partida del asaltante. Interviene desde los alto, «desde el cielo» (‘ek toû oùranoû): «una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso» (9,3; cf. 22,6). Este modus operandi acontece en Hch en otras tres ocasiones: la primera en el episodio de Pentecostés: «de repente vino del cielo (‘ek toû oùranoû) un ruido, como de viento huracanado» (2,2a); las otras dos en el episodio de la conversión de Pedro: «Estaba orando en Jafa, cuando tuve una visión en éxtasis: un objeto, como un mantel enorme, se descolgaba por las cuatro puntas desde el cielo (‘ek toû oùranoû) y llegaba hasta mí (…). Por segunda vez me habló la voz desde el cielo (‘ek toû oùranoû): lo que Dios declara puro, tú no lo declares impuro» (11,5.9).
La vida de quienes se ven asaltados desde lo alto –la comunidad, Saulo y Pedro– adquiere un protagonismo paradigmático en el conjunto de Hch. Todos ellos, a partir de ese momento, irán viviendo una profunda transformación de sus vidas, no sin dificultades, en una docilidad creciente a lo que viene de lo alto, lo que en concreto se irá traduciendo en un progresivo mayor compromiso en la causa de Jesús, eso sí, no sin tropiezos y torpezas tanto propias como ajenas.
Todavía, al menos en cuanto a la comunidad y a Saulo se refiere, cabe destacar otro elemento común en el tipo de asalto que sufren: lo imprevisto, lo repentino de la intervención de lo alto. En el caso de Pedro, sin embargo, este elemento se omite en Hch 11, posiblemente por haberse indicado previamente en el momento de Pentecostés (cf. 2,14). El texto griego expresa este dato de lo repentino del asalto con dos adverbios emparentados (‘áfnō y eksaifnēs). Así, en el momento de Pentecostés: «de repente (‘áfnō) vino del cielo…» (2,2); en el camino de Saulo, por su parte: «una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso (eksaifnēs)» (9,3; cf. 22,6).
De notar que en la obra lucana (Lc – Hch) el segundo de estos adverbios conoce otros dos empleos muy significativos. El primero en la escena de la anunciación a los pastores: «Y junto con el ángel, apareció de pronto (eksaifnēs) una multitud del ejército celestial que alababa a Dios» (Lc 2,13); el segundo, en el relato del joven poseído: «un espíritu lo agarra, de repente (eksaifnēs) comienza a gritar y lo sacude con violencia» (9,39). En todos estos episodios, llama la atención la reacción posterior de quienes se relacionan con las personas que han sido asaltadas. Tanto de cara a los pastores como al joven poseído, ambos en el evangelio de Lucas, como de cara a la comunidad y a Saulo en el caso de los Hechos, quienes tienen contacto con ellos acaban mostrando sorpresa y admiración:
• «Todos los que lo oyeron se asombraban (‘edsaúmasan) de lo que contaban los pastores» (Lc 2,18)
• «Y todos se maravillaban de la grandeza de Dios. Como todos se admiraban (thaumadsóntōn) de lo que hacía…» (9,43)
• «(una multitud) fuera de sí y asombrada (‘edsaúmason)…, perpleja» (Hch 2,7.12)
• «todos los oyentes comentaban fuera de sí (‘eksístanto)…» (9,21)
Quienes oyen o ven a estos “asaltados” acaban quedando estupefactos por lo que de ellos escuchan o por aquello que les ha sucedido. De hecho, los pastores, movidos por el mensaje que se les confía, salen de su aislamiento y marginalidad para contemplar, compartir y alabar a Dios por todo lo que les ha sido anunciado; el joven, liberado por la palabra de Jesús, es reintegrado y acogido en su condición plena de hijo; la comunidad, por la acción del Espíritu, pregona en diversidad de lenguas las maravillas de Dios; Saulo, por su parte, confiesa en las sinagogas a Jesús como Hijo de Dios. Todo esto lo perciben los testigos de las diversas escenas señaladas como algo que les rompe esquemas y que apunta, decididamente, hacia una acción prodigiosa de Dios. En los episodios individuales, además –es el caso del joven de Lc y el de Saulo en Hch– la palabra de Jesús ha sido determinante en el cambio acontecido. Toca ahora centrar la atención en este último, en Saulo.

 

2. Llamados por nombre
Lo primero que hace la voz con Saulo es llamarlo de manera determinante: «¡Saulo, Saulo!» (9,3). No hay dudas, sabe bien a quién se dirige. Hay un claro interés por aquel a quien llama. La voz tan solo esperaba un momento oportuno, como quien está al acecho. De esta manera, Saulo no es víctima de un asalto fortuito, sino de un hecho aparentemente planeado, deseado. Quien llama lo conoce, sabe a qué se dedica. Por la manera insistente en que se expresa, la voz busca, exige, una atención total del oyente. Es la manera de empezar a descentrar a quien camina aferrado y sostenido por intenciones agresivas.
Las Sagradas Escrituras ofrecen diversos episodios donde el vocativo repetido del nombre marca o propone el inicio de un cambio de vida. Entre otros, cabe señalar el llamado a Jacob en su ancianidad para emprender una nueva ruta jamás pensada por él: «¡Jacob, Jacob! Respondió: Aquí estoy. Le dijo: Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a Egipto» (Gn 46,2); con edad mucho más temprana, la llamada al joven Samuel –«¡Samuel, Samuel!» (1Sm 3,4.10)–, que necesitará de la ayuda de Elí para hacer discernir y descubrir de manera correcta al autor de la llamada; en los evangelios, por ejemplo, y en boca de Jesús, el llamado que este hace a la hermana de María: «¡Marta, Marta!» (Lc 10,41), invitada a redimensionar su relación con el Maestro y con su propia hermana.
Retomando el relato de Saulo, este había quedado en una posición crítica. Está por tierra, es fácilmente vulnerable. Pero esa postración, más que una amenaza para su vida, lo que pudiera estar presagiando es un nuevo punto de partida, humilde, desde el suelo, como la tierra que puede ser trabajada, moldeada como barro. La imagen de la luz que lo rodea, su ceguera, y aquello en lo que luego se convertirá su vida, acerca el momento al rescate que Dios mismo hace de su pueblo, tal como lo cuenta Isaías:
Y ahora así dice el Señor,
El que te creó, Jacob;
El que te formó Israel:
No temas que te he redimido,
Te he llamado por tu nombre,
Tú eres mío (Is 43,1)
Saulo, entonces, ¿es un asaltado, o más bien un rescatado?

3. Cuestionados por la Palabra
Pero la voz busca algo más. Junto al reconocimiento de su identidad, la palabra que Saulo oye va acompañada de un decidido cuestionamiento, prácticamente una acusación: «¿por qué me persigues (diōkeis)?». Es una pregunta que evoca aquellas de los relatos de orígenes, propias de los primeros capítulos del Génesis: «¿dónde estás?» (Gn 3,9); «¿qué has hecho?» (v. 13); «¿dónde está tu hermano?» (4,9).
Son interrogaciones que buscan del oyente la asunción de su responsabilidad ante el modo de proceder. Sin una clara conciencia del porqué se actúa de determinada manera resulta imposible llevar adelante un proceso de auténtico crecimiento. En el caso de Saulo, el interés recae en su condición de perseguidor, característica que paradójicamente no dejará nunca. Él asume sin ninguna reserva quién ha sido: un perseguidor del camino (cf. Hch 22,4), de la Iglesia de Dios (cf. 1Cor 15,9). De tal manera está arraigado en él esta característica suya que se muestra incapacitado para dejar de ser un perseguidor. ¿Qué hará entonces? No la abandonará nunca, antes bien, se reafirma en ella, pero eso sí, transforma profundamente el contenido de su persecución, llegando incluso a exhortar a que otros se conviertan también en perseguidores. Pero, ¿perseguidores de qué?[1]: «Persigan el amor, y aspiren a los dones espirituales» (1Cor 14,1); «persigo la meta, el premio al cual me llamó Dios» (Fil 3,14); «persigamos lo que fomenta la paz mutua y es constructivo» (Rom 14,19); «persigan siempre el bien entre ustedes y con todo el mundo» (1Tes 5,15); «persigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la humildad» (1Tim 6,11). Como se decía de él, «el que antes nos perseguía ahora anuncia la Buena Noticia de la fe que en otro tiempo intentaba destruir» (Gal 1,23).

4. En diálogo con la Palabra
La voz que Saulo oye, lejos de provocar en él un temor paralizante, lo lleva al inicio de un diálogo. «¿Quién eres, Señor?» (Hch 9,5). Con esta pregunta –que en sí misma reconoce la superioridad de quien ha preguntado primero (Señor)–, Saulo inicia su discipulado. No da respuesta explícita a la denuncia concreta que la voz le hace. Prefiere anteponer su interés por la voz que le habla, adentrarse en el misterio que lo ha desmoronado. ¿No significa acaso empezar a dejar atrás todo lo anterior? En el evangelio de Juan, en las apariciones de Jesús resucitado, los discípulos no preguntan quién es, porque ya sabían que era Él: «ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor» (Jn 21,12).
En el mismo evangelio, aquellos que preguntan por la identidad de Jesús son los que no lo conocen, como los judíos: «¿Tú quién eres?» (Jn 8,25). A la luz de la respuesta algunos creerán en Él, otros no (cf. v. 30). Para Saulo, la pregunta que le ha sido dirigida se ha convertido en un estímulo certero que le lleva a preguntar por la identidad de quien le llama. Quiere saber, porque sabiendo, conociendo al otro, a aquel que le ha hablado primero, aprenderá de sí mismo. Solo entonces será capaz de dar razón de sí, de su vida, de su proceder, intuyendo que su propio misterio, su aparente sinrazón, quedará iluminada únicamente desde aquel que lo ha cuestionado.

5. Comprometidos por la Palabra
La voz acoge la inquietud de Saulo. Acepta el diálogo, se hace accesible, cercana. Desvela su identidad: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch 9,5). Con el empleo del «yo soy (‘egō eími)» de manera absoluta[2], quedan evocadas las ocasiones en las que Jesús de esa misma manera se presenta a sus discípulos. En general, son contextos en los cuales los suyos manifiestan miedo: ante la tempestad en el lago, «No teman, soy yo» (Mt 14,27; cf. Mc 6,50; Jn 6,20); una vez resucitado, «¿Por qué se asustan tanto? ¿por qué tantas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo» (Lc 24,39).
En el Antiguo Testamento, la presentación de Dios con el «yo soy» prepara a quien la escucha a una misión particular. Así, después de haberse identificado con el «Yo soy», Dios se dirige a Abraham: «camina en mi presencia y sé honrado» (Gn 17,1); a Isaac: «No temas, que estoy contigo. Te bendeciré y multiplicaré tu descendencia» (26,24); a Jacob: «Ahora levántate, sal de esta tierra y vuelve a tu tierra nativa» (31,13); a Moisés: «anda, que te envío al faraón, para que saques a mi pueblo de Egipto». De esta manera, el desvelamiento que la voz hace de sí misma se transforma para Saulo en la invitación diáfana a asumir un nuevo compromiso. El perseguidor no ha sido castigado, ni eliminado. Es el mismo proceder que Dios había mostrado –volviendo a los relatos de orígenes– en los episodios de Adán y Eva, o de Caín, donde ninguno de ellos, a pesar de sus conocidas transgresiones, es aniquilado. Bien al contrario, Dios, renovando su compromiso con cada uno de ellos, les abre horizontes nuevos.
Todo presagia, a la luz de las Escrituras, que la vida de Saulo se prefigura como la de quien asumirá, al igual que las figuras señeras de los patriarcas, o la liberadora de Moisés, una tarea ingente al servicio de otros. De ser así, la previsible tarea de Saulo se vislumbra no exenta de fatigas, fragilidades e incomprensiones (cf. Hch 9,16).

6. Dinamizados por la Palabra
El conocimiento de Jesús sumerge a Saulo en un dinamismo nuevo. Su estado no puede ser el de una infinita postración. La voz, como en el caso de Adán y Eva, ha salido a su encuentro. Como entonces, el objetivo es lograr que quien escuche recupere su dignidad, que no pretenda vivir ni escondido ni postrado, como en este caso. La voz dinamiza: «Levántate». En el último de los tres relatos que Hechos de los apóstoles presenta sobre lo sucedido a Saulo en su camino a Damasco, él mismo, en primera persona, añade lo que la voz dispone para él: «Levántate, que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver» (Hch 26,16). ¿Por qué Hechos omite inicialmente el objetivo preciso de lo que la voz pretende de Saulo? Posiblemente Lucas ha querido así evidenciar que Pablo apenas está iniciando su proceso. Le queda mucho por descubrir. Sólo llegando al final de sus días resulta coherente y fidedigno el contar a qué le había llamado Jesús. Al mismo tiempo, es la manera de introducir a Saulo en el útero que lo hará renacer, la comunidad. De hecho, Saulo acaba entendiendo que su persecución hostil a Jesús se estaba dando de manera específica en su modo de maltratar a los hombres y mujeres que seguían el camino de Jesús.

7. Desarmados por la Palabra
Hasta aquí, la dimensión comunitaria tan solo ha quedado expresada en la identificación velada de Jesús con los cristianos perseguidos. ¿Cómo iniciar a Saulo en la comunidad? En primer lugar tiene que asumir su minoridad, mostrando disponibilidad a que sean otros quienes le digan qué hacer (cf. 9,6). Saulo sigue sin ver. Su confusión es grande. En un segundo lugar, tiene que “desarmarse”. Sus manos, como lo cuenta Hch, en algún momento dejan de asir las cartas de condena y tal vez hasta las cadenas indispensables para llevar a término sus persecución (cf. vv. 2.14). Vaciadas de todo lo que era expresión de odio, desposeídas de anhelos de opresión y muerte, sus manos se abren ahora para sujetar únicamente las manos de otros que lo guiarán (cf. v. 8).
La voz directa calla entonces para Saulo. Su nuevo camino apenas comienza. Para otros que ya son discípulos está por llegar el momento de desplazar temores y prejuicios. Será la ocasión propicia para renovar y consolidar la obediencia a la Palabra. «El hombre hace muchos proyectos, pero sólo se realiza el plan del Señor» (Pr 19,21).

8. Encaminados por la Palabra
Siguiendo la narración de Hch 9, una vez que Saulo ha entrado en la ciudad, la atención se desvía a un nuevo personaje. Entra en escena un discípulo. Su condición de seguidor de Jesús se manifiestan en el reconocimiento inmediato y en la disponibilidad que muestra apenas oye su nombre, tan solo pronunciado una vez: «¡Ananías! Respondió: Aquí me tienes, Señor» (v. 10). Al igual que a Saulo, la voz que ha reconocido le indica una dirección adonde ir, literalmente «la calle Recta (eutheîa)». Allí encontrará a Saulo (v.11). Casi contemporáneamente al de Saulo, Ananás inicia también un proceso en el que tendrá que superar sospechas e incertezas. Confiado en la palabra del Señor, emprende su camino, de alguna manera, es un éxodo.
Tanto él como Saulo tienen un punto de encuentro que no han elegido. No es el terreno del uno ni del otro, es la calle Recta. Allí convergen sus vidas. Atendiendo al nombre de la calle –la calle recta–, ambos enderezan sus propios caminos, los ajustan al de la Palabra que les ha sido dirigida. Resuenan la palabras del profeta en boca de Juan Bautista: «Preparen el camino al Señor, enderecen (griego: hagan recto, eutheîa) sus senderos» (Lc 3,4; cf. Is 40,3-5).
Una vez reunidos, el modo en que procede Ananías colma y supera las expectativas de Saulo: lo toca –le impone las manos–, lo acoge llamándolo por su nombre, modo en que reconoce su identidad, sabe quién es, como queriendo darle entender que ha vencido sus miedos, que ha sido capaz de acercarse a él, y no solo eso, sino que Ananás acaba llamándolo hermano. De la audacia para emprender esta decisiva y entrañable secuencia de gestos y palabras Ananías revela la clave que la ha hecho posible: «Me envía el Señor Jesús, (…) para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo» (Hch 9,17).
La misión aceptada y llevada a término por este discípulo de Damasco ha sido capaz de desbloquear un sentimiento y ensanchar la vida misma de la comunidad. Únicamente entonces Saulo recobra la vista, se levanta, se bautiza, come y recobra las fuerzas (cf. v. 18).

9. ¿Punto de llegada?
«Y se quedó unos días con los discípulos de Damasco» (v. 19). Así concluye el mapa que ha servido de guía a estas líneas en el viaje que Saulo emprendió «respirando amenazas contra los discípulos del Señor» (v. 1). Paradójicamente, la comunidad que detestaba llega a convertirse para él en un auténtico útero donde renace a la vida, vida que la misma comunidad custodiará día y noche (cf. v. 25). No es este un punto final. Es apenas el inicio de quien se ha visto radicalmente transformado, y esto sin dejar de ser lo que era, un perseguidor.
De asaltante, la Palabra ha pasado a convertirse en guía y compañera. Además, esta misma Palabra se hace manos tendidas, casa abierta, fe compartida y mesa que fortalece (cf. v. 18). Saulo ha cambiado, es verdad, y sin haberlo pretendido, él mismo se convierte en instrumento insospechado de cambio para la comunidad cuando esta logra dejar atrás temores y prejuicios. Aconteció para los discípulos de Damasco y tendrá que acontecer en su momento también para los de Jerusalén, encerrados aún en sus muros (cf. v. 26).
Del camino a Damasco andado por tantos surgen caminos nuevos de encuentro para todos. El punto de convergencia se descubre en la obediencia confiada a la voz de lo alto, voz que asalta y derriba, que levanta y encamina. Así lo vivieron Saulo y Ananías, en quienes acontece la experiencia de una fraternidad inicialmente impensable. Una fraternidad que no ata, como la pretendida por Marta con María, sino que libera y se hace testimonio, «anunciando valientemente el nombre de Jesús» (v. 28).

La lluvia es previsible en las tardes del invierno tropical, y con ella el colapso del tráfico, mal de Caracas y de tantas otras ciudades. La lluvia lo complica todo. En las largas y lentas filas de vehículos que saturan las vías, hay tiempo para muchas cosas, como escuchar la radio y distraerse con algo de música. En el automóvil de nuestra comunidad, sin embargo, de la radio no queda más que unos cables coloridos desde que un ladronzuelo decidió llevársela. Sin radio, con frecuencia sin la reconfortante presencia de compañeros, con las ventanas cerradas, no solo por la lluvia, sino también como cándida precaución ante un eventual asalto, el viaje se torna verdaderamente pesante. Las miradas entre conductores, y con frecuencia los gestos y las palabras, se hacen desafiantes y agresivos en la penosa marcha hacia el destino de cada quien. Cientos y cientos de carros juntos, muchas veces en la misma dirección, pero tan aislados unos de otros como burbujas metálicas. Esta imagen urbana puede resultar común a la mayoría de quienes lean estas líneas. Pero el propósito no es, ni mucho menos, escribir sobre el tráfico, que bastante hace sufrir ya cotidianamente, pero sí reflexionar sobre caminos y vías que hoy como ayer hacen posible alcanzar destinos y lograr encuentros.
Estamos en plena celebración del Año paulino. Además, acaba de concluir el Sínodo sobre la Palabra. Sin pretensión de ahondar en estos eventos en sí mismos, parece oportuno reflexionar sobre una parte del tema que inspira nuestro próximo capítulo general: “(…). Que nos une en fraternidad”, teniendo como base un encuentro muy particular acontecido entre Pablo y la Palabra. Ambos supieron aprovechar una vía para hacer de ella un verdadero lugar de encuentro.
Pablo es un hombre de caminos. Como los de todo tiempo y lugar, sus caminos no estuvieron exentos de sorpresas, emociones y peligros. Él mismo lo corrobora en más de una ocasión. Pero de todos, ninguno tan decisivo como aquel que emprendió un día desde Jerusalén a Damasco. Un viaje que le cambió la vida, ¡y de qué manera! Un viaje que lo llevó a un destino insospechado, la fraternidad, etapa previa y punto de arranque a todo destino posterior.
Quien lo desee podrá conseguir sin mucha dificultad informaciones detalladas del tráfico de la época y de las condiciones de la vía entre una ciudad y otra, incluso de los riesgos que le eran propios, entre otros, los asaltos. ¡Los asaltos! Con tanto ir y venir, ¿sufrió Pablo de Tarso alguno? Todo indica que sí. ¿Qué le paso? ¿Qué consecuencias tuvo? Este puede ser un buen punto de partida para asomarnos a esa vía y a este personaje. El mapa de ruta a seguir lo marca el relato de los Hechos de los apóstoles, en concreto el camino de Saulo a Damasco (Hch 9,1-19).
P. Carlos Luis Suárez Cordoniú, scj

 

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