Un día en la casa de la caridad

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Fue solo un día. Llegué a Penipe en la tarde del 28 de diciembre de 2015 y regresé a Quito al día siguiente por la tarde. Penipe es un pueblo de la Provincia de Chimborazo (Ecuador). Se le conoce también como “Pueblo de la solidaridad”. No puede ser menos, ya que en pocos metros se encuentran tres proyectos sociales en torno a los cuales el pueblo ha crecido económicamente.

En este ambiente estuvo un grupo de jóvenes del Ciclo vocacional que dirigen los Dehonianos. Desde el 26 al 31 de diciembre permanecieron haciendo una experiencia de misión y voluntariado. El grupo se dividió en dos, de manera que todos pudieron participar tanto con los niños y jóvenes en una casa, como con los viejitos en otra.

Visité el hogar del Adulto Mayor que atienden las hermanas de los ancianos desamparados: amplio, luminoso, acogedor, limpio, sencillo y adaptado a las necesidades de los ancianos. Donde residí  el día entero fue en la “Casa de la caridad”, que es un centro de Asistencia Social creado en 1995, para acoger y atender de manera integral a niños, niñas y jóvenes con discapacidad múltiple que han sido abandonados en hospitales, calles o frente a las propias puertas de esta institución. Lo dirige la comunidad de “Hermanas Franciscanas de la Caridad”. También es un centro adaptado a las necesidades de las personas que requieren asistencia.

En este hogar los jóvenes del Ciclo vocacional se desperezaban a las 05:00 de la mañana y se iban para ayudar a levantar a las personas con capacidades distintas del centro. Luego, junto con las Hermanas, participaban en la Eucaristía a las 06:00. Necesitaban orar y alimentarse espiritualmente. El Cristo que celebraban en la Eucaristía era el rostro que luego iban a ver en los niños y jóvenes del centro. Cristo lleva a Cristo. Era curioso en la misa ver a las Hermanas abarcar en sus brazos algunos guaguas que no podían estar solos. Después de la misa colaboraban para darles el desayuno y después les acompañaban a las aulas para que hicieran la terapia ocupacional matutina.

La mañana era aprovechada para la reflexión, el acompañamiento personal, cosas de limpieza o algún otro menester que pidieran las Hermanas o que necesitara la casa.

A medio día llegaba el momento del almuerzo. Todos iban al comedor. Dar de comer parecía una terea fácil a simple vista, sin embargo a veces no era así: en algunas ocasiones algo divertido, en otras te medían la paciencia, en no pocas tenías que estar dispuesto mancharte y, en otras, también debías estar atento por si alguien, entre cucharada y cucharada, te pedía un abrazo, etc. Dar de comer se convertió en algo vital y entrañable.

Después de almorzar y de dejar limpio el comedor aprovechaban para descansar y hacer algo de deporte. A las cinco de la tarde ya tenían que estar dispuestos para darles la merienda y acompañarles a sus habitaciones para asearlos y acostarlos. Por la noche, cuando todos se habían ido a la cama y antes de la cena de los misioneros, los jóvenes del Ciclo vocacional se reunían para tener un ratito de oración, con el fin de dar gracias a Dios por la jornada y poner todo en sus manos. Se compartía en torno a Dios lo vivido durante ese día: cómo habían sentido el paso de Dios por sus vidas en esa jornada, cómo Dios les había ido tocando el corazón a través de las personas que atendieron… Al final uno va descubriendo que todo era gracia.

La jornada era intensa para estos jóvenes dehonianos misioneros y voluntarios.

Me llamó la atención, cómo entre las mismas personas con capacidades distintas se ayudaban mutuamente. Se vitaba en el hogar cualquier tipo de “dependencia malsana”.

Seguro que Dios se sintió muy contento con el grupo del Ciclo vocacional que estuvo en estos sitios. Dios les sonreía en los niños, jóvenes, adultos. Dios les amaba en ellos. Nuestros jóvenes, entre otras cosas fueron aprendiendo a ser amados por Dios cuando las otras personas se dejaban cuidar y querer. Daban amor y recibían amor. Han aprendido también gratuidad. En ellos resonaban las palabras de San Pablo: “si yo no tengo amor de nada me sirve”.

Sin duda que esta experiencia ha reforzado su fe, esperanza y caridad; ha fortalecido sus actitudes y compromisos de misericordia y les ha dado decisión para seguir trabajando por el Reino de Dios. Dios les bendiga y gracias.

P. José Luis

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