Un espíritu y un cuerpo, al servicio de una misión

Familia Dehoniana

La familia carismática es también convocada a la misión. El fundador, a través de la intuición del Plan de Dios sobre la historia, percibió una doble y complementaria llamada: la llamada de Dios y la llamada del hombre. La unidad de vocación comporta la unidad de respuesta: servicio a Dios y servicio al hombre. El carisma lleva dinámicamente hacia una peculiar experiencia del Misterio de Dios y, contemporáneamente, hacia una experiencia encarnada para la salvación de personas concretas, es decir, una intuición sobre el modo en el que ofrecer salvación al hombre. El carisma, por tanto, no se entrega al fundador como una realidad totalmente dada, sino como un germen vital que contiene y hace florecer toda una espiritualidad y teología en las generaciones siguientes y en las realidades que a su luz han nacido. Esta teología y espiritualidad son el fundamento de la peculiar (forma de) misión porque el modo de ver Dios habla inmediatamente del modo de ver/hacer Iglesia y el modo de ver/servir el hombre. Teología y espiritualidad, pero también estrategia y acción. Por lo tanto, en la base de la común participación en el proyecto de espiritualidad y misión de Dehon se apoyan en estas preguntas: ¿qué imagen de Dios?, ¿qué imagen de Iglesia?, ¿qué imagen de hombre?

Dentro de la Iglesia, sujeto único de la misión conferida por Cristo, fue Él quien instituyó los ministerios jerárquicos (para estructurar y dar consistencia) y ensanchar los carismas con los que llevar adelante la misión y revitalizar la Iglesia con estos dones libres, transitorios, no permanentes. Es por esto que la misión que suscita un carisma es prevalentemente un ser así como el Espíritu sugiere ser en la Iglesia, según el propio estado de vida eclesial. Este ‘vivir así’ hace salir un inconfundible y propio repertorio de características que se hacen reconocibles y preciosos y son, por tanto, vía de posibilidad para sentir la llamada a encontrarse/reunirse como familia. La misión por tanto es también una característica de la FD. Es el peculiar modo de colaborar en cuanto FD a la única misión de la Iglesia. Misión que no deriva por tanto del consenso/opciones de los componentes, sino de la voluntad carismática constitutiva del fundador.

Por esto la misión no se debe identificar con obras/actividades concretas (también si son el modo especial/habitual de expresar la misión) que nunca la agotan: la misión es el espíritu fundamental que vivifica un ‘ser/hacer así de este modo’ 2. Consiguientemente, la obligación que emerge de la toma de conciencia de una llamada de un don recibido es el de optimizar todos los propios recursos en comunión y colaboración. Las inversiones hechas en el “formar el corazón”, en el fijar el ideario y el estatuto propio, deben dirigirnos hacia la búsqueda del luchrum Christi, es decir, de los intereses de Cristo. El movimiento que suscita la misión aclara que el discurso hecho para las congregaciones sirve también para la familia carismática, es decir, esta no es auto-referencial, no tiene el monopolio de la realidad carismática; la ha recibida como don eclesial para darlo, sin muros de separación, más allá de toda frontera cultural, racial, lingüística, nacional, social, religiosa incluso. La realidad carismática en su desarrollarse misionero supera por lo tanto la misma familia carismática.