Una imagen para el año de la Misericordia

Imagen de la Parroquia de Santa María de la Argelia.
Imagen de la Parroquia de Santa María de la Argelia.

El fin de semana pasado hemos celebrado los veintiséis años de la erección canónica de nuestra parroquia dehoniana “Santa María de la Argelia”. Coincide con la apertura del Año de la Misericordia. Es un buen motivo para volver la mirada a la imagen de María que preside nuestro templo parroquial y que ahora queremos presentar.

1.- María, madre de Dios y madre nuestra.

Es el primer aspecto que destaca al contemplar la imagen. María sostiene en su brazo izquierdo a su hijo Jesús. Nos acercamos a María por ser Madre de Dios, madre del Verbo. María acepta el encargo de engendrar en su seno al Hijo de Dios[1]. En el anuncio María es madre de Jesús. Dios ha predispuesto que su Hijo nazca de mujer (Gál. 4,5), y para ello elige a María. Dios ha decidido comunicarse con el hombre y la mujer a través de su Hijo, y para ello se ha servido de la maternidad de María. María lo concibió, lo gestó, lo dio a luz. Fue engendrado por ella y posteriormente educado y atendido por ella. Ella lo alimentó, lo abrazó y lo besó tantas veces.

María también es madre de todos los creyentes. Al pie de la cruz, María acompaña a su hijo en el dolor y la cercanía de la muerte[2]. En ese momento Jesús desvela a María como madre del discípulo, el discípulo es su hijo y por consiguiente, hermano de Jesús. El discípulo es aquél que ha nacido de Dios y que tiene a María como madre. Todos nosotros que hemos renacidos por la fe a una nueva vida contamos con María como madre nuestra.

Al pie de la cruz, María asume una nueva maternidad, es madre de la fe. Su nueva misión es acoger al discípulo a quien ella ha engendrado espiritualmente como hijo suyo y permanecer con él.

2.- El seguimiento de Jesús nos lleva al encuentro con el necesitado.

En la imagen está clara la relación entre su hijo Jesús y el pobre o necesitado. De una mano sostiene a su hijo, y con la mano derecha tiene un gesto de protección hacia una niña con aspecto triste que con ojos llorosos sostiene un pan en su mano. Esta niña mal vestida mira hacia María buscando consuelo y ayuda.

En esta niña están reflejados los dolores de nuestro tiempo. Al acercarnos a Dios no podemos obviar a tantos sectores de nuestra sociedad que están sufriendo. Ver el rostro de la niña nos lleva a tantos ancianos que están siendo marginados y olvidados por parte de aquellos, hijos, nietos por los que han trabajado y luchado toda su vida. Abandonar a las personas mayores es quitarle la palabra a la historia, aquellos que nos pueden dar luz y sabiduría en lo que vivimos, además de ser un acto de ingratitud tan grande

Tampoco podemos olvidar a tantas personas que está llegando a nuestro país como refugiados a causa de las injusticias que se viven en su país de origen. Jóvenes que no encuentran salida a sus problemas ni nadie que les eche una mano y optan por el camino del suicidio, la violencia o la drogadicción.

En el cuerpo de esta niña están las marcas de tantos niños maltratados, tantas mujeres violentadas, incluso en sus mismos hogares que claman, a veces desde el silencio.

María es madre de todos, de los de aquí y los de allá. En esa tierna figura de niña están también los gritos de tanto dolor en tanta guerra que azota a nuestro mundo, las continuas violaciones a los derechos humanos, los lamentos de hombres y mujeres migrantes que, buscando un futuro mejor, quedan atrapados en las fronteras de EEUU, España o Italia.

Quien se acerca a Jesús no le queda más remedio que volcarse en la relación con el hermano pobre y necesitado. Desde la fe nos unen lazos de hermandad profunda fruto de contar con la misma madre, María.

3.- La relación con el pobre provoca la conversión.

No podemos tomar la mano de alguien sin sentir su calor o frío, no podemos mirar a los ojos sin dejarnos afectar por la situación que está pasando la otra persona.

La relación con el dolor y el sufrimiento, con la injusticia y la exclusión sacude nuestras entrañas al igual que le pasaba a Jesús en tantos momentos. No podemos continuar igual después de habernos acercado al pobre y necesitado. En nosotros debe haber un cambio, una conversión.

El camino del discípulo de Jesús pasa por la conversión. Quien se encuentra con Jesucristo, sea por la oración, por los sacramentos o en la relación con el mundo de la pobreza, está llamado a cambiar su forma de pensar y vivir, aceptando la cruz de Cristo y siendo consciente que morir al pecado es alcanzar la vida[3].

4.- Un rostro empañado de misericordia.

Todo aquél que se acerque a la imagen de Santa María de la Argelia le llama poderosamente la atención la mirada y la sonrisa. Es un rostro que se conmueve y se acerca a la realidad desde la sencillez de la sonrisa cálida y la mirada atenta.

Esta sonrisa y mirada de María hacia la niña también muestra la compasión y la misericordia de quien se conmueve ante la necesidad ajena.

La compasión de María ante nuestras necesidades proviene de haber ella experimentado la misericordia divina en su misma carne[4] cuando canta gozosa: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva”.

Nos ponemos a los pies de Santa María de la Argelia, viendo en ella la mujer que hizo de su vida un continuo “Sí” a Dios, María la mujer fuerte y libre, madre nuestra y madre de la Caridad. Que ella nos guíe por los caminos de la Misericordia en estos barrios de la Argelia y en la vida de nuestras familias. Amén.

[1] Lc. 1,26-38

[2] Jn 19,23

[3] Documento Aparecida, n 278

[4] Lc 1, 46-48

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