Una nueva creación

expulsion

Desde el tercer domingo en Cuaresma, los ciclos A, B y C se diversifican. El clásico es el A. Todo el proceso cuaresmal va encaminado hacia el bautismo de los catecúmenos (o hacia la renovación bautismal de los bautizados) y todos los domingos van concatenados o secuenciados en un crescendo presentando a Jesús como agua viva, luz del mundo y resurrección y vida. Los ciclos B y C no han podido  mantener este itinerario y han debido ser creados caminos paralelos. El ciclo B toma un cariz eclesial y el C penitencial. Estamos en el B y es el que vamos a seguir. (Siempre se puede optar por el itinerario A)

En la primera lectura (Ex 20, 1-17) se nos presenta el momento fundante del Pueblo elegido. Estamos en el Sinaí.  La lectura recoge el momento en que Yahveh pronuncia las 10 palabras con las que constituye y establece Alianza perpetua con Israel. Estamos prácticamente ante una “nueva creación”. 10 palabras pronunció Yahveh en el momento de la creación del mundo. Ahora, la misma Palabra, que fue potente para crear todas las cosas, es potente para crear un nuevo Pueblo de Dios.  Ahora es Yahveh el que pasa (hace pascua) e instituye y crea y salva al Pueblo de Israel.

La alianza se establece según los parámetros acostumbrados del momento. Se solían hacer alianzas entre los reyes y su pueblo. Aquí se sigue ese esquema y al principio de la alianza se recuerdan los títulos que tiene el “rey” para exigir alianza o la contrapartida del otro aliado. Los títulos de YHWH son: El que te saqué de Egipto, de la esclavitud. En definitiva le está diciendo que soy el que te ha creado de nuevo, el que ha hecho que tú seas el que eres. Un pueblo libre. Una persona libre.

Es necesario remarcar que la iniciativa es toda de Dios. Israel no pone nada de su parte. Si acaso tener una “dura cerviz”. Dios elige y llama no porque Israel lo merezca o porque sea mejor que otros pueblos. De hecho es el más insignificante. Dios elige y llama tan solo “por el amor que te tengo”. Es decir, el llamado nace del amor de Dios que hace que las cosas sean (creación) y que el pueblo sea (Alianza).

Amor primero. Amor puro. Amor gratuito. Amor misericordioso (se abaja a escuchar la voz de su pueblo).

Y es de este Amor entrañable  y materno de donde nacen las 10 palabras de los que conocemos como mandamientos. Las 10 palabras que constituyen (son la Constitución) el núcleo legal del nuevo pueblo. Palabras o mandatos que al nacer del Amor no pueden ser “caprichos de Dios”. No estamos ante un voluntarismo de Dios: “Se hace esto porque me da la real gana”. Las cosas no son malas porque Dios lo diga o quiera, sino que por que son malas Dios lo dice y avisa justamente porque tiene corazón de madre.  Las 10 palabras de Dios son la carta magna de la libertad. Son el camino que lleva a la vida. Es más, es un camino de “mínimos” indispensables para que el hombre sea hombre y pueda sobrevivir dignamente (como imagen y semejante a Dios).

Israel (¿y nosotros?) acoge estos mandamientos con alegría, pero tantas veces los vivirá como “carga pesada”. Muchas veces los vivirá como puro cumplimiento. Los acatará de boca, pero no de corazón. Se mantendrá en la apariencia, pero el corazón estará lejos.

Es por eso que la labor de los profetas será labor de internalización de esta ley y hacer que se escriba en el corazón. Fijaros que solo el mandamiento décimo tiene un cariz internalizador. “No codiciar”. Quizás aquí está el eslabón que se abre y une a la que será la “nueva alianza” en Jesucristo donde la internalización de la Ley es máxima. Las bienaventuranzas empiezan por: “Los pobres de espíritu”, es decir, aquellos que se fían de Dios, son humildes y acogen la Palabra de Dios como fuente de vida y de salvación.

La segunda lectura (1 Cor 1,22-25) mira hacia la Pascua “cristiana”; la pascua que estamos preparando en este camino cuaresmal. Pablo apunta hacia la cruz. Una cruz que es escándalo para los judíos y necedad para los griegos. Para  nosotros prueba de la Sabiduría de Dios; signo del Amor de Dios. Signo del Amor del Padre al Hijo y a nosotros; signo del Amor del Hijo al Padre y a nosotros. En el Viernes Santo podremos meditar esto más despacio. Pero no olvidar que la resurrección pasa por la cruz y por la muerte.

El Evangelio (Juan 2, 13-25) es el plato fuerte del día. Y la verdad es que hace falta un buen estómago para digerirlo. Da “miedo” enfrentarse a él, porque tiene consecuencias “fuertes” para la vida y como que uno prefiere no complicarse la vida y vivirla entre las medias tintas de la mediocridad cuando no de la pantomima. Jesús sorprende en el evangelio. Un Jesús, con látigo y ejerciendo violencia en el atrio del templo echando a mercaderes y traficantes… como que es llamativo. El acontecimiento lo cuentan los 4 evangelistas, por lo que podemos decir que estamos ante un hecho importante en la vida de Jesús y que debe ser cierto porque nunca hubieran inventado una escena de este cariz que va en contra de la causa que pretenden proclamar. Jesús, con este gesto, está tocando  una de las columnas sobre las que se mantiene la religión judía: El Templo. Y, de paso, también toca “la Ley” y el “Sacerdocio”, que son las otras dos columnas del trípode institucional. Al tocar las “tres patas” es fácil constatar que se desestabiliza el cotarro o que se agita el avispero. De hecho, los tres evangelios sinópticos ponen este hecho como el desencadenante de la detención de Jesús y su condena a muerte. Juan traslada este hecho al inicio de la actividad pública de Jesús y le da el cariz de “signo” o “señal”, por lo que lo introduce en la línea de los signos proféticos, que apuntan a una realidad mayor y más profunda.

El Evangelio de Juan va indicando que en Jesús estamos ante la “nueva Ley”, el “nuevo Templo” y el “único y eterno Sacerdote”. Las instituciones de Israel quedan eclipsadas y obsoletas ante el acontecimiento salvífico de Jesús de Nazaret. La Palabra de Dios se ha hecho carne y ha acampado en medio de nosotros. La “Gloria de Dios” que andaba por el Sinaí, que bajaba a la tienda del arca y que después habitaba en el “Sancta Sanctorum” del Templo, AHORA se ha hecho CARNE. Dios habita en medio de nosotros en la carne (humanidad) de Jesús. Él es el Hijo, lugar de máxima presencia de Dios en el espacio y en el tiempo. EL ES EL NUEVO TEMPLO. En Jesucristo, el espacio y el tiempo quedan desacralizados. No hay “tiempos” santos y “espacios” santos. Todo es santo o todo está santificado; pero de forma particular el “Santo de Dios” es Jesucristo y en Jesucristo, el “santo de Dios“ es todo hombre. Todos somos “santos” y todos somos “templo de Dios”. Dios habita en cada hombre.

Y a partir de aquí es donde empieza a dar vértigo el analizar nuestra vida, nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestra religiosidad, nuestra visión de lo sagrado y de lo profano. Porque a partir de aquí se ponen en solfa tantas de nuestras costumbres y maneras de vivir nuestra fe, nuestro cristianismo, nuestra oración y nuestra celebración.

¿Adoramos a Dios en espíritu (Espíritu) y verdad (Verdad)? ¿Es el otro (prójimo) para mí el templo de Dios? ¿Acojo al hermano como acogería a Dios? ¿Mi comunión eucarística diaria hasta dónde llega? ¿Con qué Jesús comulgo?

Me vienen miles de preguntas y en las respuestas que me vienen, veo que estoy lejos, muy lejos, de las respuestas que Dios quiere. Hago mi camino y prefiero no pensar demasiado en la radicalidad del evangelio porque me desnuda y deja a la intemperie. De hecho prefiero mis seguridades que las que me garantiza el evangelio y que me llevarían al desprendimiento, a la kenosis, y a la cruz.

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