Ven y sígueme

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Propiamente iniciamos hoy el ciclo del llamado “tiempo ordinario” aunque ya estemos en el 3º domingo. A partir de este domingo y a lo largo de 34 domingos vamos a contemplar el misterio que se revela en Jesús de Nazaret siguiendo sus pasos a lo largo de toda su vida pública.

Vida pública que se inicia precisamente con lo que se nos narra en el Evangelio de hoy (Mateo 4, 12-23). Jesús que estaba entre Jerusalén y Jericó, se aleja de la zona y vuelve a su tierra, Galilea; pero no se instala en Nazaret, su pueblo, sino que va a Cafarnaúm,  junto al lago. Jesús va del “centro” a la “periferia”. Jesús se aleja del lugar de control oficial sobre la religión de Israel y se va al lugar donde están los excomulgados y gentiles. La Galilea de los gentiles. (Isaías 8, 23- 9,3). La Galilea pagana donde la religión oficial se había contaminado con los movimientos de población a la que había sido sometida las tierras del norte y también por ser cruce de caminos de importantes rutas comerciales. Este distanciarse de Jerusalén, ya tiene una primera connotación. Jesús hace una opción por una determinada gente (los pobres o marginados) y su mensaje va a ser de difícil cuadratura en los esquemas “canónicos”. Su mesianismo se va a distanciar mucho de los parámetros oficiales. No viene a conquistar sino a ofrecer; no viene a imponer con la fuerza sino a testimoniar la verdad.

Jesús ha tomado una decisión y no tarda en llevarla a efecto. Una vez que tiene claro el camino indicado por el Padre, de inmediato, empieza a realizarlo. Y anuncia o proclama: “Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca”. Es el mismo anuncio del Bautista (Mt 3, 2). Al menos las palabras suenan igual. El contenido de ese “Reino” será desglosado a lo largo de todo el evangelio de Mateo. Pero para no crear  malentendidos, al final de la lectura de hoy se nos da una precisión muy importante: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”.  Es un versículo “síntesis” donde se nos describe lo que Jesús va a hacer: enseñar, proclamar, curar recorriendo todo el país. Pero ahora me interesa resaltar la frase: “proclamar el Evangelio del Reino”. Con esta frase se marcan las distancias oportunas entre Juan Bautista y Jesús. Juan anunciaba la llegada del día de venganza o del día de la “ira” del Señor. Ese día era inminente y había que cambiar para no caer bajo el castigo. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios como una “buena noticia” o “Evangelio”.  Y la buena noticia es justamente esa: que Dios ha decidido de forma definitiva ejercer su reinado que no es otro que el de ponerse a nuestro lado, estar cerca como una madre está cerca de su hijo, curar y sanar nuestras debilidades y pecados y hacernos entrar a todos en su casa. Ciertamente esto supone conversión. Cambio de actitud. Supone dejar a Dios ser Dios en nuestra vida; fiarnos de Él, dejarnos llevar de su mano, ser hijos obedientes porque estar con Él es con mucho lo mejor.

Jesús, también desde el primer momento empieza a buscar, llamar y elegir compañeros de viaje. Jesús es la luz que brilla en las tinieblas de muerte, pero es luz que además de iluminar, contagia, transforma y comunica el ser luz; comunica su misma vida.

En el Evangelio de hoy también se nos narran las primeras invitaciones-vocaciones de Jesús a algunos de sus discípulos. Pedro, Andrés, Juan, Santiago. Jesús llama e invita a cada uno por su nombre. No es una llamada “a voleo” sino que es nominal. Tú, ven y sígueme. En esos nombres, en ese “tú”, estamos incluidos cada uno de nosotros. Es importante que hoy sintamos nuestro nombre pronunciado por la boca de Jesús y sentirlo en el hondón del corazón. Decir: “Yo he sido llamado. Sin ningún mérito por mi parte, pero Dios se ha fijado en mí. Dios me ama como hijo, y soy importante para Él”. Es todo un lujo el sabernos amados gratuita y desinteresadamente por Dios y por iniciativa suya. A este amor “enamorado” podemos responder con un amor “enamorado” hacia Él.

La respuesta de los primeros llamados es inmediata; ya; ahora mismo. Una respuesta inmediata que supone un “despojamiento”: dejarlo todo. Y así, “ligeros de equipaje”, pueden seguir a Jesús a donde él vaya. Seguir a Jesús es la premisa inexcusable para la consecución del Reino, o para que el Reino acontezca en nosotros. Y este seguimiento viene precedido por la “llamada o vocación nominal”, le sigue una respuesta sin dilación y sin condiciones. Uno deja todas sus seguridades y pertenencias y a partir de ahora solo Dios será nuestra seguridad, nuestra meta y nuestra posesión.

El Evangelio de Mateo nos enseñará  a hacer todo esto para que nuestro seguimiento de Jesús sea cada vez más decidido y cada vez más pleno e integrador en nuestra vida. Que no nos asuste la radicalidad evangélica. Alguien nos precede en esa radicalidad y se hace camino, verdad y vida para nosotros.

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