“Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”

DOMINGO III –A (26-1-2014)

Propiamente iniciamos hoy el ciclo del llamado “tiempo ordinario” aunque ya estemos en el 3º domingo. Los dos anteriores han sido domingos que continuaban la fiesta de la Epifanía del Señor. Domingos dedicados a presentar quién es Jesús desde las raíces del misterio de la Encarnación. Ahora, a partir de este domingo y a lo largo de 34 domingos vamos a contemplar el misterio que se revela en Jesús de Nazaret siguiendo sus pasos a lo largo de toda su vida pública.

Vida pública que se inicia precisamente con lo que se nos narra en el Evangelio de hoy (Mateo 4, 12-23). El domingo pasado podíamos ver cómo Jesús, al ser bautizado por Juan, lleno del Espíritu Santo había oído la voz de Dios que lo proclamaba Hijo, amado, predilecto en quien el Padre había puesto todas sus complacencias. Este es el punto de arranque de la ruptura de Jesús con lo que hasta ahora había vivido: eso que conocemos como la vida oculta de Nazaret. La decisión de tomar una nueva dirección en su vida la hace con ocasión de la prisión y muerte de Juan. Muere Juan y como que Jesús se ve emplazado a tomar “el testigo” y seguir anunciando la novedad que Juan predicaba; pero no lo hará como discípulo de Juan, sino como Ungido de Dios y como Hijo de Dios, por lo que la novedad anunciada tendrá tintes muy novedosos y distintos. No será solo cambio de acentos sino anuncio de realidades nuevas para indicar y llevarnos por el camino de la Salvación.

Jesús que estaba entre Jerusalén y Jericó, se aleja de la zona y vuelve a su tierra, Galilea; pero no se instala en Nazaret, su pueblo, sino que va a Cafarnaún, junto al lago. Jesús va del “centro” a la “periferia”. Jesús se aleja del lugar de control oficial sobre la religión de Israel y se va al lugar donde están los excomulgados y gentiles. La Galilea de los gentiles. (Isaías 8, 23- 9,3). La Galilea pagana donde la religión oficial se había contaminado con los movimientos de población a la que había sido sometida las tierras del norte y también por ser cruce de caminos de importantes rutas comerciales. Este distanciarse de Jerusalén, ya tiene una primera connotación. Jesús hace una opción por una determinada gente (los pobres o marginados) y su mensaje va a ser de difícil cuadratura en los esquemas “canónicos ”. Su mesianismo se va a distanciar mucho de los parámetros oficiales. No viene a conquistar sino a ofrecer; no viene a imponer con la fuerza sino a testimoniar la verdad.

Jesús ha tomado una decisión y no tarda en llevarla a efecto. Una vez que tiene claro el camino indicado por el Padre, de inmediato, con urgencia, empieza a realizarlo. Y anuncia o proclama: “Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca”. Es el mismo anuncio del Bautista (Mt 3, 2). Al menos las palabras suenan igual. El contenido de ese “Reino” será desglosado a lo largo de todo el evangelio de Mateo. Pero para no crear  malentendidos, al final de la lectura de hoy se nos da una precisión muy importante: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”.  Es un versículo “síntesis” donde se nos describe lo que Jesús va a hacer: enseñar, proclamar, curar recorriendo todo el país. Pero ahora me interesa resaltar la frase: “proclamar el evangelio del Reino”. Con esta frase se marcan las distancias oportunas entre Juan Bautista y Jesús. Juan anunciaba la llegada del día de venganza o del día de la “ira” del Señor. Ese día era inminente y había que cambiar para no caer bajo el castigo. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios como una “buena noticia” o “evangelio”.  Y la buena noticia es justamente esa: que Dios ha decidido de forma definitiva ejercer su reinado que no es otro que el de ponerse a nuestro lado, estar cerca como una madre está cerca de su hijo, curar y sanar nuestras debilidades y pecados y hacernos entrar a todos en su casa. Ciertamente esto supone conversión. Cambio de actitud. Supone dejar a Dios ser Dios en nuestra vida; fiarnos de Él, dejarnos llevar de su mano, ser hijos obedientes porque estar con Él es con mucho lo mejor.

Jesús, también desde el primer momento empieza a buscar, llamar y elegir compañeros de viaje. Jesús es la luz que brilla en las tinieblas de muerte, pero es luz que además de iluminar, contagia, transforma y comunica el ser luz; comunica su misma vida.

En el evangelio de hoy también se nos narran las primeras invitaciones-vocaciones de Jesús a algunos de sus discípulos. Pedro, Andrés, Juan, Santiago. Jesús llama e invita a cada uno por su nombre. No es una llamada “a voleo” sino que es nominal. Tú, ven y sígueme. En esos nombres, en ese “tú”, estamos incluidos cada uno de nosotros. Es importante que hoy sintamos nuestro nombre pronunciado por la boca de Jesús y sentirlo en el hondón del corazón. Decir: “Yo he sido llamado. Sin ningún mérito por mi parte, pero Dios se ha fijado en mí. Dios me ama como hijo, y soy “importante” para Él”. Es todo un lujo el sabernos amados gratuita y desinteresadamente por Dios y por iniciativa suya. A este amor “enamorado” podemos responder con un amor “enamorado” hacia Él.

La respuesta de los primeros llamados es inmediata; ya; ahora mismo. Una respuesta inmediata que supone un “despojamiento”: dejarlo todo. Y así, “ligeros de equipaje”, pueden seguir a Jesús a donde él vaya. Seguir a Jesús es la premisa inexcusable para la consecución del Reino, o para que el Reino acontezca en nosotros. Y este seguimiento viene precedido por la “llamada o vocación nominal”, le sigue una respuesta sin dilación y sin condiciones. Uno deja todas sus seguridades y pertenencias y a partir de ahora solo Dios será nuestra seguridad, nuestra meta y nuestra posesión.

El evangelio de Mateo (desglosado durante todos los domingos ordinarios de este año) nos enseñará  a hacer todo esto para que nuestro seguimiento de Jesús sea cada vez más decidido y cada vez más pleno e integrador en nuestra vida. Que no nos asuste la radicalidad evangélica. Alguien nos precede en esa radicalidad y se hace camino, verdad y vida para nosotros.

 

Gonzalo Arnáiz Alvarez, scj.

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