Vigilad y orad

Adviento

Iniciamos el tiempo de Adviento al que solemos definir como el tiempo de la Esperanza. Un tiempo que señala nuestro futuro que decimos esperar activamente.

Mi convencimiento personal es que, desde hace muchos siglos, la esperanza intensa y confiada en la venida del Señor (“tensión escatológica”) que vivía la primera comunidad de cristianos se ha ido apagando y casi extinguiendo. Pocos de nosotros sabríamos dar “razón de nuestra esperanza”. Pocos de nosotros sabríamos describir cuál es el contenido de nuestra esperanza (¿qué es lo que espero?) y pocos de nosotros sabríamos indicar cuál es el fundamento de nuestra esperanza.

Las lecturas de este primer domingo de Adviento pueden dar pie para responder a estas tres preguntas.

La lectura de Isaías podría ser una preciosa respuesta a la pregunta sobre el fundamento de la esperanza. “Tú Señor, eres nuestro PADRE”. Es la experiencia fundante por la que Israel espera que se rasgue el cielo y baje con su presencia e instaure su reinado. Y de hecho se afirma que ha bajado y que baja continuamente por el amor que tiene a su pueblo.  No hay ningún Dios que haga tanto por el que ESPERA EN ÉL.  Qué belleza  y que grandeza la de Isaías al afirmar de nuevo “Tú eres nuestro Padre; nosotros la arcilla y tú el alfarero”. Es un canto a la confianza extrema en Dios y saber que estando en sus manos hará de nosotros lo mejor. Nos va a modelar con el cariño con el que un padre acoge en su seno al niño pequeño. ¡Cómo no fiarnos de un Padre!; ¡Cómo no esperar en El! Nos ha mostrado tantas veces a lo largo de nuestra vida que realmente es providente, que está a nuestro lado, que nos conduce hasta por las cañadas oscuras, que nos precede y que nos espera. Sería interminable el canto de alabanza y bendición que podríamos cantar por las maravillas que Dios ha hecho en nosotros (cada uno), en nuestro pueblo, en nuestra historia y la del mundo entero de todos los tiempos. Este Dios, ABBA, es el fundamento de nuestra esperanza.

La lectura de la carta de San Pablo a los Corintios, nos habla del contenido de nuestra esperanza, que no es otro que Cristo el Señor. “Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo Jesucristo Señor nuestro”. El contenido de nuestra esperanza no es una cosa, una ideología, una utopía…; es una persona VIVA. ES “El Viviente”: Llamados a participar en la VIDA de su HIJO. Esa es nuestra esperanza. Ese es el CIELO.

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. Más que saludo es compendio de lo que es nuestra Salvación.  Salvación ya en acto, porque “hemos sido enriquecidos en todo, porque en nosotros se ha probado el testimonio de Cristo. Nuestra Esperanza que es Cristo, que es participar de su Vida, participar de su Espíritu, ya está realizándose en acto aquí y ahora. En Esperanza hemos sido Salvados. Y esta presencia adelantada de lo que será pleno en el futuro, hace que nuestra vida pueda vivirse, sin muchas ataduras, ligeros de equipaje, capaces de renunciar a muchas cosas, porque ninguna cosa tiene “peso” suficiente como para que por ella perdamos el norte de nuestra vida. El creyente, esperanzado en Cristo, puede vivir dando su vida por los demás, porque el que da la vida, no la pierde sino que la gana.

Como “coda” de esta lectura, se nos dice: “Él es fiel”. Dios es fiel. De nuevo el fundamento de nuestra esperanza. Dios es fiel y no puede negarse a sí mismo. Dios nos crea porque nos ama y nos crea para la vida y una vida que es su misma vida. Dios se nos entrega totalmente en su Hijo para que tengamos la vida de hijos.

El Evangelio se puede resumir (aunque sea mucho resumir) en el “VELAD”. Quizás no sea la definición teórica de la esperanza. Pero si lo pensamos en línea de acción, vivir esperando significa vivir “velando” para “cazar” cada día el “hoy de Dios”.  Ir descubriendo eso que llamamos “kairoi” de Dios, las acciones de Dios en medio de su pueblo e ir respondiendo activamente a esos llamados o acciones del Señor. No podemos dejar de volver la mirada al evangelio del domingo pasado, donde las acciones de Dios, o los “kairoi” pasaban por las obras de misericordia con los pobres, llorosos, afligidos y demás ralea. Esperar es poner en acción todos nuestros recursos (talentos) para que el Reino esperado, vaya haciéndose realidad en nuestros días.

Nuestra esperanza debe ser una esperanza activa y a la vez alegre y gozosa. No esperamos un cataclismo al que hay que temer. Esperamos la llegada del Hijo del Hombre que pondrá a valer todas las cosas y se dará inicio a un cielo nuevo y una tierra nueva. El Reino de Dios quedará instaurado de forma plena y definitiva para el bien de todos los hombres y mujeres que han puesto su esperanza en el Señor y para todos lo que sabiéndolo o no han apostado por la causa de los hombres con los que Dios se identifica.

Habría que añadir al Vigilad el ORAD. La oración es clave en la esperanza y en el Adviento. Por eso que no deje de sonar el “Padre nuestro” ni el “Ven Señor Jesús”.

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