Visita del Papa Francisco a Ecuador

papa quinche

Estos fueron los actos y momentos más sobresalientes de su viaje apostólico a nuestro país: el día 5, ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Quito. El día 6 por la mañana, en Guayaquil, saludos y bendición en el Santuario de la Divina Misericordia y Eucaristía en el Parque Los Samanes; y por la tarde, en Quito, visita a la catedral. El día 7, también en Quito, Misa en el Parque Bicentenario (antiguo aeropuerto), encuentro con el mundo de la escuela – universidad (en la Pontificia Universidad Católica de Ecuador)) y encuentro con la sociedad civil (en la Iglesia de San Francisco). El día 8 por la mañana, en El Quinche, encuentro con el clero, religiosos/as y seminaristas.

Como testimonio importante de esta visita del actual Santo Padre a Ecuador -y después pensármelo un poco- me he decidido por escribir sobre este último acto oficial, llevado a cabo poco antes de partir para Bolivia. Me estoy refiriendo al “discurso-encuentro” que tuvo lugar en el Santuario Nacional Mariano de El Quinche.

En el preludio de este encuentro, el Papa Francisco comenzó diciendo que, desde que llegó a Ecuador estaba notando algo especial en las gentes de este pueblo, en su piedad, en el modo de pedir la bendición desde el más viejo al más pequeño y, dándole vueltas a qué se debería ese “algo especial”, llegué a la conclusión de que lo distinto de este pueblo se lo había otorgado la valentía de ser la primera nación del mundo consagrada al Sagrado Corazón de Jesús y, después de pocos años, también al Inmaculado Corazón de María.

Seguidamente dijo textualmente esto: “Hoy tengo que hablarles a los sacerdotes, a los seminaristas, a las religiosas, a los religiosos y decirles algo. Tengo un discurso preparado, pero no tengo ganas de leer. Así que se lo doy al Presidente de la Conferencia de Religiosos para que lo haga público después”. Y la respuesta masiva del público fue un aplauso ensordecedor. A los Dehonianos, rápidamente se nos vino a la memoria que este mismo gesto lo tuvo también con nuestros Padres Capitulares en la audiencia que les concedió en el Vaticano, una vez finalizado el XXIII Capítulo General. Además, todos teníamos la sensación de que el Papa Francisco conecta mucho más cuando habla espontáneamente que cuando lee, como también volvió a suceder acá.

Como nos hallábamos en la explanada del Santuario Nacional de la Virgen del Quinche (patrona de Quito y de Ecuador), prosiguió diciéndonos: pensaba en la Virgen, pensaba en María y, sobre todo, recordando estas dos frases: “Hágase en mí” y “Hagan lo que Él les diga”. La primera discípula de su Hijo, tenía conciencia de que todo lo que ella había traído era pura gratuidad de Dios. Religiosas, religiosos, sacerdotes y seminaristas, todos los días hagan ese camino de retorno a la gratuidad con el Dios que los eligió. Ustedes no pagaron boleto para entrar en el seminario y la vida religiosa. Todo fue gratuito. Un consejo de hermano: todos los días, antes de irse a dormir, una mirada a Jesús y decirle: “Todo me lo diste gratis”.

Una segunda cosa que les quisiera decir es que cuiden la salud, pero sobre todo cuiden de no caer en una enfermedad peligrosa para los que el Señor nos llamó gratuitamente a seguirlo o a servirlo. No caigan en el alzheimer espiritual, no pierdan la memoria de dónde los sacaron y no renieguen de sus raíces. Para ratificar estas afirmaciones, el Papa Francisco nos refrescó la memoria recordando la elección de David para ser rey de Israel, siendo el menor de los hermanos, así como como la disposición del profeta Amós cuando Dios le dijo que hiciera de profeta: “Pero yo quién soy si a mí me sacaron de detrás del rebaño”. También, San Pablo dio a su discípulo Timoteo una serie de consejos pastorales, pero hubo uno que le llegó al corazón: “No te olvides de la fe que tenía tu abuela y tu madre”.

Y estos dos principios -el de la gratuidad de Dios y el de la memoria de los orígenes- si los viven, los van a hacer vivir con dos actitudes: la del servicio y la del gozo y la alegría. Primero el servicio, porque Dios nos eligió para servir y esa es nuestra peculiaridad, por encima de nuestro tiempo, de que tenemos otras cosas que hacer, de que ya no es horario de despacho o de que estemos cansados; quien va por el camino de servir tiene que dejarse hartar de la gente y sin perder la paciencia, porque ningún momento le pertenece. Estamos para servir delante del sagrario, pidiendo por el pueblo, pidiendo por nuestro trabajo y por la gente que Dios nos ha encomendado.

La segunda actitud que se ve en los consagrados y sacerdotes que viven esta gratuidad y esta memoria, es el gozo y la alegría. Es un regalo de Jesús que, especialmente Él nos da si se lo pedimos y si no nos olvidamos de esas dos columnas de nuestra vida sacerdotal y religiosa: gratuidad y memoria.

Ciertamente les dije al principio que la receta del modo de ser religioso de los ecuatorianos pienso que es la consagración al Corazón de Jesús, y en mi discurso parece que yo mismo les haya propuesto otra receta. Es cierto, pero se trata de un remedio que está en la misma línea, en la del Corazón de Jesús: es el sentido de gratuidad. Él se hizo nada, se abajó, se humilló. Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza: pura gratuidad. Y en sentido de la memoria… hacemos memoria de las maravillas que hizo el Señor en nuestra vida.

Que el Señor les conceda esta gracia a todos los aquí presentes, y que siga bendiciendo al pueblo ecuatoriano a quienes ustedes tienen que servir y son llamados a servir. ¡Que Jesús los bendiga y la Virgen los cuide!

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