Vocación y seguimiento

Vocación religiosa

El domingo pasado celebrábamos el bautismo de Jesús. El acontecimiento del bautismo supuso para Jesús un momento vocacional fuerte en su vida. Siente la voz de Dios que le llama “Hijo amado y predilecto”. Desde ese momento, Jesús rompe con sus quehaceres habituales, deja su casa y su familia y se convierte en itinerante anunciador de la cercanía del Reino de Dios.

El evangelio de Juan 1, 35-42 que hoy proclamamos tiene aspectos bien interesantes. Nos describe el momento en que Juan entrega “los poderes” a Jesús y él deja de ser quien era: el precursor. Vemos como Jesús pasa y adelanta a Juan que estaba parado junto con los suyos. Hasta ahora Juan iba delante; era el pre-cursor. Ahora deja de ser el precursor y Jesús pasa a ser el cursor (caminante) principal y primero. Él es el que va delante y ya no dejará ese puesto. Será el primero en asumir totalmente en su vida la “vocación” de Dios y llevarla a término en el Gólgota.

Podemos ver como en este caminar de la vida nunca estamos solos. Siempre hay caminantes con nosotros. Juan es el precursor, tiene con él discípulos que le siguen en su caminar y llegado el momento es él mismo el que indica al nuevo y principal cursor del camino. Y lo señala como “El Cordero de Dios” o el “Siervo de Dios”. Lo señala fuertemente de tal forma que es una invitación a los suyos a que sigan a ese Siervo; que él ya ha cumplido su misión de abre-caminos y de introductor.

Y los discípulos de Juan se ponen a seguir a Jesús, dejando a Juan atrás. Jesús camina delante, pero también él invita (llama) a otros a seguirle. Asistimos a un momento vocacional que parte de Jesús ante el hecho concreto de que alguien le sigue. Primero hay una invitación velada: ¿Qué buscáis?

Está claro que si no se busca no se encuentra. Esta búsqueda puede ser más o menos consciente pero debe existir una actitud de apertura y de acogida ante alguien y hacia alguien. Samuel (1 Samuel 3, 3-19) no conoce al Señor pero ya está en su casa. Se pone a tiro ante la acción de Dios. Oye la voz de Dios y está pronto a obedecer. Será el viejo Elí el que le abre el oído para que escuche la voz de Dios y le dice cómo hay que acogerla: “Habla ,Señor, que tu siervo escucha”. Y Samuel pronuncia ante la voz de Dios que le llama esa respuesta inequívoca: Háblame Señor. Dime lo que quieras. Sea lo que sea te daré las Gracias. Estoy dispuesto a todo con tal que tu voluntad se haga en mí y en todas tus creaturas. Obedeceré o secundaré todas tus iniciativas sobre mí, sobre mi vida. Todo mi ser es para ti. “Habla Señor que tu siervo escucha”; tu siervo obedece, oye y hace lo que tú quieras.

Los que siguen a Jesús le responden preguntando ¿Dónde vives, Maestro? Le reconocen como buen maestro y quieren saber de su maestro algo más que palabras. Quieren saborearlo como persona en la intimidad del hogar o en el entramado de la vida normal donde se da la experiencia vital del encuentro, de la fiesta, de la oración, del relato y de los testimonios.

Jesús se abre totalmente a ellos y les invita a Ir con él y ver dónde y cómo vive. Y los discípulos se quedaron con él. Qué día (o qué días) más intenso. Empezaron siguiendo a un “maestro” y encontraron al “Mesías” (Cristo o Ungido). Un encuentro con Jesús que les cambia la vida. Desde ahora serán “cursores” con Jesús en su camino hacia Jerusalén. Serán compañeros de Jesús e intentarán seguir sus huellas. Jesús irá delante. Ellos lo seguirán a donde quiera que vaya. La respuesta del discípulo es también globalizante. Toca toda su vida sin dejar resquicios al margen. La vida del discípulo cambia o se trasforma ante el encuentro con la persona de Jesús de Nazaret.

Además, el cambio es tan motivante, tan excepcional, tan fantástico, tan alegre, que les impulsa (a los discípulos) a llevar la buena noticia a otros. De corazón a corazón. De experiencia a experiencia. De boca a boca. Andrés se lo dice a su hermano Pedro, y Pedro también se deja cazar o seducir y Jesús hasta le cambia de nombre: de Simón, le hace “Piedra o Roca” (Pedro).

Esta es la historia de ayer ¿Será también la historia de hoy? ¿Dios sigue llamando hoy?

Decimos que esta es la historia de ayer, de hoy y de siempre. Dios actúa siempre. Dios obra siempre. Dios llama siempre. Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, está vivo y sigue llamando. Sigue yendo delante y detrás de él han existido y existen un sinnúmero de cursores o caminantes que descubren en él la “estrella” o la “luz” o la “vida” o “el camino y la verdad”.

Es un momento oportuno para precisar mi vocación cristiana. No me cabe la menor duda de que Dios nos ha llamado a todos a la vida y a la Vida. Estoy aquí porque Dios ha dicho “mi nombre” y soy quien soy porque sigue “llamándome”; sigue fijándose en mí. Solo esto bastaría para decir o responder “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Si él es mi hacedor… a dónde voy a ir fuera de Él. El horizonte mejor para mi vida es entrar en la gratuidad de saberme amado y de amar en esa misma dimensión.

Además en el camino de la vida, me he topado con Jesús (sus mediadores primero y después con él) y he sido bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Esta consagración aceptada por mí en mi edad adulta (o de discernimiento) cambia mi vida de raíz y hace que toda ella (todo yo) me oriente hacia Cristo el Señor y quiero que mi vida se ponga en el camino de su seguimiento, queriendo vivir a su estilo y por los ideales que a él le movieron y llevaron a dar la vida por los demás.

No he de olvidar que el Bautismo se me da (celebra y entrega) en la Iglesia, comunidad de fe donde puedo “ver” o experimentar la presencia del Resucitado en medio de esa comunidad. Sin una comunidad referencial donde se hace experiencia de vida de fe nuestro “ver” al Señor puede quedarse en iniciación conceptual.

Esta vocación después ha cristalizado en cada uno de nosotros de alguna forma concreta. Unos han optado por vivir el seguimiento en una vida esponsal abierta a múltiples servicios, otros en una vida célibe por el Reino (religiosos, vírgenes consagradas), otros viviendo la dimensión del servicio sacerdotal para el cuidado de la comunidad eclesial.

En cualquier situación es bueno recordar siempre que la iniciativa, en mi vocación, siempre es de Dios. Que Dios me elije porque me quiere y gratuitamente. No me lo merezco yo. Que Dios me elige para o en función de los demás. Mi vocación es siempre de servicio, de entrega, de donación. Jesús no se reserva nada para sí. Lo entrega todo lo que es y tiene.

La Palabra de Dios nos invita a vivir nuestra vocación a pleno pulmón: Sin recovecos o reservas para mis proyectos particulares en paralelo o al margen de lo que Dios quiere. La obediencia a Dios nos hace libres. La desobediencia nos convierte en esclavos de tantas cosas que nos distraen y alejan del proyecto de Dios, que es el mejor.

Durante este año será el Evangelio de Marco el que haga de pedagogo en nuestro acercamiento a Jesús. Desde el domingo próximo se proclamará sistemáticamente este Evangelio.

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