Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo

Homilía

Inmediatamente después de proclamar, en el llamado “sermón del monte”, las Bienaventuranzas suenan las palabras leídas hoy en el Evangelio (Mateo 5, 13-16). Mateo aterriza de inmediato en “el obrar”.  Mateo en su evangelio quiere mostrarnos básicamente como debe “obrar” el discípulo de Jesús para “ser” en verdad cristiano. El “ser” debe expresarse en el “obrar” y el “obrar” fortifica el “ser”. Y no debemos olvidar que San Mateo habla para una comunidad pequeña que está sufriendo persecución a doble banda; una por ser disidentes del oficialismo judío y otra por ser de la nación judía sometida a Roma y en esos momentos aplastada por Roma. ¿Cómo ser y vivir en tiempos de agitación y de crisis extremas? Es en ese ambiente donde se escuchan las palabras del Evangelio de hoy.

El sustrato de la respuesta está pincelado en Isaías 58, 7-10, que también está escrito en tiempos de reconstrucción (vuelta del exilio), que indica las líneas gruesas por donde debe trazarse y construirse una nueva nación para no volver a las andadas anteriores y prevaricar en los mismos defectos de siempre. “Parte tu pan con el hambriento, hospeda al sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne”. Aldabonazos que van directos al corazón. Aldabonazos que destruyen todo un montaje económico, político, social basado en la insolidaridad, en la acumulación y en el individualismo. Un montaje basado en la anti-fraternidad y en el “sálvese el que pueda”. Egoísmo puro y duro. Montaje de estructuras de pecado que se repiten y van creciendo y fortificándose a lo largo de la historia. Nuestra época es fiel reflejo de una economía y de una sociedad donde campea por sus fueros esta “razón de ser”. Pues bien, el profeta insiste que hay que desterrar la opresión, la amenaza, la maledicencia y ejercitar la solidaridad con el pobre y el hambriento. Esta es la única forma de ser creyente y fiel a Dios. Así, clamarás al Señor y te responderá: “Aquí estoy”. Un Dios que me responde como Alguien que escucha y acoge y espera y ama y se alegra. Un Dios que responde desde el pobre y oprimido, identificándose con ellos, diciendo que “ahí está”; que el que da un vaso de agua a uno de estos pequeños, a él se lo da.

Mateo, en su Evangelio, sigue esta misma pauta y refrenda lo atestiguado por Isaías. Las bienaventuranzas profundizan hasta el fondo estos principios de acción y es necesario tenerlos siempre presentes en nuestro corazón: pobres, mansos, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, pacificadores.

Según esto, y preparando el “obrar” cristiano, Jesús nos dice hoy: “Sois la sal de la tierra y la luz del mundo”. Habrá que acoger y entender las palabras de Jesús en su contexto y no malinterpretarlas. Pretender exhortar y animar, pero nunca estimular la autoestima ni el autobombo.

Sois la sal de la tierra. La sal sirve para sazonar y conservar, para sanar y restaurar fuerzas. Pero solo sirve en tanto en cuanto se hace una con el elemento que toca y ella desaparece o diluye. Es eficaz en cuanto está dispuesta a “morir”. Si se mantiene en el salero no sirve para nada. El discípulo de Jesús, en primer lugar, debe “salir”, desparramarse. Desde el principio está indicada la dimensión misionera de la vocación cristiana. Somos enviados “a la tierra”, a todo el mundo para ser como la sal. Es a este mundo concreto, a esta sociedad concreta con sus crisis y situaciones de injusticia donde tenemos que llevar un poco de sal, un poco de esperanza, un poco de equidad, un poco de justicia, un poco de fraternidad. Y esto se hace desde el testimonio de nuestra vida. No valen mucho los discursos y las buenas razones. Vale el testimonio de nuestro obrar. Vale aquí aquello de “obras son amores y no buenas razones”.

Sois la luz del mundo. El espacio exterior a la tierra es negro. Emerge la luz cuando “choca” con el aire, el agua o la tierra y se diversifica en el abanico de colores que recoge la retina y llegan hasta nuestro cerebro. La luz, para hacerse valer, tiene que bañarse y mezclarse con la realidad iluminada. Nuestro ser luz tiene también estas características: es necesario bañarse y mezclarse con la realidad de nuestro mundo, mezclarse con nuestra gente, con nuestros hermanos y ofrecerles lo mejor de nosotros; ofrecerles nuestro ser (y tener) desde el amor fraterno, la solidaridad, la misericordia.

La luz debe “iluminar”, ponerse en alto. Debemos estar siempre a favor de los hombres; a favor del derecho y de la justicia. Hay que exponerse y arriesgar. Hay que salir a la intemperie y acercarse a las periferias, a los extrarradios, a las fronteras, a los “sin tierra” y a los “sin techo”.

San Pablo (1 Corintios 2, 1-5) nos habla del talante del misionero y del mensaje del misionero. El talante o el método debe ser siempre desde la humildad, desde abajo, desde la pobreza (incluso de medios) y desde la sabiduría del corazón (experiencia de Dios) y no desde la elocuencia, el poder, el dinero. El mensaje debe ir refrendado por la vida y también por la honestidad y la claridad. Ofrecemos y llevamos en “vasijas de barro” la buena noticia de Jesucristo, pero de un Jesucristo crucificado. Jesús crucificado es la mejor fotografía del “bienaventurado”. El “sermón del monte” cristaliza en la cruz. Jesús es “Sal” y es Luz” desde la cruz. Solo dando la vida y entregándola por amor se puede ser sal y luz.

Y esta es nuestra misión cada día. Ser “crucificados” es dar la vida permanentemente por los demás. Y esto no es ni puede ser una pesadilla que hay que soportar porque no hay más remedio o un masoquismo refinado. Esto es Evangelio, buena noticia que genera alegría y gozo. La misma alegría y gozo que encuentra la madre o padre a la hora de dar la vida por sus hijos cada día. Esa misma alegría y mucha más porque este dar la vida tiene garantía de futuro, tiene garantía de resurrección también cada día.

Vuestras buenas obras dan gloria a vuestro Padre, que está en el cielo. Primera vez que el Evangelio de Mateo utiliza el nombre de Padre para nominar a Dios. Y la gloria del Padre es que sus hijos crezcan y vayan viviendo los valores del Reino, y vivan trabajando por la Justicia del Reino y por la Paz.

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