Vosotros sois testigos de esto

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Domingo de La Ascensión

La fiesta de la Ascensión es una “replica” de la fiesta de la Pascua de Resurrección. Digamos que el movimiento resurreccional de Jesús va desde el “bajó a los infiernos” al “subió a los cielos”. Es un mismo acontecimiento que celebramos en distintas fases. En definitiva es el triunfo de Jesús sobre el pecado y la muerte. Seguimos, pues, celebrando la Pascua del Señor.

Leemos hoy dos lecturas que se entrelazan entre sí y que son del mismo autor. El evangelio de Lucas 24, 46-53 y Hechos de los Apóstoles 1, 1-11. Final de evangelio y principio de los “Hechos” que narran el mismo acontecimiento con acentos distintos.

El Evangelio recoge todavía alguna reticencia ante el “Mensaje de Jesús” de aquellos discípulos que seguían siendo duros de mollera. Jesús, en sus últimas palabras, les recuerda la totalidad del “kerigma” o núcleo de la historia de salvación. El Mesías PADECERÁ. Y solo después de padecer y morir en la cruz, RESUCITARÁ al tercer día y subirá al cielo. Ese “padecer” es el que no encajan de ninguna manera. Preferirían obviarlo. Jesús les dice que esperen en Jerusalén. Que todavía necesitan la plenitud del Don del Espíritu para encajar el sentido pleno del evangelio. Insiste Jesús en decirles que ellos son testigos de todo esto. De todo, y no solo de la resurrección. También de su pasión y muerte.

También es importante señalar la visión aperturista de Jesús, que no cierra el evangelio al pueblo de Israel, sino que está destinado a ser anunciado a todos los pueblos para la salvación de toda la humanidad.

Los “miedos” de Jesús por la dureza de mollera de los suyos tienen su respaldo en la lectura de los Hechos. Los discípulos le preguntan a Jesús: ¿Es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel? Seguían pensando en ínsulas de Barataria. Y es que resulta muy difícil encajar todo el mensaje de Jesús como camino de liberación, y como único camino de verdad. Admitir que Jesús es “El Camino”, es obra del Espíritu Santo.

La fiesta de la Ascensión es la CONFIRMACIÓN de que Dios-Padre aprueba totalmente el camino obediencial seguido por Jesús desde la cuna hasta la cruz. Es el SI o el AMEN del Padre al Amén de Jesús pronunciado en la cruz. Dios-Padre atrae al Hijo hacia su máxima interioridad y le “entroniza” a su lado, como hombre-Hijo para siempre. El Hijo de Dios, verdadero hombre desde el momento de la encarnación, es ahora subido al cielo y sentado a la derecha del Padre. El Hombre, el Hijo del Hombre, definitivamente y por siempre pegado a Dios o entrelazado en la vida de Dios-Trinidad por siempre y para siempre. Pensar en esto puede “marear” de admiración y gozo. Dios abraza a la creatura hombre en su Hijo y lo hace vida de su vida. Y en el Hijo, nos hace a todos sus hijos. ¡Qué maravilla!

Este Amén del Padre al Hijo, confirma que el camino de Jesús, que pasa por la entrega, por amor, hasta la muerte y muerte de cruz es el camino que de verdad lleva a la Vida. El amor, que es donación y entrega, un amor que ama sin límites, que perdona sin límites, que es afable, servicial, paciente, que no lleva en cuenta el mal, que se fía siempre, que espera siempre y que aguanta siempre, ese amor no pasa nunca; ese amor tiene garantía de vida porque Abba Dios lo ha ratificado como camino, verdad y vida en Jesucristo.

La Ascensión no ausenta a Jesús; no nos separa de Jesús. La Ascensión ABRE EL CIELO a la tierra. La “esfera” o zona de la vida de Dios se abre definitivamente para no cerrarse jamás a los hombres. Cielo y tierra se entremezclan y hay algo más que “autopistas” que los unen. Jesús “asciende BENDICIENDO”. No deja de bendecir. No es que haga “señales de la cruz con sus manos”; es que las tiene extendidas permanentemente (como Moisés en el alto del monte) para que “bajen” a nosotros todas las promesas de Dios cumplidas en Él. El Don del Espíritu será el más preciado sin duda. Pero con Él, queda inaugurado definitivamente el Reinado de Dios en la tierra. El Reino de Dios ya está aquí. El “cielo” ya se puede empezar a saborear en la tierra.

La Ascensión es también DON Y TAREA. El cielo es nuestra esperanza. ESPERANZA con mayúscula. Pero esa esperanza no es alienante; no nos puede permitir el abandonar la tierra o desvalorizarla hasta la renuncia de “este mundo”. Jesús nos envía a anunciar el Evangelio. Y el anuncio pasa por el testimonio, sobre todo de nuestras vidas, de que vivimos siguiendo el camino marcado por Jesús. Y vamos anunciando a la vez que haciendo Reinado de Dios.

El cielo se saborea en la tierra. La esperanza nos lleva a trabajar por adelantar de alguna manera eso que anhelamos y esperamos. No nos resulta indiferente que haya o no haya justicia y equidad. No nos resulta indiferente que se trabaje por una cultura de la vida o por su contraria. No nos resulta indiferente que haya fronteras o alambradas injustas (creo que deben ser siempre injustas) que marque diferencias entre los hombres que somos todos hermanos e iguales, aunque tengamos diferencias de raza, religión, o cultura. Digo yo que si las fronteras entre el cielo y la tierra se han roto o borrado, cuando más deberíamos intentar borrar entre nosotros todas las fronteras que nos dividen y parcializan en todos nuestros ámbitos (personal, familiar, social, político, religioso). Seguimos teniendo tarea para desalambrar y ser en verdad TESTIGOS de la resurrección y de la Ascensión del Señor.

Feliz día de la RESURRECCIÓN-ASCENSIÓN DEL SEÑOR JESÚS.

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