Yo soy el Buen Pastor

El Buen Pastor

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”.  Pero ¿quién es este Jesús? Una pregunta siempre subyacente en nuestra vida de fe y que debe darse una respuesta vital cada día. En este tiempo pascual sobremanera hemos de buscar respuesta satisfactoria a esa pregunta. La Palabra de Dios de hoy nos sale al encuentro dándonos las respuestas que fue encontrando la primera comunidad creyente después del acontecimiento de la resurrección.

El Evangelio de hoy, (Juan 10, 1-10) es el inicio de la parábola sobre el “buen pastor”.  En el corazón de Juan, a la hora de escribir, resuena lo que Ezequiel 34, 2-10 escribe: “Profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles: ¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana, matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis”.

Jesús está palpando esta realidad. Aquellas gentes están como ovejas sin pastor.  Y presenta al buen pastor. No es ladrón (no se aprovecha de nadie), ni bandido (no usa la fuerza de las armas para imponerse). Entra por la puerta, y llama por su nombre a las ovejas y estas escuchan su voz y salen fuera. Jesús es el iniciador de un nuevo éxodo. Saca “a sus ovejas” de una situación de sometimiento (todo el entramado socio-religioso de Israel) hacia una nueva tierra o una nueva alianza desde unos nuevos vínculos creados por el don del Espíritu.

Aquí sí que el pastor “huele a oveja” porque no hay ningún miedo al contacto ni al encuentro. El pastor no es diferente de las ovejas en la vida eclesial. Jesús se ha hecho uno de los nuestros y comparte con nosotros el pan y la sal. Nos conoce y se nos da a conocer. Nos ha comunicado todo lo que él ha conocido del Padre y lo que él es en sí mismo. El que le conoce a Él, conoce al Padre. Señalo como importantísimo este encuentro personal con Jesús. Encontrarle y dejarse encontrar por él. Serán momentos de intimidad y de oración intensa que debemos cultivar sin pena. La oración de contemplación no es tiempo perdido, sino todo lo contrario. Nadie podrá dar de lo que no tiene. Nadie comunica si antes no se pone él mismo en comunicación o comunión con Jesús.

El buen pastor cuida y da la vida por ellas. El buen pastor es guardián (vigilante u obispo) de la comunidad. Los importantes son cada uno de los miembros de la comunidad eclesial y buen pastor será el que da la vida por ellos; será aquel que se hace siervo de los siervos de Dios. Los importantes son los otros. La dignidad mayor es la de ser hermanos y ninguna otra. Si Jesús carga con los desaguisados y los pecados de todos y sube a la cruz para que tengamos vida, los que en la comunidad sirven de sacramento de la presencia de Jesús en medio de nosotros, no pueden pretender ser más que el maestro.

El Evangelio continúa con una afirmación sorprendentemente: Jesús, en vez de decir “soy el pastor” dice: “SOY LA PUERTA”. ¿Qué está diciendo?

Pensemos en las puertas de las ciudades fortificadas de la época. Casi las ciudades giraban en torno a sus puertas. Se cuidaban mucho y repensaba su ubicación y su defensa. De ellas pendía la vida de la ciudad y regulaban las entradas y salidas.

Jesús es la “puerta”. Parece que está aludiendo a la construcción de una nueva ciudad (nueva Jerusalén); un nuevo templo. A esta ciudad y a este templo solo se tiene acceso por la “puerta” que es el mismo Cristo.  Es una puerta “viva” que discierne y separa. Una puerta que deja “entrar y salir”; es decir, una puerta de la que pende toda la vida de los ciudadanos.  Jesús es “la puerta”, el paso obligado para llegar a la nueva realidad, para llegar al Reino de Dios, para llegar a la plenitud de la vida.

No podemos olvidar que esa puerta es estrecha y tiene forma de cruz. Esa puerta es el crucificado. Esa puerta es su corazón traspasado por la lanza. Entrar por Jesús es aceptar su mandamiento nuevo. Es identificarnos con sus sentimientos y su vida; en definitiva, es seguir sus pasos; los pasos del pastor que aunque vaya por cañadas oscuras, nada hemos de temer porque nos lleva a verdes praderas con buenos pastizales. En hebreo pasto y ley suenan casi igual (nome y nomos) por lo que con ese juego de palabras Jesús está hablando de la nueva ley que es el pasto o la comida de la nueva ciudad, de la nueva comunidad, de la nueva iglesia. Tenemos pues al pastor que se hace pasto de sus ovejas. Tenemos aquí claras resonancias eucarísticas.

En la lectura de Hechos de los Apóstoles (2, 14-41), San Pedro dice de Jesús: “Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Es el primer resumen del kerigma (anuncio) evangélico. Jesús es Señor y Mesías.

Mesías, para los judíos. Les está diciendo que en él se han cumplido todas las promesas. Ya ha empezado la nueva realidad. Señor para los griegos. En Jesucristo se inaugura un nuevo Reino y señorío donde el servir es reinar. Invitación de Pedro: bautizaros. Es decir, entrar de lleno por la puerta, dejarse inundar por el amor de Dios, morir al hombre viejo y resucitar a la vida nueva de hijos de Dios. Un buen proyecto y un buen programa de vida.

Y de esto precisamente habla la carta de Pedro (2, 20-25) que escribe a su comunidad que padece persecución y sufrimientos duros. Nos invita a mirar y a seguir las huellas del que nos dio ejemplo entregando su vida por nosotros.

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